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Jazmina Barrera, autora de ‘La Reina de Espadas’: «La historia de los muertos está abierta a una gran cantidad de interpretaciones»

Coincidiendo con la publicación de su nuevo libro, la autora mexicana aprovechó su estancia en Madrid para dar una charla sobre la polarización política

Jazmina Barrera (Ciudad de México, 1988) estaba sentada detrás, ultimando los preparativos para subir al pequeño estrado y comenzar la charla. Enfrente iba a estar Renato Cisneros, periodista y también escritor peruano, su compañero durante el diálogo llamado Polarización o diálogo. ¿Se encuentran nuestras sociedades más divididas que nunca? en la Fundación Casa de México en España. La sala estaba llena, el ambiente era distendido y la gente aprovechaba para leer, comprar libros en un puesto al lado de la puerta o debatir con otros conferenciantes, como por ejemplo Sara Barquinero, que había hablado un par de horas antes. Sin embargo, a pesar de todas esas personas, a pesar del ruido, del lugar, de la temática de la charla, yo solo podía pensar en Elena Garro, la protagonista de La reina de espadas (Lumen).

'La reina de espadas', de Jazmina Barrera. Fuente: Lumen
‘La reina de espadas’, de Jazmina Barrera. Fuente: Lumen

Pensaba en que era un libro peculiar, a medio camino entre varios géneros. Novela, por supuesto, pero también ensayo, biografía y, por qué no, algo de diario, de cuaderno secreto recién rescatado. No hubiera sabido con qué parte quedarme, de igual forma que tampoco sabría decir si un recuerdo feliz lo es por lo que sucedió o por el momento en el que lo he recordado.

Así que concluí que La reina de espadas era precisamente eso, algo más que un libro: un recuerdo en forma de homenaje a la vida de una genial escritora como lo fue Elena Garro (1916-1959), una intelectual con muchos libros, también de todos los géneros posibles, desgraciadamente más conocida por estar casada con otro intelectual de más renombre: el premio Nobel mexicano, Octavio Paz. Una relación, además, profundamente turbulenta en los 22 años que duró. El amor se transformó en dependencia, luego en enemistad y en odio. Sin embargo, siempre sobrevivio el respeto mutuo que se tenían dos gigantes de las letras. Para bien o para mal, habían unido sus vidas.

Octavio: ¿Qué es el domingo?
Elena: Es el univornio encarcelado.
Octavio: ¿Qué es la madrugada?
Elena: Es una abeja zumbando adentro de los ojos. ¿Qué es la vida en común?
Octavio: Es reír sin saber bien por qué

La fiesta de América Latina

No puedo decirlo más claramente: si te gusta la literatura, el libro de Jazmina Barrera es una lectura obligatoria. Lo es porque, con el transcurrir de las páginas, ese recuerdo posee una felicidad contagiosa, de modo que acaba convirtiéndose en tu felicidad, en tu recuerdo. Y así, a las pocas páginas, tu también estás allí, junto a la talentosísima Elena y su familia, codeándote con algunos de los artistas y pensadores más importantes de México y América Latina, viendo cómo se relacionaban. La admiración y las envidias, las intrigas políticas y las aventuras extramatrimoniales. Todo junto crea un escenario que nada tiene que envidiarle a otros libros similares como el París era una fiesta de Hemingway:

— Elena, mi amor.
— Mira, Bioy, tú me diste una buena lección que yo ya no puedo enamorarme de nadie.
— Tampoco yo, Elena, de nadie porque no hay nadie como tú. Ay, qué cierto es que no hay nadie, ni otra Elena en el mundo. Mira… verte era como si tuviera fiebre, ivir en el mundo de la locura, de la fiebre. Tampoco yo, Helena, tampoco yo puedo enamorarme de nadie.
— Te lo creo, Bioy, pero yo digo que de nadie, ni siquiera de Bioy.

Uno puede sentirse, incluso, abrumado frente a la complejidad psicológica de los personajes. Estos han sido escritos con rigor académico, dejando que sean sus propios actos, su propia personalidad, la que dé color a la narración. Pero por encima de todos y de todas, la reina de la fiesta, de los diamantes, de los corazones, de las espadas -tal vez no de los tréboles- está Elena Garro. Su personaje es equiparado en calidad literaria al de otro gigante de la literatura mexicana como Juan Rulfo, pero con «lo que hoy llamaríamos perspectiva de género«. Al margen de eso, Elena te atrapa desde el primer momento, cuando la conoces en el primer capítulo siendo una niña que prefiere «ser salvaje» en vez de ir a la escuela.

Las dos escritoras

Así que con el esplendor de una vida apasionada y sufrida brilla la historia de este libro. Compruebas, con horror, el lado oscuro -el lado débil- de un Octavio Paz loco de celos, capaz incluso de amenazar de muerte a su prometida por el mero hecho de desobedecerle. Es más, en reiteradas ocasiones generará antipatía en el lector este mito de la cultura mexicana moderna. Pero el que en su país natal es un ídolo intocable, es aquí utilizado en muchas ocasiones como paradigma de la masculinidad más retrógrada.

A su vez, Paz funciona también como resorte para mostrar la cara más valiente, adelantada a su tiempo, de una mujer que vive por y para ella misma. De modo que, años más tarde, cuando su marido despechado escribía un poema loando a su amante y tildando a su esposa de ser «como una Circe», esta última le contestaba en una carta: «Decías que era Circe. La prueba mejor eres tú, cerdo».

Elena Garro y Octavio Paz. Fuente: Twitter @edmoledro
Elena Garro y Octavio Paz. Fuente: Twitter @edmoledro

Al otro lado de la página, como un reflejo a veces difícil de distinguir del original, está Jazmina Barrera. Ella también se escribe a sí misma descubriendo a esta escritora, aceptando el encargo de escribir un libro sobre ella, obsesionándose con lo que sabe y lo que le falta por saber y encontrando conexiones familiares y personales con esa autora en la que lleva años trabajando. Al fin y al cabo, «el pasado es un pañuelo». Toda la información, presentada en forma de breves pero intensos capítulos, está medida, calculada hasta la cita. No obstante, de ese orden aparente se destila el caos, como un grito mudo que pide salirse de los cauces habituales del conocimiento: «Para seguir con mis adivinaciones del pasado, decidí consultar a una astróloga llamada Dominique. Le pedí que me leyera la carta astral de Elena Garro, que también era sagitario».

Lo que intenta Jazmina Barrera no deja de ser un intento de revivir a Elena. No de volverla a la vida, sino de rescatarla de un silencio que no le sienta nada bien a esa escritora de frases «rápidas y de una crueldad sibarita», pero también «una artista de la conversación, de la plática». Revivir, entonces, su esencia, su verdad, porque «un muerto es siempre una verdad» que solo hay que querer escuchar. Y es por esta misma afirmación, que la escritora -viva- utilizó para introducir su libro, por la que le pregunté después de su charla en la Casa de México.

Entrevistando a Jazmina Barrera

Pregunta: ¿Un muerto es siempre una verdad?

Respuesta: Es cierto que empiezo con esa frase… y luego el libro entero se dedica a polemizar con ella. Un muerto es una verdad en el sentido de que lo que pasó pasó y eso no va a cambiar. Al mismo tiempo, la historia de los muertos está abierta a cantidad de interpretaciones y reinterpretaciones. Cambian la historia, los discursos y las miradas alrededor de los muertos. Así que en realidad son miles de verdades y de mentiras y de muchísimas cosas. Creo que es muy fácil generar discursos a partir de estas historias que son los muertos, pero al final la verdad que yo encontré y que he tratado de transmitir fue descubrir esto mismo.

P: ¿Y sobre Elena?¿Encontró alguna verdad?

R: Varias, pero me quedo con una que es la cantidad de personas que puede ser una sola persona. Me impresionaron todas las miradas que había de Elena Garro. Cómo se fue transformando en la historia, cómo se fue relacionando de manera tan diferente con quienes la trataron, cómo sus libros proyectan algo de ella que sus biografías no. La verdad es que me impresionó mucho en ese sentido. También se trata de una mujer muy especial, que atravesó el siglo XX y vivió muchísimas transformaciones históricas y socioculturales.

No dio tiempo para más preguntas. Todos se estaban yendo y no podía robarle más tiempo del que la cortesía permitía. Sin embargo, me hubiera gustado preguntarle por varias cuestiones más. Y quizá la menos importante de mis dudas era también la más necesaria: Elena Garro escribía, indistintamente, su nombre con y sin hache. Las razones podían ser múltiples, según el contexto, la persona, el sentimiento predominante. Tampoco sus allegados mantuvieron una uniformidad en este aspecto. Así que me hubiera gustado preguntarle a Jazmina Barrera cómo la pensaba ella, si Elena o Helena. Una cuestión baladí, pero sintomática. Al fin y al cabo, Elena Garro —o Helena Garro— pasa a formar parte de quien la escribe, de quien la lee durante un rato. Afortunados los que lo hemos hecho: no nos dejará jamás.

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