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‘La fiera’: el desafío imposible de los «hombres pájaro»

 

Miguel Bernardeau, Carlos Cuevas y Miguel Ángel Silvestre durante el rodaje / Fuente: Atresmedia

La fiera, la nueva película de Salvador Calvo, se estrenó en salas el pasado 6 de febrero. La cinta sigue el recorrido de un grupo de saltadores BASE que dieron todo por perseguir su sueño de volar.

Ready. Set. Vamos. Eso es lo que unía a Carlos Suárez, Armando del Rey, Darío Barrio, Alvaro Bultó y Manolo Chana. Para algunos, intrépidos, aventureros, audaces; para otros muchos, auténticos locos desafiando a la muerte.

El sueño de tocar el cielo

Sin embargo, a veces los límites del ser humano se empeñan en desdibujarse en favor de la adrenalina y la búsqueda de libertad. 

Se trata de un drama basado en hechos reales con elementos de docudrama dirigido por Salvador Calvo (Madrid, 1970). El film se sumerge en la historia del grupo de amigos y su pasión compartida por el salto BASE.

Este deporte es uno de los más peligrosos y fatales del mundo, si no el que más. Se empezó a practicar en la década de los 70, siendo el paracaidista Carl Boenish su precursor, aunque no se popularizó hasta principios del presente siglo.

De esta manera, el acrónimo BASE establece hasta cuatro superficies diferentes desde las que saltar: Building (edificios), Antenna (antenas), Span (puentes) y Earth (tierra).

Salvador Calvo construye desde ahí un enfoque íntimo, basado en la amistad y en la dimensión humana del riesgo. Aparecen la épica, el disfrute y esa necesidad insaciable de saltar al abismo.

Pero también aparecen las consecuencias, el coste emocional y humano de desafiar a la muerte. De esta manera, la película transita en esa línea difusa que existe entre el éxtasis y el peligro real que supone practicar un deporte de estas características. 

Miguel Bernardeau y David Marcé junto al director, Salvador Calvo / Fuente: Traveler

La resiliencia frente a la tragedia fue clave

Manolo Chana, pionero del Salto BASE en España e interpretado en la película por José Manuel Poga, fue el primero en perder la vida. Una exhibición en Toledo segó su vida, marcando el inicio de un camino mortal en el que hasta tres saltadores más del grupo encontrarían el mismo destino.

Hasta entonces, los cinco amigos se reunían asiduamente en El Corral de la Morería, famoso tablao flamenco de Madrid, donde preparaban los destinos de sus nuevos saltos y aventuras. 

Darío Barrio y Armando del Rey junto con otros compañeros en un homenaje a Manolo Chana

El golpe que supuso la muerte de Chana para el grupo de amigos no fue más que una advertencia, aunque profundamente dolorosa. Saltar dejó de ser solo un impulso: se convirtió en su forma de vivir y en un homenaje eterno a Chana.

Esa transformación vital se traslada también a la puesta en escena, donde la espectacularidad de las escenas se mezcla con una sensación de vértigo que, aunque impactante, no llega a generar un clima de miedo o ansiedad, lo que permite al espectador disfrutar de la experiencia en la sala.

El único superviviente del grupo, Armando del Rey, confesó haber hecho alrededor de 3.000 saltos a lo largo de toda su trayectoria. Una cifra, cuanto menos, asombrosa y solo al alcance de unos pocos: auténticos hombres pájaro. Miguel Bernardeau, quien interpreta a Del Rey, encarna a uno de los miembros más honestos y, dentro de lo posible, cautos del grupo de saltadores.

Algunas curiosidades del rodaje

De esta manera, la superproducción recorre muchos de los escenarios reales en los que tuvieron lugar algunos de los fatídicos saltos, desde el Crack de Lauterbrunnen, en Suiza, pasando por Candanchú y Panticosa, en el Pirineo Aragonés, el castillo de Loarre en Jaén e incluso la emblemática Torre de Madrid, en Plaza de España.

Muchos de ellos fueron protagonizados por Darío Barrio, dueño del entonces restaurante de moda en la capital, Dassa Bassa. Su canal de youtube ratifica su destreza y pasión por este deporte.

Sin saberlo, grabaría días antes el escenario de su último salto, que tuvo lugar durante una exhibición en Segura de la Sierra, convertida en homenaje a su amigo Álvaro Bultó, fallecido en Suiza tras realizar una maniobra muy peligrosa. Su muerte abrió un debate en la sociedad sobre cuáles eran los límites del deporte extremo

Carlos Cuevas durante el rodaje en el Valle de Tena, en el Pirineo Aragonés / Fuente: Traveler

Por su parte, Miguel Ángel Silvestre da vida a un Darío Barrio fraternal pero inquieto, motor emocional del grupo y principal impulsor de algunos de los retos más arriesgados. También  lo era Carlos Suárez, interpretado por Carlos Cuevas, quien, en la vida real, ha confesado haber salido de su zona de confort para interpretar un papel extremo, convertido en todo un desafío personal y profesional.

Dentro del filme, la determinación de Suárez adquiere una dimensión aún mayor cuando decide retomar uno de los desafíos planteados al inicio de la historia. Marcado por las tragedias previas, decide cumplir su sueño de saltar desde la Torre sin Nombre, en la cordillera del Karakórum, al norte de Pakistán.

Lo hace junto a su pareja, Myriam, interpretada por Candela González, un personaje esencial que sostiene el equilibrio emocional y aporta estabilidad en medio de la obsesión por el riesgo.

De izquierda a derecha: Miguel Ángel Silvestre, Candela González, Miguel Bernardeau, David Marcé y Carlos Cuevas en una escena / Fuente: eCartelera

Lo que ocurre en la pantalla conserva un reflejo inquietante de la realidad: cada salto y cada decisión que vemos de Suárez y sus amigos está marcado por un riesgo verdadero. Algo que trasciende la ficción.

La película no solo celebra la pasión y la valentía, sino que también recuerda que detrás de cada hazaña existe una vida real, con sus límites y consecuencias. Esta dualidad hace que la historia contenga un peso emocional que permanece incluso cuando la adrenalina por saltar desaparece.

Y nos muestra cómo a veces el destino se muestra cruel: Carlos Suárez murió haciendo de doble de riesgo durante una escena del film. Años antes, había confesado en una entrevista a su inseparable amigo Jesús Calleja que solo volvería a saltar para una ocasión especial. Esta lo era.

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