La autora hace un recorrido por la escritura, la vida y la literatura: elementos que no concibe por separado
Aguardamos en uno de los sofás de de la recepción del hotel a que Piedad Bonnett llegue, el trasiego de los empleados y de los madrugadores huéspedes que han aprovechado la mañana para visitar Madrid es todo lo que oímos mientras que esperamos. Se abre el ascensor y su figura atraviesa el umbral. Nos recibe con una blusa negra que dibuja siluetas de gatos blancos que se retuercen por todo su torso. Sus manos cruzadas se abren para darnos un fraterno saludo y se dispone para solventar la confusión con los nombres, al empezar a charlar nos dice que ha nuestros mezclado nombres y nacionalidades, confiesa que tiene muchas amigas españolas llamadas María José y muchas otras latinoamericanas cuyo nombre es Angélica. Su forma de hablar es pausada y con un tono serio pero amable. Ella es, en todo el sentido de la palabra, una mujer formal.
Lo que se conserva de la niña que fue sigue latente en la mujer que sigue escribiendo años después. Así lo refleja su obra y su trato cándido que concede pero no confunde. La autora colombiana Piedad Bonnett (Amalfi,1951) es licenciada en Filosofía y Literatura por la Universidad de los Andes, tiene una maestría en Teoría del Arte y Arquitectura y ha publicado nueve novelas desde el lanzamiento de Después de todo, su obra début de 2001.
En 2013 la escritora colombiana irrumpió en las estanterías y corazones de los lectores con una novela tenaz en la que aborda el proceso de duelo tras el suicidio de su hijo menor Daniel. Lo que no tiene nombre es una mezcla entre disertaciones, reflexiones y conversaciones con su hijo a través de las cuales Bonnett nos entrega una parte de su más profunda intimidad y vulnerabilidad. Tanto en la entrevista como en la misma obra, la escritora ha narrado cómo se intenta tramita el dolor innombrable con la escritura como herramienta.
En Qué hacer con estos pedazos se sumerge en el derrumbe de un matrimonio y explora a la pareja a través de la cotidianidad, que ha producido insatisfacción en una relación que se ha mantenido durante décadas pero que ha perdido todo el amor que solía unir el vínculo. Veinticuatro años después de su primer libro publica La mujer incierta, una autobiografía que refleja gran parte de su vida a través de la escritura de sus pensamientos, emociones, vivencias que en diálogo hablan con otras historias que se interpusieron en su vida y las cuales no puedo evitar reflejar dentro de sus escritos. A Bonnett los temas le asedian, nos los puede desechar, se quedan en ella esperando a que les de forma.
Su trayectoria brilla en la poesía, género en el que como ella misma afirma, es excepcional. Sus galardones de talla internacional han llegado por cuenta de esa “voz muy particular” que la poeta imprime en cada verso.(Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, 2024; Premio Nacional de Poesía de Colombia, 1994; Premio José Lima de Casa de las Américas, 2014 entre muchos otros. Pero su obra no se limita a un género, de vez en cuando Bonnett se aventura en la labor de dar vida a otras formas de escritura. Dialogamos con ella acerca de la otra cara
Sobre la escritura
P: Hemos visto cómo su escritura es muy confesional, parte de su propia vida para escribir. ¿Cómo gestiona volcar esas emociones en un libro?
R: Lo de la escritura confesional es de los últimos tiempos porque lo que pasa es que toda literatura tiene ese fondo pero se camufla de distintas maneras. En la poesía siempre utilizamos ese elemento porque la poesía no puede eludir lo confesional, sobre todo con una poética como la mía que está muy centrada en el yo y en la intimidad. Pienso que en la poesía me ha desvelado mucho frente a mis lectores, pero de todas maneras ellos nunca logran tener el derecho de decir que esto es porque me pasó esto…El autor exige al lector que no le atribuyen cosas que él mismo no está diciendo.
En la novela he usado menos lo confesional, uso historias que me han dado otros, cosas que están en el periódico y temas que me interesaban desde siempre. Entonces, está más atenuado y eso no quiere decir que uno a la hora de la escritura no eche mano a muchas cosas que tienen que ver con uno, pero de las más distintas maneras.
P: ¿Cuál fue el primer libro en el que comenzó a seguir esta tendencia?
R: El primer libro confesional que escribí es Lo que no tiene nombre, porque yo estaba haciendo un pacto de verdad con el lector, le estoy diciendo: todo lo que hay aquí es verdad, es mi verdad, son hechos reales que acontecieron. Tenía dos temores: no estar a la altura de las circunstancias para una cosa tan delicada como un suicidio, no estar a la altura de lo que Daniel merecería y ahí hay cosas que yo no dije porque son inútiles. Hay todo una elección de lo que supone y lo que no, cuidando al otro y también no poniendo los nombres propios de los médicos para no mortificar, para que el libro no fuese una venganza sobre alguien.
El otro miedo que tenía era que mi familia inmediata, hijas y marido, sintieran que ese libro no debía haber sido. Por ello, se los di a leer y les pedí su opinión y algunas cosas les dolieron como sacar a la luz un hecho doloroso, pero era lo que yo necesitaba.
P: ¿Cómo es el proceso de creación desde que surge la idea hasta la finalización del manuscrito?
R: Hay una cosa que empieza a punzar, o que se aparece como una revelación. Por ejemplo en mi cuarta novela, en Siempre fui invierno viene de una amiga que me cuenta por segunda vez la historia de su matrimonio y de esa cosa terrible que le pasó, que fue que se relaciona con un hombre de otra condición social diferente. Mi amiga me cuenta esa historia y entiendo que es algo que tiene que ser contado, pero no es una historia que me pertenezca.
Entonces, el resentimiento en América Latina es algo que atraviesa todas las culturas, y al verse inmersa en un ámbito de gente rica donde existe el odio y la ira, opta por el envenenamiento. Cuando me lo cuenta por segunda vez las dos temblábamos, a mí se me salían las lágrimas y me acordé de mis propios oprobios que había recibido de lo masculino. Ahí empieza el tema del mascilino, y ella que es una artista plástica trabaja el tema de lo masculino con su poder de agresión. He visto una cosa masculina que nunca me imaginé, de pronto cómo hablan, cómo se expresan en la voz y en el gesto…De un tiempo para acá esta cosa de lo masculino me ha empezado a agredir mucho. No soy militante, lo hago desde la literatura de manera sutil.
P: ¿Y alguna vez esta idea ha venido de una revelación?
R: Otras veces es una revelación, como fue el caso de Qué hacer con estos pedazos. Yo estaba parada en la cocina que estaba recién remodelada y quería hacer con eso un cuento cómico y caí en que tenía una serie de cuentos, de pronto se me juntaron y surgió una novela. Pero yo estaba ahí parada y vi la metáfora: la cocina destruida y una vida en pedazos. Fue ahí cuando se me ocurrió el título. De ahí viene una fase de lectura, lees y lees por miedo a no tener suficiente material. Finalmente llega un momento en el que decides que te vas a sentar a escribir, y es ahí donde tomas todas las decisiones: primera o tercera persona, la estructura, presente o pasado. Hay otras decisiones que se toman durante el camino.
A veces hay arrepentimientos. Por ejemplo, en La mujer incierta, comencé a escribirla en un lenguaje muy básico, quería que fuera muy prosaico, pero cuando llevaba veinte la leí y me di cuenta de que no tenía ningún vuelo. Entendí que tenía que estar escrito con un lenguaje más incisivo, más poético. Me devolví y empecé de cero. No hay cosa más horrible, porque ya eres prisionero de lo que ya escribiste y muchas veces no sabes si es mejor insertar cosas o empezar de nuevo. Así es hasta que el proceso va dando una curva y ya uno se va dando cuenta de que está llegando al final. Otras veces uno se estanca y no sabe cómo va a acabar. Ahí hago una pausa porque me genera ansiedad y tengo miedo de fracasar, en esa pausa encuentro el recurso y sigo.

P: En su escritura cita a muchos autores como Javier Marías, Rosa Montero, Annie Ernaux…¿Cómo consigue equiparar de manera tan certera citas de autores con sus propias palabras?
R: Cuando escribí Lo que no tiene nombre hice el mismo recurso, empecé a dialogar con un montón de autores para salirse del yo y para hablar a través de la boca de otros. Hay personajes que me parecen muy funestos en la literatura colombiana, algunos que jamás le dan crédito a las ideas de nadie. A veces he descubierto cosas que otros autores han dicho, como por ejemplo de Siri Hustvedt, que aparece sin darle crédito.
Lo bueno de la literatura es que nos pone a dialogar con muchos, y cuando estaba escribiendo el libro tenía en la biblioteca enorme, sabía dónde acudir para buscarlo. Mientras escribo estoy leyendo para poder usarlo para lo que estoy escribiendo. Cuando escribo pienso en esa idea y voy a la libreta, hago conversación con los autores. Es eso, o de pronto cuando leo el manuscrito pienso que sería bruto poner una cita y la busco. No me enloquece, es lo que naturalmente me nace.
P: ¿Cómo ha sido el salto de la poesía a otros géneros?
R: El ensayo me gusta mucho, pero no me considero ensayista. Exige estar en otro lugar de tiempo completo. Hay gente que puede hacerlo, como Chantal Maillard, que escribe ensayo y poesía, pero una cosa siempre le roba a la otra. Lo que más me gusta es escribir poesía y es en donde creo que soy excepcional. Tengo una voz muy particular que no sé de dónde nace, pero así es.
Me fascina también escribir novelas y este tipo de narrativa autobiográfica porque exigen un entrenamiento muy largo. Eso le da también sentido a la vida, pensar que estás trabajando en algo que puede durar dos o tres años, te da un suelo. La poesía es más parecida a una ráfaga, puedes pasar días sin escribir un poema, pero la novela es un trabajo. Cuando estaba trabajando en la universidad era muy difícil sacar el tiempo, pero era una dificultad que me motivaba. Elegía dos o tres tardes, o el fin de semana, era un esfuerzo gigantesco.
Ahora el esfuerzo está en otras cosas que le quitan tiempo a la escritura: viajes, entrevistas, correos…se multiplican y te van metiendo en un rollo que puede ser un poco abrumador. Uno siempre tiene la ilusión de llegar a la paz. Me gusta la casa y el silencio, pero estás metido en la trampa del éxito, o como se le pueda llamar. Te consume y te obliga a la entrega.
P: ¿Y ahora mismo qué temas te asedian para escribir?
R: Ahora tengo ganas de escribir una novela de amor, pero simplemente tengo la idea. Nació de que me leí por segunda vez Veinticuatro horas en la vida de una mujer de Stefan Zweig y pensé que habría que reescribirla en clave contemporánea. Pero claro, esto puede durar cuatro, cinco años para que yo lo vaya “craneando” y que no resulte una historia de amor convencional.
Su última novela, La mujer incierta
P: Y con La mujer incierta, ¿hay una parte confesional?
R: En ese libro me decido que a una cosa abiertamente confesional porque en los últimos años estaba escribiendo una literatura por esta línea. Es una cosa de primer orden porque siempre me ha gustado lo confesional como las autobiografías, las memorias, cartas…Me parece que a partir de lo muy particular se puede llegar a cosas de interés colectivo. Me decidí a agarrar el tema del cuerpo, mi relación con el cuerpo, la enfermedad, la ansiedad…Y por el camino, el libro se me va abriendo a otros territorios que no había pensado. Tenía unas historias que quería contar cómo eran las chicas de Arequipa, ese fue el origen de todo, eran la semilla que empezó hace diez años con mi primer viaje a Arequipa.
P: En La mujer incierta logra hilar diversas historias de muchas capas. No es cosa de una mujer de una época sino de muchas mujeres en realidades diversas como las que tiene Colombia. ¿Cómo es el diálogo para construir el libro con las empleadas de servicio, con estudiantes o con su madre?
R: Es por la concepción que tengo de la literatura, siempre les dije a mis estudiantes cuando dictaba taller que la historia no se puede quedar en lo anecdótico, a uno no necesariamente le interesa lo de los demás. Tiene que tener una función para contarlo, y ya me empezaron a asediar temas, el de mi madre siempre. Por otro lado, hay un poema mío que empieza como “las mujeres de mi sangre” en el que hablo de las mujeres que imagino que estuvieron antes que yo, que seguramente también sufrieron angustias, ansiedades, dolores… y hago todo el recorrido hasta llegar a mi hija.
El tema estaba ahí, y tengo un poema que es sobre una mujer que llega a un hotel un domingo sin nada, y le acosa el maltrato. En la poesía eso venía, y en Qué hacer con esos pedazos agarro la cuestión de la madre y voy hasta la abuela. Hablo del problema generacional que las tuvieron super atadas, oprimidas y que no lograron realizar lo que querían, y luego está Emilia que se proyecta en una hija. Entonces, eso ya me venía asediando.
El tema de las empleadas de servicio desde hace mucho ya que en la poesía me aparecen las muchachas negras, porque son las empleadas de servicio que ya son mujeres oprimidas pero aún así son negras que vienen a un ciudad de blancos, son doblemente oprimidas. Muestro los domingos como salen o salían tan lejos de sus propios mundos. Aquí me fue muy fácil ampliar eso para no perder en la señora burguesa que soy yo y hacer de eso una cosa transversal, no solo en el tiempo sino en el espacio, una cuestión social. Mostrar que eso nos abarca en muchas clases sociales.
P: En este proceso la memoria juega un papel fundamental. ¿Hay un ejercicio de memoria constante?
R: Absolutamente, en La mujer incierta el proceso de la memoria fue brutal. Fue una cosa inmersiva que no era solo recordar, sino replantearse si el recuerdo fue modificado o manipulado. Es decir, lo mismo se inventa. Hay que pensar si tienes fundamentos para hablar de ciertas cosas, ¿cuáles son los elementos para decir eso? Es volver a poner en cuestión lo que uno tiene como verdad. Por ejemplo, también ese proceso que lleva al descubrimiento, la escritura como descubrimiento.
Estás escribiendo y te vas viendo como un personaje, como una persona que construyes y ahí me reconocí como una mujer atravesada por la ansiedad. Pero antes, si me hubieran pedido que me definiera, no hubiera dicho eso porque son muchas capas. Esa es una de mis capas, pero hay muchas otras fortalezas que a veces pueden quedar ocultas a mis ojos. Me interesaba mostrar en la novela una mujer vulnerable, sería un acto de narcisismo mostrarme como la heroína. Lo importante es la vulnerabilidad que nos hermana a un montón de mujeres.
P: En su última obra La mujer incierta, el perfeccionismo es protagonista en la historia de su vida. Háblenos un poco de esto.
R: Yo creo que es una cosa que nunca se va. El perfeccionismo tiene una cosa muy buena y es que te hace avanzar. Las personas que son laxas consigo mismas no exigen nada. Yo tengo una enorme exigencia conmigo misma. Por ejemplo, tengo una columna semanal, por lo general los columnistas le dedican a eso tres horas, yo le invierto por ahí diez. Leo por las mañanas, tomo notas; a veces compro un libro solo para escribir la columna. Soy muy sensible a la mirada de afuera, que es lo que cuento en La mujer incierta. Mi mamá me hizo sentir que el mundo tenía puestos los ojos en uno y que además te censuraba y creo que de ahí nace un poco el perfeccionismo, cómo tantas otras cosas incómodas que no dejan actuar en libertad.
Pero he hecho un trabajo consciente para liberarme del perfeccionismo. Ahora, ¿cómo se da en concreto esa liberación? No sabría decirlo. Lo cierto es que hay un enorme placer al escribir. Sobre todo en la poesía, porque la mente está trabajando de una manera totalmente distinta: es un tipo de asociación libre, hay una libertad interna del lenguaje. La novela es un trabajo más forzado y exige disciplina. Ahora me doy espacios para descansar, pueden pasar tres días sin escribir, de pronto porque quiero leer, porque me quiero ver con alguién o simplemente porque estoy cansada. Mi vida está muy dedicada a la literatura, por lo que descanso leyendo, casi no veo televisión, de vez en cuando veo una película, pero me aburre estar en la casa viendo algo cuando tengo mi biblioteca ahí al lado.
P: El perfeccionismo es un mal femenino impuesto. ¿A las mujeres no se les permite fallar en el ámbito profesional?
R: Sí, pero no solo en el ámbito profesional, tampoco se les permite fallar en el ámbito doméstico. Hay una mirada sobre el papel como madre y cómo hija. Somos esclavas de eso, los hombres no. El “perfeccionista” en maculino generalmente es codicioso. Hay un deseo de ganar mucho dinero y ser importante de alguna manera. En cambio, las mujeres estamos muy determinadas por la cuestión del cuidado y también, no sé si por una cuestión cultural, somos más dadas a la empatía, el hombre es menos empático. Creo que uno se conmueve más con el necesitado.
P: ¿Se ha enfrentado al síndrome del impostor?
R: Si, a uno lo persigue ese sentimiento. Cuando me aplauden mucho me asusto, porque me asusta pensar que a lo mejor estoy haciendo concesiones. A veces siento que si llego a tanto público es porque estoy haciendo algo fácil. Hay un mito, y es que el escritor de nicho es más importante que el que escribe para un público general. Tengo tres o cuatro amigos que solo quieren ser de nicho, sueñan con pasar a la historia como escritores de la periferia. Como me doy cuenta de que no soy ni podré ser ya de la periferia me cuestiono cosas: me pregunto si a lo que hago le falta algún tipo de sofisticación, pero rápidamente digo que eso es lo que soy y es lo que he podido hacer.
De lo singular a lo colectivo
P: Leyendo tu obra se acerca uno a las historias de abuelas, madres y mujeres que fueron madres jóvenes y se negaron a abandonar la academia. Viven en ese limbo de ser buena profesional y buena madre, desde esa vulnerabilidad se ve mucho heroísmo. ¿Cómo combinas te acercas al testimonio de cada una de ellas?
R: Empecé por mí pero me di cuenta de que es generacional, estoy hablando de una generación que se creyó super libreral. Aunque de verdad logramos un montón de liberaciones, en algunos casos nos quedamos atadas por un montón de cosas. Por eso me fui al tema de la educación, sin la referencia de la educación queda descontextualizado. No era lo mismo ser hija de una familia super burguesa de muchos medios como mis compañeras de universidad, y yo que era una niña de clase media en una universidad de ricos. Eso me marcó porque me hizo ver la diferencia y seguramente me afirmó que lo intelectual era lo que yo tenía para sostenerme.
P: La literatura puede ser una forma de entender, concienciar y digerir la propia existencia, ¿Cómo crees hubiese sido tu vida sin la literatura en ella?
R: En mi caso hubiese sido super triste y muy amarga, porque desde pequeñita yo soñaba con ser escritora. Ahora, yo también quería ser escritora por el éxito, soñaba con que me hicieran entrevistas, lo cual es un absurdo, pero era así. Ahora, lo que me angustió realmente en la vida fue pensar que no iba a poder, que no tenía el talento, que no iba a lograrlo. Fue un momento horrible que duró años. Cuando vi que empecé a lograrlo, sentí un alivio enorme. Sé que solo siendo maestra no hubiese sido feliz, no porque no me guste enseñar, sino porque me faltaba la otra parte.
Pienso que hay un ADN relacionado con la escritura, yo creo que a mi papá le habría gustado escribir, de hecho, era corresponsal en un periódico. Mi nieta de diez años ya está escribiendo novelas, ella se sienta frente al computador y escribe sus ficciones durante horas. Lo mismo pasa con la pintura, estaba en potencia en mí y se desarrolló en Daniel, mi hijo. Creo que sí existe una disposición, la vida sin el arte me parece incompleta. En ese sentido yo me sentía incompleta si no estoy haciendo lo que realmente quiero hacer.
P: ¿Cómo recibes los testimonios de las personas que te hacen saber que los has ayudado con tu escritura?
R: Después de escribir, recibir ese testimonio es lo mejor. Aunque sean encuentros mínimos, te llegan al alma. Sientes una obligación de contestar, uno podría poner una barrera y no decir nada. Hace poco recibí una carta larguísima de una persona que me contaba cómo le ayudé con su duelo. Me siento en la obligación de contestar porque entiendo que el oficio no es para estar guardado en una urna. El oficio también incluye al lector, es cuestión de buscar un equilibrio. Hay escritores más abiertos y otros más refractarios, también es una cuestión de la personalidad.

P: Nos cuenta que lleva leyendo mucha literatura de esta literatura del yo literario femenino. ¿Podría decir algunos referentes?
R: Yo siempre he leído ensayos mientras que fui maestra durante 32 años, más los de Bachillerato. Estuve muy concentrada en la materia que daba, me enfoqué en novela, cuento, poesía y el ensayo era académico que iba apoyando eso. Pero llega una vez que me liberé de la academia, que es muy opresiva y estéril a la hora de la cuestión ensayística. Esos estudios son muy aburridos…Saqué de mi biblioteca todo lo que era eso, me parecía un lastre y empecé a leer sistemáticamente ensayos y a través de los ensayos fui aproximando al tema de lo autobiográfico. Por ejemplo, Virgine Despentes, me fui aproximando a cosas alternativas, ella me fascinó su manera descarada de decir las cosas, y eso me fue llevando a una literatura que es como una narrativa ensayística, o un ensayo narrativo. Le siguieron Natalia Ginzburg, Annie Ernaux, Siri Hustvedt y, sobre todo, Vivian Gornick.
Me marcó mucho con Los apegos feroces, porque me parece ella de una agudeza e inteligencia. Y al lado de esas curiosidades que fui encontrando en la librería de personas más jóvenes hablando desde el yo, desde la cuestión de la intimidad y amplié el repertorio y esas que les he dicho son las que me parecen más interesantes.
Entrevista por: Angélica Ramos y María José Forero.

