Ed y Lorraine Warren se enfrentan a su caso de cierre en una trillada historia que ofrece el vacío más absoluto
Allá por un lejano 2013, las inquietantes fechorías que el matrimonio Warren efectúa para espantar al mal llegaron por primera vez a los cines. Más de una década y unas cuantas secuelas, muñecas diabólicas, monjas e incluso lloronas después, la maléfica historia parece haber llegado a su fin. Al menos así se proclama Expediente Warren: El último rito, la más reciente de las producciones de su universo y que se encuentra en cartelera desde este viernes.
Misma cara de una misma, y reiterada, moneda
Michael Chaves toma las riendas del proyecto, cineasta también al cargo de su predecesora, Expediente Warren: Obligado por el demonio, además de La llorona y la secuela de La Monja. Indudablemente, el reparto únicamente podía estar liderado por los cónyuges más reconocibles del mundo Warren, Patrick Wilson y Vera Farmiga. No obstante, el paso del tiempo no sólo es notorio en sus rasgos faciales, sino también en su ánimo, ofreciendo el dúo una interpretación que denota falta de interés y cansancio. Estos calificativos, desgraciadamente, no se mantienen exclusivamente en ellos.
Efectivamente, las presencias malignas no dan para más. No quita el mérito de crear una marca distintiva dentro de un género tan competitivo como es el terrorífico y por ello sacarle tirón. Sin embargo, que la audiencia esté siendo bombardeada cada año con otra parte de macabras aventuras sin presentar innovación alguna es tedioso. Podría tener un pase si la nueva trama presentara alguna diferencia, más no es el caso. La plantilla argumental de familia residente en una casa encantada que precisa de ayuda demonóloga se repite una vez más. Prácticamente plano por plano. Evidentemente, para tratar de mantener atento a un espectador probablemente aburrido se introducen subtramas sentimentales que justifiquen las más de dos horas de duración de la cinta.
La necesidad de enseñar demasiado
Para más inri, esta edición peca de los mismos errores que ya cometía su originaria. Esto se traduce en un ritmo soporífero condenado por una introducción que se detiene en exceso en mostrar los extraños sucesos que posteriormente Ed y Lorraine tendrán que solventar. Hasta que aceptan el caso, se dan infinidad de momentos prescindibles. Además, se perpetúa la garrafal acción de mostrar explícitamente a los fantasmas que acechan a los personajes. Esto es en detrimento de una apuesta por el misterio de lo desconocido, pudiendo crear así una atmósfera claustrofóbica. Cierto es que sirven de reclamo comercial, pues han creado una identidad propia en la serie, pero su exposición peca de ansiosa.

Una vez que al fin el conflicto explota, el interés ya está perdido, y es imposible conectar de nuevo. Ni una cadena de sustos bastante logrados alcanzan a dejar de lado el hastío. Esta es una bastante mala señal teniendo en cuenta que el propósito máximo del filme es montar una tensión in crescendo. Lamentablemente, el desenlace tampoco hace nada por solventar toda la catástrofe previa. Nada más lejos de la realidad, la batalla fantasmagórica final no posee ninguna habilidad en el guion. Su única característica es inundar el plano de estruendos sonoros y efectos especiales. Finalmente, y para sorpresa de pocos probablemente, su resolución, recordando que presuntamente sirve de cierre a todo un universo, es insuficiente.
Es indudable el hito que ha supuesto Expediente Warren para su especie. Es también muy gratificante su apuesta por una ambientación más clásica, la cual siempre está muy elaborada. De todos modos, hay que saber cuándo es hora de cerrar la puerta del sótano y dejar al Diablo finalmente descansar. Y, encima, esta decisión tenía que haber sido tomada unos cuantos castings atrás. Esperemos que este estiramiento innecesario no haya causado la furia de los del más allá…


