La primera parte de La Divina Comedia de Dante sienta las bases de la literatura moderna, en una completísima nueva edición que redefine su lectura
Que Blackie Books decida invertir tanto en reeditar el Infierno de La Divina Comedia no deja de ser extraño. En España se publican unos 90.000 libros al año. Una cantidad apabullante, sobre todo si tenemos en cuenta que los españoles, en ese mismo periodo, leemos entre 10 y 12 libros. Sean más o sean menos, la pregunta está clara: ¿cómo escoger lo que leemos? Es ahí donde entran las novedades, los gustos personales, las apuestas de cada sello, los best-seller, los premios, las recomendaciones de los amigos y la prensa.
Una rueda frenética, en fin, que no para de girar y en la que, con esas estanterías renovadas cada semana en las librerías, cuesta prever qué éxito comercial le deparará a un libro cuya historia fue escrita por Dante Alighieri hace más de 700 años. Sus versos apelan a un sentimiento religioso del que mucha gente carece y sus ideas atesoran una complejidad a la que el resto de libros, la mayoría, nos ha desacostumbrado. En otras palabras, ¿qué lo destaca de entre otros 90.000 libros?
Sin embargo, basta echarle una ojeada al Infierno (ojo, no a sus páginas, basta con el libro) para darte cuenta de que el libro de Blackie Books es algo radicalmente distinto a lo que solemos ver. No se trata, tan solo, de una obra de la que Borges dijo que era «la cumbre más alta de todas las literaturas». Eso podría bastarles a unos cuantos para leer el libro del tirón (Borges no diría eso a la ligera), pero se trata de algo más.

Tenemos con nosotros un Infierno «liberado». Un libro que invita ser leído para luego querer releerlo, saltar de una página a otra, a veces sin orden alguno, entendiéndolo poco a poco e incluso ampliándolo. Aprovechar todos los recursos que ofrecen en el libro: introducciones, apartes, códigos QR con recursos audiovisuales, imágenes y muchas cosas más.
No se trata (solo) de leer a Dante, ni se trata (que también) de leer La Divina Comedia. Se trata de leer como Blackie Books quiere que leamos, también como lectores liberados, saltando de un punto a otro, guardando el libro sabiendo que en algún otro momento de nuestras vidas volverá a estar ahí para nosotros. Para abrirnos las puertas y hundirnos junto al poeta italiano en uno de los rincones más oscuros de nuestra propia humanidad.
El infierno entonces y el infierno hoy
Por ejemplo, ¿Quién dice que los libros deben comenzar por el principio? Este empieza en la página 557, o al menos, esa es mi recomendación. La Música del Infierno es una lista de canciones relacionadas con el inframundo, desde los Rolling a Avril Lavigne, pasando por Nina Simone, Nick Cave o Dua Lipa, que se convierte en la mejor forma de meterse en la piel de todo aquel que se adentra en el inframundo. Aunque quizá para eso haría falta comprender que para eso, no nos es necesario retroceder siete siglos. David Bowie lo expresó mejor que nadie: «La religión es para los que temen ir al infierno, la espiritualidad para los que ya han estado ahí».
Tenemos que ampliar nuestra concepción del infierno. Entender que no es solo (y eso ya es mucho) uno de los pilares de las creencias religiosas que han formado la cultura occidental o mundial (¿qué religión no necesita un buen destino final?). El infierno es la representación límite de nuestra moral. Allí reside el mal, lo impuro, lo que no merece mezclarse con el bien.
El infierno puede ser, a su vez, para el ser amado que nos rechaza, por ejemplo, pero también puede ser para nosotros, que no merecemos ser queridos. El infierno puede ser para quienes sufren la condena de un Dios que no conocen («Holy water cannot help you now», canta Florence + The Machine), pero también el refugio de quienes renuncian a creer en lo que cualquier divinidad pueda ofrecerles («I’m an anti-christ, I’m an anarchist, Don’t know what I want, but I know how to get it», rezan los Sex Pistols).

Con esta lista de canciones, elaborada por el periodista Jordi Garrigós, estaremos listos para acompañar a Dante en su viaje a través del infierno y sus nueve círculos, de la mano del poeta Virgilio, su guía, para que así el joven italiano pueda reunirse con su amada Beatriz. De este modo, la trama del Infierno de Dante no puede ser más simple: entrar y salir de un lugar en busca de un amor. Eso es lo que le permite a su creador coger un esquema sencillo y multiplicar, como en un juego de espejo, sus niveles de lectura. De modo que todo pueda significar mucho más de lo que podría pensarse a simple vista.
Desde el inicio hasta el final, los símbolos colman los paisajes que rodean al viajero. No existe una única forma de entender el texto, porque su significado ha trascendido a todos sus personajes. El Infierno de Blackie Books está en todas esas páginas, pero también en todas las canciones que escuchamos. Está en nosotros mismos y, quizá el círculo más profundo de todos, está también en aquellos lugares que ni siquiera nos imaginamos.
“Es por mi que se va a la ciudad del llanto, es por mi que se va al dolor eterno y al lugar donde sufre la raza condenada, yo fui creada por el divino, la suprema sabiduría y el primer amor, y no hubo nada que existiera antes que yo, abandona la esperanza si entras aquí”. Inscripción de las puertas del Infierno
Lo que más tememos es la eternidad
«Man, woman were created (Hell!) to live for eternity (Hell!)», canta Nina Simone. La música nos conduce hasta las puertas del infierno, nos hace atravesarlas y, nada más cruzar el lago en la barca de Caronte, nos encontramos en el primer círculo, y allí el limbo. Es un paraje verde, a medio camino entre el bosque y el prado, en el que residen las almas que no han sido bautizadas. Todas ellas son merecedoras de ir al paraíso, pero al no librarse del pecado original («with an apple they ate from the tree of hate», sigue cantando Simone), se ven obligadas a resignarse en el primer escalón del inframundo.
¿Tan terrible es el limbo? Allí departen los filósofos antiguos con los héroes bíblicos y algunos de los primeros y mejores poetas. Es el lugar al que también pertenece Virgilio, el guía de Dante, junto a Adán, Noé, Homero, Horacio y unos cuantos más. También los recién nacidos que no han llegado a tiempo al agua bautismal. Sin embargo, la razón por la que Dante nos dice que hemos de temer el limbo es la misma por la que, al fin y al cabo, el infierno no dejará ser nunca un lugar terrorífico.
La felicidad suprema que ansían todas las almas es reunirse con Dios. Virgilio le cuenta al italiano que, por lo tanto, el tormento del limbo es vivir eternamente, «sin esperanza y con deseo». Insiste el poeta: eternamente. La cuestión del ‘para siempre’ se convierte en la clave de todo, y ha sido objeto de discusión durante muchos siglos. ¿Cuánto tiempo se está en el infierno? ¿Hay algún momento en el que los pecados ‘caducan’? ¿Nunca se deja de sufrir?
Blackie Books te expone cómo este debate se ha traspasado de una religión a otra, también de una época a la siguiente. En el prólogo, titulado Lo que sabemos del Infierno, reúne algunos artículos enciclopédicos debatiendo esta cuestión y otras de índole igualmente práctica. ¿Cuánto mide el infierno? ¿Cuánta gente reside allí? Si la eternidad es, literalmente, eterna, entonces debe ser un lugar muy grande. ¿Dónde situarlo? Preguntas como estas han sido discutidas no solo por teólogos, sino por los filósofos y por los científicos más importantes de nuestra historia.

Sus dimensiones físicas y temporales han de servir para mantener la credibilidad de unas masas cada vez más acostumbradas a las certezas de la ciencia. La credibilidad que, en los mismos años en los que Dante componía sus versos, otros se encargaron de soterrar. El poeta reserva uno de los lugares más terroríficos del infierno para los papas simoníacos, enterrados boca abajo en el octavo círculo, y con las plantas de los pies en llamas, eternamente. «Where your natural soul burns (Hell!), where you pay for your sins (Hell!)».
“Descendamos ahora al Infierno por contemplación, porque no descendamos después, por eterna dominación. Descendamos a él por temor, porque no nos lleven a él por rigor. Descendamos de día, porque no nos lleven a la noche”.
Cómo hablar de mí al hablar de los demás
Pero incluso estas condenas infinitamente dolorosas, amenazas para el pueblo que duda si portarse bien, pueden ser deseadas por quienes las imagina. Así es Dante, que al ver a los amantes Francesca y Paolo, envueltos en el remolino de la lujuria por haber sucumbido a su amor, no puede evitar querer un desenlace similar para sí mismo. «Están juntos para la eternidad, comparten el Infierno y eso para Dante tiene que haber sido una suerte de paraíso», reflexiona Borges, en una de las muchas anotaciones que el texto tiene en sus márgenes.
Momentos como estos reflejan la modernidad del Infierno, una obra que, además de fundir los imaginarios clásico y católico en ese universo de nueve círculos, es también un texto que explora la intimidad del sujeto creador. Dante vivió enamorado de Beatriz, una mujer con la que apenas habló en algún momento de su vida. Ambos estaban casados con otras personas, y nunca se atrevieron a entregarse a lo que pudieran sentir el uno por el otro. Beatriz, en cambio, es el ángel que convence a Virgilio para que guíe sano y salvo a Dante a través del infierno, en la primera obra relevante en la que, por cierto, se utiliza el narrador en primera persona.
Por eso Dante se encuentra también a conocidos florentinos en su paseo por las tierras infernales. Gente que le pregunta por sus familiares, gente que ni sabe por qué murieron, ni si su causa fue justa ni si triunfó o quedó resignada al repudio o al olvido. Dudas que reflejaban el propio estado emocional del poeta, el cual escribió este larguísimo poema durante 20 años en la que vivió su particular tormento, el del exilio.
Así, lejos de su hogar, aquel hombre que ya ha alcanzado la mitad de su vida, pregunta a los difuntos por su destino, en vista de que muchos poseen la capacidad de ver el futuro. Sin embargo, estos le responden: “Vemos, como los que sufren presbicia, los acontecimientos lejanos: solo así sigue brillando en nosotros la luz divina. Pero cuando los acontecimientos se acercan, o están sucediendo ya, nuestra capacidad de leerlos se malogra por completo”. En mitad de la eternidad, el tiempo que dura nuestra propia vida y lo que será de ella se convierte en un problema central. Y el amor de Beatriz es, además, la única esperanza de resolver el enigma.
“Guarda bien en la memoria cuanto de amenazador has oído acerca de tu futuro… y presta atención a las siguientes palabras: cuando te halles ante la dulce luz de Beatriz, cuyos hermosos ojos mirando a Dios lo comprenden todo, sabrás por ella el curso próximo de tu vida”.
Contemplar las estrellas
Después de estos apuntes, volvamos al principio. ¿Qué sentido tiene “liberar” La Divina Comedia al océano de los 90.000 libros? ¿Quién querrá leerla? Las respuestas que se me ocurren son muchas, pero es abrasante la sensación, tras haber recorrido todas sus páginas, de que Blackie Books no ha publicado este libro para que lo leamos. Yendo más allá, nos propone convertir una lectura en una experiencia perdurable, una edición que no busca solo acercar el clásico sino convencer para que este se quede con nosotros.

Al fin y al cabo, quizá prefiero acceder a través de uno de sus códigos QR a su lectura en italiano, maravillarme ante sus rimas y su sonoridad. A lo mejor prefiero ver la película que ofrecen al final, en la que vemos cómo en 1911, el primer largometraje en italiano seguía la travesía de Dante. O, por qué no, miro sólo las imágenes de cuadros, las fotografías del horror, las ilustraciones de los muchos monstruos que aguardan bajo nuestros pies.
Pero, si además de todo eso, nos atrevemos a leer esta primera parte de La Divina Comedia, nos encontraremos con un texto perfectamente traducido en prosa. Con las mencionadas anotaciones al margen, se narrará la historia de un fantástico viaje hasta, literalmente, el centro de la Tierra. Y, tras “retornar al mundo luminoso”, desde el hemisferio Sur del libro, tendremos aún algunos ensayos sobre proyectos carcelarios inspirados en el modelo dantesco, así como brillantes reflexiones sobre el concepto del espacio de Michel Foucault.
Quizá, eso sí, hecho en falta un esquema en el que se indiquen los tipos de pecados de cada uno de los círculos. Ese basto catálogo de fraudulentos, viciosos, mentirosos, asesinos y traidores no se conserva intacto en la memoria. Hubiera sido estupendo poder saborearlos de nuevo en una imagen que indicara, de forma sencilla, dónde quedaba cada uno, más allá de la recopilación de condenados (con nombre y apellido) que Blackie Books sí incluye.
Finalmente, ¿qué ocurre cuando nosotros, junto a Dante y Virgilio, salimos del Infierno? Estar al otro lado tras haber conocido el mal (y haber sobrevivido a un Lucifer de 1.500 metros de altura, según los cálculos que hizo el mismísimo Galileo Galilei) no significa apenas nada. Solo la posibilidad de seguir “ascendiendo”, seguir viviendo, seguir leyendo. Y, como concluiría el propio poeta: “Hasta que volví a ver todas las maravillas de los cielos a través de una redonda abertura; y, pasando por allí, salimos a contemplar de nuevo las estrellas”.


