Un ensayo que apuesta por modelos que defienden la construcción colectiva en tiempos individualistas
Xavi Puig nació en Barcelona en 1980 y desde joven ve en sí un ingenio que, reconoce «le ha allanado el camino». El humorista que escribe las páginas de Hacer reír es también la pluma que ha dado vida a más de tres mil artículos en El Mundo Today, medio satírico del que es también cofundador. En este nuevo formato, y con una fuerte carga filosófica, Puig propone adentrarse en los no tan divertidos, pero en todo caso relevantes, aspectos del humor.
Según la Real Academia de la Lengua el humorista es: «la persona que tiene por oficio divertir al público mediante chistes, imitaciones o parodias». No sería de extrañar que la concepción popular esté muy cercana a esta definición. Pero, ¿y si un humorista dijera que el humor no tiene que hacer reír, divertir o ni siquiera entretener? ¿Qué queda entonces? Puig, quien también estudió filosofía, se acoge a la creencia de que el humor es en realidad una actitud frente a la vida. Y aunque su fachada parezca vistosa, dos o tres complejidades alberga en su interior. En el breve pero revelador ensayo, Hacer reír, las confronta.
¿Qué se le puede, y no, exigir al humor?
El esqueleto filosófico que sostiene el ensayo parte de los actos del habla de Habermas. El filósofo y sociólogo alemán determinó la existencia de tres actos del habla según sus pretensiones de validez: los constatativos, los regulativos y los expresivos. Y es precisamente a esta última categoría a la que pertenecen el humor, afirma Puig. Es decir, son aquellas aseveraciones que se beben del mundo subjetivo. Por ende, al humorista no debería increpársele con exigencias que corresponden a actos del habla que persiguen la objetividad o la rectitud, como es el caso de las otras dos categorías.
Puig se une al reclamo de otros autores: es absurdo esperar objetividad y rigor de la ficción, porque sí, el humor, es, ante todo, una ficción. Ahora bien, no por eso se vale todo, o no por lo menos en el ámbito público. Aunque la libertad del proceso creativo debe estar garantizada, el criterio es la brújula que determina que chiste, apunte o cometario, debe ver la luz y cuál no ha de «pasar la criba». ¿Esto es lo mismo que la autocensura?, para el autor la respuesta es clara: no, puesto que es el criterio no implica que el humorista deba alejarse de los temas incómodos, pero si determina el tipo de relación que establece con su público.
«No olvidemos que, aparte de ingenio, el humorista necesita que la audiencia confíe en su criterio editorial»
Resulta interesante la reflexión que se hace frente a la relación de la sátira con el periodismo. El autor entiende que la sátira es un espejo deformado de la realidad. No obstante, si la era digital ha cambiado las reglas del juego para los medios tradiciones los satíricos no han quedado exentos.
Xavi Puig reconoce un cambio tan importante como delicado: las audiencias confían más en la sátira que en periodismo, debido a ese carisma que refleja autenticidad e independencia. Ahora bien, advierte el autor: el humor y la sátira buscan la seducción por lo que su tendencia siempre irá hacía el ingenio, hacía el titular efectivo, que no siempre, si es que casi nunca, se corresponde con la precisión o la rigurosidad. Para Puig, está claro que el criterio periodístico y el satírico no es el mismo, y por ende, el público debería abordarlos desde prismas distintos. No se le pueden exigir peras al olmo, ni ser laxos con quien tiene una responsabilidad real.

La sátira debe repartir por igual
El límite del humor está en la convivencia, pero ¿la sátira debe «repartir por igual»? Para Puig, la neutralidad resta todo sentido al ejercicio humorístico cuando esté fija su diana en la política. En el libro expresa que la equidistancia solo alimenta el sistema a mantenerse en un equilibrio estéril. La sátira, por tanto, pierde su vocación disruptiva y crítica. El autor reconoce que el poder se viste de todos los colores y trasciende a la temporalidad de la gobernanza. Por ende, nada imposibilita al humorista de corte progresista a poner es su punto de mira en la izquierda. No obstante, aclara Puig, el mérito del humor está en «velar por la convivencia sin huir de la confrontación.»
«la sátira sin línea editorial es vana pirotecnia»
Pero los tiempos cambian y los lectores, son ahora, interlocutores en toda regla. La retroalimentación ya no se limita a las cartas al director, ni guarda la forma cuidada y pulida que este formato exige. Puig apunta que las redes sociales son el espacio menos idóneo para el intercambio de ideas, pues: «[…]distorsionan el debate premiando los gestos estridentes por encima de las argumentaciones, y como consecuencia de ello, buscar interlocutores válidos en estos contextos, es como buscar comida sana en un vertedero».
No por eso hay que rehuir al diálogo, expresa; solo encontrar espacios coherentes. Y aunque el autor es tajante en cuanto a que al humor no se le debe exigir lo que no le corresponde, entiende que hay chistes, que, por su calibre, deben estar acompañados de un espacio de diálogo posterior y así enriquecer las discusiones sobre asuntos de interés común.
La figura del comediante: unos cuantos mitos y otras tantas verdades
En Hacer reír es frentera la voluntad de reflexión sobre el oficio y quien lo ejecuta, por lo que el autor no titubea al momento de reconocer las virtudes y los sinsentidos de su campo. La figura mitificada del humorista como un genio incomprendido es puesta en tela de juicio por el autor. De forma velada pero decidida Puig está constantemente apelando al problemático ego. Ni incomprendidos, ni genios: el humor también se entrena, la sátira se afina y con una sensibilidad adecuada hacía el entorno, se puede alcanzar una madurez en el oficio que abra las más fructíferas conversaciones.
El humorista también puede verse confrontado consigo mismo cuando el impulso cómico eclipsa otros aspectos de la vida. Así, Puig confiesa que durante mucho tiempo usó el humor como un analgésico, que, en un momento dado, dejó de surtir el mismo efecto. Fue entonces cuando se vio enfrentado a su propia concepción de la particular cualidad que siempre había considerado una virtud. Puig habla sobre la madurez del humorista y la capacidad de exponerse y no de esconderse tras el chiste. Esa autoconciencia que aleja al más avezado comediante de estar demostrando constantemente su ingenio soltando chistes a diestra y siniestra, como si de un pavo real se tratase.
«y fue precisamente CUANDO los efectos de su analgesia empezaron a atenuarse que pude atisbar todo el dolor que había acumulado bajo la alfombra»
«La tiranía del desparpajo»
El texto enfrenta al lector a una dicotomía: el humor no siempre es chistoso, ni se interesa por la risa. El humorista puede perseguir otros fines como conmover al lector, generar un espacio de reflexión para el espectador, o simplemente hacer uso de un medio de expresión. El humor es entonces un recurso retórico que permite ir más allá: puede encontrar una dimensión artística y literaria, un auténtico vehículo para transmitir miradas complejas o singulares. Pero tanto humorista como lectores deben librarse del yugo de la forma.
El autor dedica varias páginas a lo que denomina «La tiranía del desparpajo». En sus propias palabras significa: «la imposición de la personalidad por encima del discurso». Se trata del embelesamiento que sentimos ante el carisma y la forma, aunque este pueda no transmitir nada de fondo. O peor aún, que el desparpajo se use como medio populista y propagandístico, fenómeno, que advierte Puig, se está volviendo una constante en la política.
El universo de las redes sociales es la muestra ideal: los algoritmos, los trends y el fenómeno viral son el ejemplo de la dictadura que los «modelos que funcionan» han impuesto. Durante un determinado tiempo, hay que sumarse a la conversación, usando el mismo lenguaje (puede ser un baile, un audio, o incluso un producto) para mantenerse vigente hasta la próxima oleada, en la que el interés del usuario cambie por completo su foco y haya que adaptarse con una vez más.
Pero para Xavi Puig no todo está perdido y el cinismo ante este escenario no es una opción. Por el contrario, el humorista debe labrar el camino para establecer vías de conexión con su público particular. Para encontrar complicidad e intimidad muchas veces hay que alejarse de la risa. Puig advierte que es fundamental perder el miedo a no hacer reír y apostar por la autenticidad. Resistir a la presión del mercado y a la volatilidad de los modelos.
«Es el gran peligro del ensimismamiento del cínico que se levanta contra el mundo y termina hablándose solamente a sí mismo.»
No es sencillo. Apostar por la creación colectiva, reflexiona Puig, implica desmitificarse a uno mismo para ser capaz de ver más allá de la trampa del genio romántico. Es un acto de «honestidad y generosidad», una postura ética que cree en el diálogo y rechaza el aislamiento.

