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miércoles, 14 octubre, 2026
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5 cuentos de nuestros redactores para San Valentín

Con el motivo de celebrar San Valentín, hemos seleccionado cinco cuentos de nuestros redactores en los que el amor está entre las líneas

Finales alternativos – Ángel Lobo

Yo transito a diario los caminos que ya no son, abriéndome paso entre la vegetación que nunca llegó a florecer.

Hoy, la luz del sol de Buenos Aires se filtra a través de la ventana del pequeño departamento en el que dormimos Bruno y yo. Seguramente sean ya más de las dos, y en pocos minutos tendré que levantarme para pasarme por mi casa, darme una ducha y entrar a trabajar en el turno de tarde de la cafetería: me toca recoger la ropa desperdigada por el diminuto cuarto a toda velocidad, intentando no montar mucho quilombo: Bruno trabaja de noche, y necesita descansar. Después, he de agarrar el colectivo para agarrar otro colectivo a continuación y parar por mi casa solo unos minutos. Tras la ducha exprés, es momento de introducirme de nuevo en la vorágine de la ciudad, que pide más y más plata y no da un respiro a la vida ni tampoco al amor. Tumbado a pocos centímetros de mí, huelo en el aliento del durmiente Bruno el aroma exótico del oasis que son estas noches, cada vez más espaciadas en el tiempo. Mientras me desperezo, recuerdo que al final los viajes en colectivo, los turnos rotativos y la inflación acabaron por ahogar el amor, y que este pequeño departamento en la ciudad de la furia ya no me resguardará del vendaval que levantan, con su sutil movimiento, las agujas del reloj y las agujas de los contadores de la luz y del gas. Quizá encuentre otros refugios como este en el futuro, si el mundo me ofrece una pequeña tregua.

Me levanto de la vieja cama, me pongo una camiseta y, desde el pequeño cuarto, salgo al porche del jardín: el pequeño Luc gatea sobre el verde y húmedo césped, atreviéndose, cada pocos metros, a realizar audaces ejercicios de equilibrismo para mantenerse en pie, y elevar su mundo hasta una visión bípeda y estable. Si sigue así, pienso que en pocas semanas Luc comenzará a caminar con soltura, y Marie, que sostiene un libro de poemas a mi lado, es consciente también de que los torpes aleteos de Luc se convertirán pronto en los más firmes pasos, con los que el niño podrá recorrer el mundo entero si así lo desea.  Ella lee su libro y, al mismo tiempo, está pendiente de Luc, de la fría brisa que corta hoy el aire de Talence y del cielo, teñido de un gris que se oscurece cada vez y más. Es posible que en los próximos minutos las nubes descarguen sus lágrimas sobre este pequeño jardín, y que la lluvia interrumpa la escena, en la que el hijo todavía no ha pronunciado sus primeras palabras y la madre, a través de un libro de poesía, se deja fascinar por las últimas palabras de otras voces ya extintas.

Los relámpagos aún no están aquí, y casi parece que mi accidente de moto no arrebató a Marie este porche, este jardín, esta criatura. Poso mi mirada sobre el infante, tan inocente que espero que nunca sienta su alma manchada por los males de los hombres; ojalá durante tu vida, Luc, solo tengas que enfrentarte a tus débiles piernecitas en su incasable duelo con la gravedad.

El cielo se repliega y cruje, y vuelvo a entrar en la casa; me da la bienvenida la colosal arquitectura de la terminal 4 del aeropuerto de Madrid-Barajas. Mientras camino por los infinitos corredores del aeródromo, en la misma dirección que otros viajeros nocturnos, noto la quietud de la terminal, solo perturbada por la estampida de maletas que arrastramos con nosotros; debe ser la madrugada de un martes o un miércoles de invierno, y el hormiguero humano que comenzará a formarse en unas horas en la terminal todavía no se ha originado: el mundo aquí parece apagado, y las luces trémulas y las señales de este templo en penumbra nos quieren guiar de vuelta a la luz del día. Caminamos por delante de las cafeterías y las joyerías cerradas, bajo la atenta mirada de los vigilantes noctámbulos apostados como búhos. Aún estamos intentando aterrizar los viajeros que, por economía o por insomnio, hemos decidido atravesar la noche y viajar entre las estrellas; el hombre trajeado continúa respondiendo al pinganillo de su oreja en un idioma que no reconozco, y los tres chavales que caminan tras de mí – un par de años más jóvenes que yo- se están recuperando del letargo nocturno, deseosos de descubrir en pocas horas todos los secretos que oculta Madrid.

Al alcanzar Llegadas, la Luna aún proyecta sus rayos sobre las pistas de aterrizaje, pero el Sol ya ha salido, solo para mí: ella está aquí, esperándome, y reparo en que dos sonrisas sincronizadas se nos dibujan en los rostros, cuando nuestros ojos se cruzan después de varios meses buscándose. Antes ni siquiera de cruzar una palabra, un abrazo nos une y siento de nuevo ese mismo calor que experimenté en Ámsterdam, cuando ella me visitó para ver qué tal estaba llevando el Erasmus, y saber qué clase de existencia estaba configurando en aquel extraño simulacro de vida.

En la diminuta cama de la habitación alquilada que compartimos ese fin de semana, una vez apagados nuestros fuegos, me mantenía despierto mientras ella ya dormía, descansando del turismo y del amor. Pensaba entonces en las maniobras peligrosas que había estado realizando durante las últimas semanas, y me venían a la mente las formas de aquella chica italiana que conocí en la fiesta de disfraces, y con la que había intercambiado ya cuatro o cinco mensajes: me sabía escurriéndome por una pendiente resbaladiza. Sabía que el éxtasis que estaba viviendo en esa ciudad se terminaría en pocos meses, que los fotogramas de la película que creía estar viviendo se desintegrarían cuando regresara a mi ciudad, y que era allí – y en ese momento, al otro lado de la cama- donde habitaba lo auténtico. Sin embargo, sabía también que era inevitable que destruyera todo de la forma en que lo destruí; solo tenía 20 años, y las tentaciones, desde luego, saben cómo doblegar a un corazón joven.

Con todo, en esta terminal, ella sigue a mi lado, pues no ha aflorado ninguna confesión, ningún reproche, ningún dolor: en este largo abrazo al amanecer descansa una vida compartida, que ninguno de los dos concebimos que se pueda deshilachar jamás.

Cuando me alejo de ella para ir al baño, el estruendo de las máquinas me desplaza hasta un taller oscuro y lúgubre. Deslizándose sobre una renqueante cinta transportadora, miles de caballitos de peluche son convertidos en unicornios, después de que yo les inserte unos pequeños cuernos de plástico en sus cráneos; llevo solo media jornada y las manos ya me tiemblan, pero la sonrisa de Bao – que acopla coloridas sillas de montar en los lomos de los juguetes – me insufla la fuerza suficiente para enfrentarme a unicornios, dragones, demonios y fantasmas.

Cuando me trasladaron de fábrica, perdí todo el contacto con Bao: aquí, día tras día, fantaseo con la posibilidad de casarme y tener con hijos con él: pienso en que, de mi vientre, nacerán un niño y una niña que jugarán con los juguetes que otros enamorados fabricarán para ellos.

En Afganistán, nos ejecutaron a Haidar y a mí por practicar un amor que ellos nos prohibieron; En Grecia, él y yo vivimos lejos del fanatismo y la oscuridad, en una casita en la que ambos podemos darnos todos los besos que nos tuvimos que ocultar allá en el desierto.

También vivo la vida que Rachel hubiese llevado si la heroína no la hubiese alejado para siempre de Marc, y disfruto de la monótona existencia que Sveig e Ingrid hubiesen compartido de no reparar en lo mucho que se aburren el uno al otro; estas son solo algunas de las no-vidas que disfruto.

Me siento privilegiado, porque solo yo conozco las respuestas a las preguntas que tantos amantes se hacen en las interminables noches que orquesta el desamor. Habito en los espacios en blanco, y aunque a veces pienso que esto es una maldición, en el fondo no me importa tener que permanecer para siempre en este bucle de dulces promesas y futuros sin realizar. Yo transito a diario los caminos que ya no son, abriéndome paso entre la vegetación que nunca llegó a florecer.

Dedicado a los miembros de Airbag y a J, de Los Planetas

Los amantes de René Magritte – Javier Goez 

La primera vez que la besé a través de la tela, sentí lo mismo que hubiera sentido si nuestros labios se estuvieran rozando, lo mismo que hubiera sentido si dos velos no cubrieran nuestras cabezas. Pasamos horas en esa posición perfecta. Aunque nunca llegamos a juntar nuestras bocas, podía sentir cuando algún músculo se contraía en su rostro, podía escuchar cuando se aceleraba su respiración, cuando tragaba saliva.

Lo cierto es que posar siempre me había resultado molesto. Largas horas en posturas extrañas hasta dejar de sentir las piernas y los brazos, siempre con un reloj a la vista —para que no pagaran de menos— lo que hacía más evidente, y más angustioso, el paso del tiempo. Siempre había sido así, hasta que coincidí con René. Él ocultaría mi cara, yo no temía que alguien sin talento congelara mi rostro para la eternidad: ni a él le faltaba talento, ni yo enseñaría mis rasgos.

Fueron seis posados para él, seis posados junto a ella. Ella. Mi amante prohibida. Cada año, decenas de miles de personas —centenares de miles tal vez— nos observan inmortalizados en un cuadro. Nos miran y se preguntan por qué René pintó esa escena, si fue por el trauma que le provocó ver el cadáver de su madre suicida con un pañuelo mojado cubriéndole la cabeza mientras la policía la sacaba del río o por una relación turbulenta con una mujer, pero no se preguntan si las personas ocultas tras esos velos se amaban, o si alguna vez se llegaron a amar. ¿Y cómo saberlo?, si ni siquiera nosotros lo supimos, ni lo sabemos.

René pagaba por los posados mucho más que cualquier otro artista porque su éxito se lo permitía, y porque sus condiciones eran más extravagantes. Con las seis sesiones que hice para él —junto a ella— pude ganar más que todo lo que gané con el resto de mis trabajos.

Las instrucciones eran sencillas. René me cubriría la cabeza con un velo, desde entonces no podría hablar ni destaparme, él me guiaría a ciegas por el estudio hasta plantarme delante de ella, tan cerca que nuestros cuerpos se tocaran, y entonces debíamos besarnos, siempre a través de la tela, y permanecer quietos en esa posición perfecta. Yo nunca sabría quién era ella. Ella nunca sabría quién era yo. Nunca trataríamos de ponernos en contacto. Suena siniestro, distópico, pero por entonces me movía con un grupo de surrealistas, y nada nos resultaba demasiado extraño.

Desde el primer instante en que nos besamos, sin llegar a besarnos, yo supe que la amaba. Para ella fue distinto, no fue instantáneo. Fue al tercer día cuando empecé a escuchar que su respiración se aceleraba. Teníamos los ojos vendados, era imposible imaginarse su apariencia, ni siquiera podía saber si su cabello era largo o corto, su tez blanca o morena. Solo conocía su altura, su olor a Shalimar. El cuarto día sus latidos eran tan fuertes que podía sentir su corazón retumbando en mi pecho.

Si rompíamos el pacto perderíamos todo el dinero, más dinero del que nunca llegaríamos a ver. Todos los que posábamos éramos intentos de artistas fracasados, si ella había llegado allí, también lo sería; no creo que estuviera dispuesta a perderlo. Sin embargo, el quinto día sentí que ella me pedía que desvelara mi rostro, como si la presión de sus labios transmitiera el mensaje. Mañana, intentaba decirle yo, mañana lo haríamos, robaríamos el dinero, y nos esconderíamos juntos en alguna ciudad española. Todo esto nos lo dijimos sin palabras, lo prometo, aunque suene imposible. Cuando pasas horas junto a una persona, aunque no llegues a tocarte, ni a verte, ni siquiera a escucharte, estableces un lenguaje invisible para el resto que solo vosotros conocéis. Aprendí que es posible transmitir a oscuras, en silencio.

El sexto día repetimos el ritual, René me cubrió la cabeza en una habitación contigua, y me guio hasta ella, hasta que nuestros cuerpos se tocaron. «Destápate, marchémonos de aquí», le intentaba decir en silencio. «Todavía no, aguanta hasta que nos pida que nos separemos», sentí que me decía.

Esperamos hasta el momento indicado. René nos dijo que había terminado, podíamos separarnos, dejar de besarnos. Y así hicimos, separamos nuestras bocas y después nuestros cuerpos. Caminé dos pasos hacia atrás, me detuve, y me quité el velo que me cubría la cabeza.

Al hacerlo vi que ella seguía caminando hacia atrás, hasta que por fin se detuvo. Esperé unos segundos a que se retirara la tela, pero nada de eso sucedió. En esos segundos de angustia, al ver que yo rompía el acuerdo, René corrió a protegerla y la metió en una habitación sin que yo pudiera verla. Escuché cómo ella gritaba y preguntaba qué ocurría. Yo aproveché para coger todo el dinero —el mío y el de ella—, y salí corriendo de allí.

René Magritte pintó en 1928 una serie de cuadros titulados Los Amantes. Este cuento es la historia que esconde el segundo de ellos. En la actualidad, el cuadro está expuesto en el MoMA de Nueva York y cualquiera que pague 28 dólares por la entrada puede entrar a observarlo y a preguntarse si esas dos personas que se besan tras un velo se amaban, o si alguna vez se llegaron a amar.

Los amantes, de René Magritte | Fuente: MoMa

La Boda – Alicia Riera

Aquella noche soñé con nuestra boda. Yo llevaba un vestido negro recién confeccionado para la ocasión, y tú un traje estupendo. Firmábamos nuestros votos ante Dios, y yo lloraba de felicidad. Fue justo al jurar mi “Sí, quiero” cuando me desperté. Al abrir los ojos al nuevo día, me descubrí con las lágrimas soñadas adheridas al rostro.

Era un domingo bonito, y las calles de Albacete relucían bajo la luz del sol. Parecían cantar alegres, celebrando la primavera y la prosperidad de la ciudad. Y, es que como Padre gustaba de repetir, la villa de Albacete brillaba tanto como el sol. Por eso, el Señor sonreía a los ciudadanos más trabajadores de la villa, afirmaba siempre que podía, esos que habían levantado la ciudad y la habían llevado a su máximo esplendor con su sudor y trabajo: los comerciantes. Padre venía de una familia de pequeños comerciantes venidos a más gracias a las estrategias matrimoniales empleadas para aumentar la fortuna familiar. Madre, por su parte, venía de una familia de escribanos que había decidido unir fuerzas con los Gómez, la familia de Padre, con el fin de establecer un patrimonio sólido y capaz de competir contra las élites locales. Y ciertamente, su unión catapultó a ambas familias al éxito económico y a un relativo poderío social, aunque seguimos siendo tratados con desprecio por la aristocracia y nobleza locales. Tendríamos todo el dinero del mundo, pero no teníamos su sangre.

Vestida de negro como en mi sueño, paseé despacio por las calles de la villa que había sido testigo de nuestra historia. La comitiva seguía mis pasos, y al fondo del grupo estaba mi futuro marido, como dictaba la tradición. De mi mano se sujetaba Mariqui, que contaba las baldosas ajena al mundo a su alrededor. Solo nos llevábamos cinco años, pero aún la veía como a una niñica pequeña y necesitada de protección, tan lejos de mi actual realidad… Aunque tampoco es que yo fuese la esposa más joven que la villa hubiera visto. A mis veinte años, se me consideraba más que preparada para asumir los votos definitivos. Los pájaros cantaban y las flores de las ventanas de las casas alegraban nuestro paseo. Madre, a mi otro flanco, no paraba de repetirme con voz atropellada y nerviosa que estaba a punto de vivir el día más importante en la vida de cualquier mujer. Yo me enajené de la vocecilla susurrante de Mariqui tarareando una canción popular y de los cansinos consejos de mi madre. Ignoré también las voces exaltadas de nuestros invitados, y en cambio me adentré en mis recuerdos. Pasábamos palacetes y casitas, calles que daban a huertas y muros de piedra que habían sido testigo de nuestro amor. Y así, arropada por las calles de nuestra cómplice villa, repasé con la calma caprichosa de quien sabe que todo está por cambiar cada instante remarcable de nuestra vida en común.

Recordé el día en que te conocí, un muchachico alto y moreno, con las rodillas peladas de jugar con los amigos. Recordé lo tímido que eras conmigo durante esos primeros encuentros. Apenas me mirabas o hablabas. Tus amigos se reían de ti por tener que llevar a todas partes a alguien cinco años menor que tú, y encima una niña, y tú no entendías por qué tenías que cuidar mí, por mucho que yo fuera la hija del mejor amigo y socio de tu padre. Sin embargo, pronto me quisiste, y comenzaste a cuidarme como si se tratase de un cometido vital, y no de un deber de hijo complaciente. Jugábamos juntos todo el día en los campos, corriendo de arriba a abajo, lejos de las miradas supervisoras de nuestras madres, siempre ocupadas con el último cotilleo de la villa. Los años fueron pasando, y la infancia llegó a su fin: tú te convertiste en un señorito, y yo estaba en camino de transformarme en una joven dama. Pero la vida nos regaló la oportunidad de seguir compartiendo nuestros días, a pesar de que nuestros deberes sociales se distanciaban más y más a cada día que pasaba, y a pesar de que los susurros escandalizados de los vecinos más chismosos nos perseguían allá a donde fuéramos.

Con la edad de Mariqui me enamoré de ti. Y tú de mí. Pronto comenzamos a actuar como tímidos enamorados, sin atrevernos a dar un paso en falso que sabíamos que rompería las normas de conducta que tanto nos habían inculcado. Hasta que finalmente te decidiste a dar ese paso. Fue aquella noche de 1826 en que celebramos tu veintitrés cumpleaños. Tu madre había organizado una gran fiesta para ti. Las mayores personalidades de la villa estaban ahí. Esa noche, más que celebrar tu vida, celebramos que pronto encontrarías mujer de alta alcurnia con la que elevar a tu familia en la escala social de la villa, honrándola en el proceso. Bailaste con muchas muchachas y yo lloré con disimulo, evitando tu mirada. Porque tú me mirabas, no dejaste de hacerlo en toda la noche. Supongo que así te diste cuenta de que me había ido del salón. Me buscaste afuera del palacete, y bajo el manto oscuro de la noche, con solo la luna de fiel testigo, me dijiste que me amabas y siempre me amarías. Me besaste con tus manos entremetidas en mis cabellos peinados en tufos, aprisionados en un peinado imposible.

Al fondo se veía la iglesia. El sol adornaba su piedra y la hacía brillar poderosamente en todas direcciones. Un aire cálido y primaveral nos rodeaba como un manto, acariciando mis mejillas y acunando mis cabellos recogidos. Mientras me acercaba lentamente hacia el templo, reviví el sueño de aquella noche y cada uno de los besos que compartimos a escondidas, lejos de las miradas inquisidoras. Entonces, sentí cómo el suave viento arrastró hasta mí un hilo de tu risa gorjeante y cada palabra dulce que algún día compartimos. La opresión en mi pecho crecía a cada paso que daba. Al llegar a la iglesia, esa maldita congoja se instaló en mi garganta haciendo casi insoportable el solo respirar.

Mi futuro marido tomó lugar a mi costado. Los invitados nos rodearon, creando una especie de semicírculo alrededor del edificio. La puerta de la iglesia, cerrada a cal y canto, se me antojaba como una metáfora de aquello en lo que se transformaría mi vida a partir de ese día: una existencia hermética, separada del mundo por muros infinitos e infranqueables. La voz del sacerdote comenzó a recitar las primeras líneas del rito matrimonial, y sentí cómo los ojos de los invitados se clavaron en mí. Noté soberbia, envidia, y alegría genuina por parte de unos pocos invitados, entre los que se contaba tu padre. En mi cabeza, la voz del sacerdote se transformó en la voz de Padre aquella tarde hacía ya algunos meses: “Piénsalo así, Catalina. Con alguien te tendrás que casar. Lo necesitamos para seguir haciéndonos con Albacete. Y don Rodrigo es un gran partido… No es tan mayor, y es un hombre educado y honorable, sin ningún vicio conocido que tache su reputación”. Aquella tarde mi padre solo verbalizó lo que sabíamos que acabaría pasando. Mi obligación como hija era obedecer a Padre, pues él estaba pensando en el beneficio de toda la familia. Y de todas formas, pronto llegaría tu turno. Tu excusa de priorizar tu formación antes de comprometerte era caduca, ambos lo sabíamos. No podrías eludir esa responsabilidad mucho más. Así que dije que sí, porque no podía decir que no.

Aparté la mirada de la puerta del templo, de donde no la había despegado desde el inicio del rito matrimonial. Miré a don Rodrigo. A sus treinta y ocho años de edad, nunca antes había estado casado. Había, como tú pretendías hacer, retrasado ese deber lo máximo posible. Pero finalmente, había llegado el día en que su título nobiliario de poco servía sin un sustento económico que lo amparase. Ahí entraba yo. Era una unión inteligente, en beneficio mutuo, consideraba Madre. La ideal para dos familias ambiciosas como la nuestra y la de don Rodrigo. El sacerdote se dirigió finalmente hacia nosotros, los novios. Debíamos dar nuestro consentimiento. Paseé mi mirada por última vez como mujer libre por entre los invitados, en un desesperado intento de encontrarte entre la multitud. La noche en que, entre lágrimas, te confesé que ya no sería tuya me prometiste que vendrías. Me topé con la mirada de Madre, que lloraba sin apartar la mirada de mí. A su lado, Mariqui miraba despistada al cielo, y Padre me sonreía con orgullo. No encontré rastro de ti.

Se instaló en mí una terrible desesperación. ¿Por qué no habías venido? Me lo habías prometido. ¿Cómo podías abandonarme así? Escuché a don Rodrigo prometer ante la villa, ante el sacerdote y ante Dios que sí quería cumplir cada una de las promesas que se hacían los enamorados. Su voz sonaba fuerte y segura, y noté cómo paseaba su orgullosa mirada por el público. Esas promesas se las hacía a ellos, no a mí, y ambos lo sabíamos. “Y tú, doña Catalina…” la voz del sacerdote me sobresaltó. No me sentía preparada para dar mi consentimiento. No podía hacerlo, no, no, no. Sentí cómo el tiempo se paraba y mis pulmones se ahogaban, vacíos de sustento vital, durante aquellos segundos en que buscaba desesperada en mí la fuerza para decir esas dos palabras. Sí. Quiero. “Catalina, naciste para esto. No es para tanto”, me reproché. Y era cierto, eran dos estúpidas palabras que no cambiaban ni cambiarían nada de lo que mi corazón sentía y anhelaba. Y sin embargo, se me atascaban en la boca de la garganta, negándose a salir. Desesperada, me giré para mirar a don Rodrigo en busca del temple que él sí había mostrado al aceptar su responsabilidad familiar ante la villa. En el proceso, me encontré con tu mirada, intensa y turbada. Un par de lágrimas se escaparon de mis ojos. Entonces lo dije. “Sí, quiero”. Y por esos breves instantes, estaba de vuelta en mi sueño.

Vine del norte – Adrián Masa de Vega

“Vine del norte buscando una canción y una cruz,

y allí se cruzó un cometa, y en su estela estabas tú”.

Ismael Serrano.

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Querida Gabriela,

Tuve que volver a Santiago en busca de un puñado de historias que ya habíamos vivido antes. Me parece mentira que tal ciudad siga aquí, firme junto a su cordillera, esperando a unos seres que no somos nosotros. Espero que comprendas que los recuerdos llegan tarde cuando a uno lo persigue el latigazo del tiempo. Para mantenerlos quietos -a los recuerdos, me refiero- habría que poder agarrarlos por el pescuezo, sin lastimarlos siquiera, pero amarrándolos con fuerza, tal y como los felinos sostienen a sus cachorros, tal y como tú sostenías mis riendas ante los policías fronterizos a los que me enfrentaba en Ginebra, Buenos Aires o Guatemala. Confieso que, a estas alturas de mi vida, no alcanzo a comprender el ímpetu de mis actos, que no soy yo el que se atreve ahora, porque la valentía nunca me ha pertenecido. A mis sesenta y ocho años, resulta inverosímil coger una maleta, arrojar dentro unos cuantos libros, fotos viejas y dignidad poca, algunos trapos y el valor que nunca tuve cuando el cuerpo me seguía el ritmo.

Desde el momento en el que aterricé, supe que la ciudad a la que llegaba no era, ni remotamente, la misma de la que me marché hace ya 20 años. Santiago de Chile no es lo que fuera. Claro que los bares aún apestan a pisco y canciones de Páez, la Universidad sigue siendo un saco de guanacos y La Moneda tiene todavía esas manchas de injusticia. Nada de lo que veo tiene que ver con los lugares de mi memoria, aquella parada de micro desde la que zarpabas, casi inconsciente, camino a la pega ya no está. No, ya nada es lo mismo. ¿Recuerdas aún, esos paseos por La Alameda mientras tarareabas las canciones de Jara? Por entonces, te lo recordaré, soñabas con un mundo boca arriba, de otro modo, más humano, donde las flores nacieran encima de los cadáveres y no hubiera diez muertos por cada rosa. Tengo muy presente ese día, justo delante de La Moneda, yo intentaba ver a Salvador, sin saber que, más tarde, en un fatídico septiembre, le tocaría admitir, tras el cristal de su ventana, que su futuro, simple, compuesto o imperfecto, se lo iban a sacar de las manos. Mientras tanto, tú me mirabas en silencio y, de pronto, como una sacada de cresta por la espalda, me lanzabas tu inocencia: “Sabes, así tan duro, te das un aire a Guevara”. Qué manera tenías de reducirlo todo, de condensar esas abstracciones inevitables, de volver mis montañas en granos de arena, qué necesario llegaba a ser. Cuando uno se toma el lujo de creerse coloso en la historia, uno más, compañero de sus ídolos, Pedro Páramo en Comala, comendador en Fuenteovejuna. Para eso hay que leerse las noches, sí, vivir en cada legua del tiempo, comprender mil idiomas, tener fe en varios dioses y conseguir, a fin del último punto, ser un genial idiota. Para librarme de todo eso, estabas tú, bajándome los pies al piso y ciñéndome la boina a la cabeza.

La primera vez que pisé Santiago, aquel noviembre antónimo, huía de algo: de una Europa donde seguían lloviendo mordiscos y el cinismo reinaba en las solapas. Por aquel entonces, el sur lo cambiaba todo, tú me lo revelaste. Una noche, bien lo recuerdo, en un concierto, cuando, tras presentarnos, lo único que me repetías por mi pecado de ser europeo era: “¿No te acuerdas de lo que dice Benedetti? El sur también existe, el sur también existe”. Y claro que lo recordaba, mucho mejor de lo que lo hago ahora. La primera vez que dejé el norte buscaba una carta en blanco y una suerte que cambiara mi vida. Aquí no había ni cinismo de hojalata, ni tiranos de piedra, ni el pudor del magnate que aprieta tus grilletes. Aquí, abajo, la gente no es de cartón piedra y los prodigios te esperan por todas partes, tras los cachivaches de las estanterías o escondidos en algún campanario machucado por el viento.

Esta noche me he tomado un pisco contigo, justo lo que hacía falta para enamorarme, un copete más, uno solo, dos sorbitos. Esta vez, tú ya no estabas conmigo, pero podía verte, probarte la boca en el borde del vaso, oler en la cortina de humo de la puerta tu tabaco de contrabando, tocar la botella como quien apunta sus dedos para caer en un sexo. Tampoco puedo explicarlo, quizás nunca haya explicado nada. Toda una vida dedicada al cultivo de las letras y jamás he firmado el final de mi obra maestra. Tal vez, solo tal vez, sea ahora el momento de escribirla, de terminar todas aquellas novelas sesudas que jamás pude empezar, regalarme al vaivén de una pluma. Desde que te conocí tuve que compartir tu tiempo con mi triste pluma estilográfica, esa Montblanc que me costó dos meses de trabajo más dos horas esperando en la puerta de la tienda. Tú estabas en contra de la literatura, de los libros, las cartas, en contra de todo lo que nos separara del suelo. “Tú”, para mí significa aquí: aquí y ahora, siempre, a contracorriente, contra la memoria y el olvido. Es un lugar anacrónico en el mapa de las otras geografías: “¿para qué? – decías – ¿para qué vivir en muchos mundos que no existen, que no tocas, cuando tienes tan poco tiempo en el de verdad?”. Quizás me enseñaste más cosas de las que ambos estaríamos dispuestos a aceptar.

Tú siempre decías que el amor es un accidente. No lo creí muchos días, muchas noches me hiciste agarrarlo con certeza. Y es así, tan inevitable y certero al tacto, el amor se cuela por las rendijas, cae en tus manos de rebote, como una milonga escupida por un gramófono dudoso que compras en una tienda de antigüedades, no te explicas cómo ha funcionado, pero lo hace. Se basa en la mera casualidad divinizada, el único Dios en el que uno puede creer, que en ese momento suene Silvio y no cualquier otro músico, no, tiene que ser él, debía ser él, si no hubiera sido así, tú no habrías acariciado mis ojos con los tuyos y yo no habría sentido el calor de lo innegable en las entrañas; no habrías abierto la boca para pedirme que subiera el volumen de la radio y yo no habría abrazado el coraje de cuestionarte: “solo si me das un beso” te dije, te digo, ahora y siempre.

Hace 20 años que dejé el sur, querida Gabriela, abandoné Santiago y a ti con él. Os dejé en el único sitio en el que podía no perderos, en el recuerdo. Y ahora, que ni el recuerdo os salva y sois para mí el sueño de una noche de verano que nunca tuve, el polvo del amanecer en un noviembre traído desde otro hemisferio, que funciona al revés, qué tiene otro invierno, qué torna el agua al otro lado. Ahora me arrancaría la piel por no haberme ido de ese Santiago que eres tú, que somos nosotros juntos. En fin, nada puedo hacer ya: hace 20 años que no os veo, que no camino Santiago, que no transito tu ropa. Y hoy, tantos años después cumplo, al fin, la meta que tenía cuando llegué, tú te has convertido en mi cruz y la carta que ahora escribo, la firmo en Santiago de Chile, con una fecha que no recuerdo y la dejo contigo, para ti, en el último buzón donde puedo encontrarte, con una placa de mármol blanco y una lápida que lleva tu nombre.

La decisión del amor – Pablo Yannone Sancho

La princesa Capri decía que no era buena escogiendo entre varias opciones. ¿Armario o vestidor? ¿Piscina o jacuzzi? ¿Perro o gato? Cuando le asaltaban todas estas dudas, se ponía roja como un tomate y le entraban unos picores horribles. Lo pasaba tan mal que se había pasado toda su vida evitando elegir. Por eso, siempre se decantaba por todas las opciones disponibles. Bueno, por eso y porque era rica y podía permitírselo.

Como decía, nunca había renunciado a un bien material. No fuera a ser que se muriese en el acto. Reflejo de ello eran todas sus pertenencias. Tenía tantas que ni cabían en sus variopintos castillos: el de la ciudad, el de la playa, el de la montaña, el del puerto, el de la feria de otoño, el de los 29 de febrero, etc. Se suponía que con todos esos lujos debía ser feliz, pero sufría de una condición: día tras día, sus picores y su enrojecimiento iban en aumento. No entendía por qué, ya que no se enfrentaba a ninguna decisión nunca. Un día evocó las sabias palabras de su madre antes de fallecer: “En algún momento, todas las decisiones que no has tomado te perseguirán. La única forma de poner fin a tu dolor será tomando la decisión del amor”.

¡El amor! Capri pegó un sobresalto. ¿Cómo podía ser tan hermosa, tener tantas riquezas y seguir soltera? A lo mejor se había conformado con sus miles de perros, gatos, loros y serpientes. Pero no eran suficientes para remediar su condición. El amor, sin embargo, había salvado a miles de almas anteriores a la suya. Pero ¿por dónde debía empezar? ¿De quién se iba a enamorar? ¿De un hombre? ¿De una mujer? ¿De un bajito? ¿De un alto?

Su piel se puso roja solo de pensarlo y le invadieron los picores. Así que optó por actuar en vez de pensar. Congregó a hombres y mujeres del pueblo de su castillo de la montaña. Aparecieron personas de todas las edades, géneros, intelectos, etc. Todas acudieron a su llamada, deseosas de ser elegidas.

Nada más salir al encuentro de toda esa muchedumbre, la princesa Capri se puso roja como un tomate. ¿Cómo iba a escoger entre todas esas personas a una sola?  Enrojecida y llena de picores, se paseó entre las masas y empezó a ver rasgos que no le gustaban. Hombres con bigotes muy espesos, fuera. Mujeres con vestidos más brillantes que el suyo, fuera. Hombres y mujeres con aires de sabiondo, fuera también.  A medida que rechazaba personas, se iba poniendo menos roja. Cuando se presentaba alguien que le gustaba, sin embargo, volvía a enrojecer.

Acabó agotada en apenas minutos. Nunca antes había tomado tantas decisiones y, aun así, quedaban más de 60 personas. Todas ellas le gustaban, pero ¡debía elegir solo una! Entonces tuvo una idea. Se dio la vuelta de manera repentina y corrió de vuelta a su castillo. Cuando volvió, llevaba un espejo en la mano:

–Así veré con quién me pongo más roja y sabré quién me gusta más –dijo.

Puso en fila a todos y les pidió, uno a uno, que sujetasen el espejo mientras les inspeccionaba. Con algunos su piel permanecía intacta. ¡Fuera! Con otros, se ponía rosa. ¡Fuera! Con otros, se ponía roja como un tomate chirri. ¡Fuera! Y con otros se ponía roja como la sangre. ¡Premio!

Había logrado reducir la cantidad a 14, la mitad hombres y la otra mitad mujeres. Todos eran guapos, jóvenes, y todos la enrojecían por igual. Tanto, que estaba a punto de desmayarse.

–¿Y si nos conocieses más en profundidad? –sugirió uno de los restantes, preocupado por el estado de salud de la princesa.

La princesa les miró de uno en uno y sintió que iba a estallar del enrojecimiento. ¡No había tiempo para profundizar, debía tomar una decisión ya! ¡Y 14 ya no eran tantos! ¿Acaso no podía enamorarse de 14 personas a la vez?

Tomó aire y les comunicó que no quería renunciar al amor de todos ellos, y que había tomado la decisión de casarse con los 14.

–¡Eso no es una decisión! –exclamó uno. Y se dio la vuelta y se fue.

–¡Eso no es amor! –exclamó otro. Y se dio la vuelta y se fue. Y así, uno a uno. Hasta que solo quedaron tres.

–Bueno, un matrimonio de cuatro no es ningún disparate, ¿no? –dijo, hiperventilando. Todos ellos parecieron conformes con la decisión de la princesa, así que contrajeron matrimonio.

Al principio, Capri se sentía muy feliz. Sus nuevos amantes, Rema, Luis y Esteban, eran estupendos. Se complementaban muy bien. Con Rema jugaba al tenis, corría por los jardines del castillo y jugaba al ajedrez. Con Luis iba al teatro, cantaba a la luz de la luna y hacía dibujos del atardecer. Y con Esteban se sentaba en las praderas, hablaban de sus vivencias y se ponían a comer. Durante un tiempo, vivió en equilibrio con los tres, hasta que un día, los partidos de tenis se hicieron repetitivos y monótonos, correr por los jardines perdió su sentido inicial y las cabras se fueron a otros pastos. Sucedió igual con el teatro, cada vez más trágico y menos cómico, con la luna, que se puso menguante y ya no reclamaba ningún canto, y con el atardecer, removido por las tormentas. Lo único que no empeoró fueron las conversaciones con Esteban. De hecho, fueron a más. Había toda clase de momentos. Recuerdos que compartir, bromas que decir, cuentos que inventar, elogios que soltar, etc.

Un día, al despertarse, Capri pensó en sus encuentros del día. Primero iría a jugar al tenis con Rema, luego iría al teatro con Luis y luego quedaría con Esteban para cenar… De repente, empezó a sentir picores en los pies, en las manos y en la cara. Pegó un grito de dolor y fue corriendo al baño. ¡No! Su mayor temor se había hecho realidad: ¡estaba roja de arriba abajo! Debía tomar una decisión, pero ¿cuál? Dolorida y enrojecida, fue a jugar al tenis con Rema. Durante un tiempo se concentró y pudo distraerse. Rema le hizo reír en algunas ocasiones y su piel volvió a estar rosita. Pero cuando a la distancia vio a Esteban pasear, sintió un horrible enrojecimiento recorriéndole toda la espalda, y no pudo esquivar la pelota que Rema acababa de lanzarle. Le dio en toda la nariz, y cayó desmayada al suelo. Rema le llevó a sus aposentos y le puso hielo en el rostro.

–Dile a Luis que hoy no podré ir al teatro –le dijo a Rema, al tiempo que sentía un alivio más reconfortante que el frío del hielo.

Al cabo de un rato, aparecieron en sus aposentos los tres. Le llevaron una merienda deliciosa, llena de magdalenas de chocolate, cruasanes a la francesa y yogures de frambuesa.

–Para que no tengas que elegir –le dijeron con una sonrisa de oreja a oreja mientras la contemplaban.

–Pero no tengo tanta hambre –respondió–. Solo me apetecen las magdalenas –y sin darse cuenta, apoyó la mirada en Esteban, y se puso más roja que el yogur de frambuesa.

–¿Estás bien, princesa? –le preguntaron al unísono.

–Es solo que… Creo que esto del amor no es como el resto de mis posesiones… Creo que… No puedo tenerlo todo –y empezó a llorar, al tiempo que su piel se iba poniendo rosa. Los tres fueron a abrazarla y ella los acogió con cariño. Cuando el abrazo terminó, ya había tomado una decisión. Se miró en el espejo y su piel estaba blanca como la nieve.

A la mañana siguiente, pidió a Rema y a Luis que se fueran. No fue nada fácil. Después de todo, eran sus amigos. Rema fue comprensiva y se fue. Luis sacó su lado más melodramático y le dijo a la princesa que era una caprichosa, una niña consentida que creía que lo merecía todo, y que nunca, jamás de los jamases, sería feliz, porque era imposible de saciar.

La princesa se echó a llorar en el acto, ya que en el fondo de su alma sabía que Luis tenía razón. Se lo contó a Esteban, y este le sonrió y le dijo: “Capri, puedes ser caprichosa e infantil, pero eres mucho más que eso. Tus picores son un reflejo de tu miedo a la soledad desde la muerte de tus padres. Has intentando huir de ese miedo con todas esas posesiones, y has convertido a todo ser vivo o no vivo, en un objeto al que dominar y al que controlar para no sentir el abandono. Pero el amor te ha dado perspectiva y te ayudará a tomar el siguiente paso: Repartiremos todas tus posesiones, y serás libre y feliz de una vez por todas”.

Capri actuó en consecuencia y, desde ese día, se dio cuenta de que el amor y la felicidad son una forma de ser y no de tener.

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