Nacho Vigalondo en su más reciente proyecto ahonda en el duelo del amor perdido y qué pasaría si se pudiera revertir esta situación de forma química
Es tan corto el amor y es tan largo el olvido dejó escrito Pablo Neruda en su inolvidable trabajo 20 poemas de amor y una canción desesperada. Sin embargo, Daniela forever pretender buscar una cura, aunque arriesgada, para erradicar el dolor de la separación, y más si esta es fortuita.
Nacho Vigalondo vuelve a lanzarse al mundo del largometraje después de un parón de 9 años, cuando trajo al mundo su Colossal con Anne Hathaway de vistosa portada. En su nueva obra, decide investigar el género romántico, no sin misturarlo con su predilección por la fantasía y los saltos espaciotemporales.

Un amor con esencia a Jim Carrey y Kate Winslet
Nicolas, interpretado por Henry Golding, está enamorado de su novia italiana Daniela, Beatrice Grannò. Desgraciadamente, un atropello le arrebata la vida repentinamente, dejando al desdichado solo. Sin embargo, su amiga Victoria, Nathalie Poza, le abre las puertas a participar en un estudio clínico que busca comercializar una pastilla capaz de controlar los sueños. Por ello, asemeja una vía legítima para poder reencontrarse con su amada, aunque esto involucre el riesgo de romper la barrera entre la realidad y lo onírico…
La premisa tiene claras alegorías a uno de los clásicos, aunque sobrevalorado, del siglo XXI, Eternal sunshine of the spotless mind, o como impersonalmente decidió ser titulada en España: Olvídate de mí. Afortunadamente, el cineasta cántabro presenta una propuesta más consistente sobre la ruptura, iniciando con una decisión fotográfica simple pero eficaz. Los momentos que pertenecen al día a día son grabados en formato analógico. Aquellos que se suceden mientras el protagonista duerme, por el contrario, se muestran plenamente nítidos. Esta contradictoria dicotomía refleja claramente el vacío que deja la pérdida y cómo la realidad pasa a ser un mero recuerdo si no es de lado del querido.
Un Madrid bonito pero con excesivo sabor a smash burguer
Detrás de esta conmovedora historia, es evidente que hay un realizador con gran conocimiento de la elaboración de un guion y de técnicas para mantener el interés del espectador ininterrumpidamente. Más allá del apartado escrito, la cinta viene acompañada de un entramado artístico cuidado y con la capital española de fondo. De todos modos, falla al sucumbir a la proyección de un Madrid distorsionado por su esencia gentrificadora, en el que parece que todos hablan inglés mientras toman un café de especialidad en Malasaña.

Otro desacierto es el bucle en el que la trama se adentra en el nudo argumental. El visionado comienza a exhibirse prácticamente como una consecución de las mismas escenas. El protagonista administrándose su receta mágica, fantaseando gracias a ella, y despertando del letargo para repetir este bucle una nueva vez.
El prodigio de Vigalondo todo lo puede
Con todo, la obra desprende una emotividad, delicadeza e inteligencia creativa digna de admiración. Coopera a ello un repertorio actoral que, aunque no de sobresaliente, cumple su función cautivadora. Entre ellos, la mayor ovación les corresponde a dos secundarias. Por un lado, la multipremiada Pozo en su papel como mediadora. Por el otro, Aura Garrido, cara reconocida por quedar retratada en la producción novel de Rodrigo Sorogoyen, Stockholm.
Tras un desenlace con letras mayúsculas, que soluciona el conflicto pero dejando una pequeña rendija para que transpire, la sensación es gratificante. Vigalondo es capaz de revisar el manoseado tópico del valor del tiempo otorgándole nuevas significaciones. Efectivamente, sí merece la pena administrar 100 minutos de nuestra vida en experimentar Daniela forever. Por muy preciados que sean.

