Conversamos con el director Alex Sardá y la actriz Mona Martínez sobre el cortometraje ganador de ‘La Noche del Corto Español’
En su edición número 69, la Semana Internacional de Cine de Valladolid (SEMINCI), los asistentes han podido disfrutar de una Sección Oficial de Cortometrajes con grandes proyectos. Diez, en total, de los que solo uno se ha llevado finalmente el premio La Noche del Corto Español: El Princep, de Alex Sardà.
Esta película, protagonizada por Enric Auquer y Mona Martínez, aborda la historia de Artur, joven bailarín que prepara el inminente estreno de su nueva función cuando se entera de que su padre ha sido arrestado. El motivo: su empresa inmobiliaria pagaba dinero para agilizar desahucios y así poder construir pisos de lujo.

Una huida que es imposible
Una situación familiar crítica, que sin embargo termina de empeorar cuando tanto la madre de Artur como su hermano, así como el asesor -o consigliere– de su padre le piden que cargue con la responsabilidad. A cambio, no tendrá que preocuparse por el dinero nunca más.
«Artur es un chico que le está dando la espalda toda su vida a todos los aspectos que no le gustan de su familia», resume el director y guionista del corto, Álex Sardá. «Para mí el tema era hablar de cómo si huyes de las cosas al final es inevitable acabar enfrentándote a ellas».
Al cineasta catalán ya se le conocía en la SEMINCI por un documental de hace dos años, Hafreiat, premiado en Valladolid como la Mejor película de no ficción española de esa edición. Sardà reedita así su éxito en su vuelta a Pucela. Eso sí, esta vez con una actriz que, si bien había actuado allí antes, es la primera vez que pisa el famoso festival.
Trabajar con Auquer en ‘El Príncep’ fue un honor y un reto
«Lo primero que hizo que me decidiera a participar fue leer el guion. Dije: ‘yo quiero estar aquí'», confiesa Mona Martínez. Su carrera la ha llevado del escenario a las cámaras y viceversa, participando en películas tan aclamadas como El Reino o Adiós, en series tan icónicas como Vis a Vis o Paquita Salas, pero también en obras de teatro de todo tipo, desde Calderón de la Barca a José Sánchez Sinisterra.
«Lo segundo fue conocer a Álex», continúa ella. La conexión entre ambos fue inmediata. «Mona había sido la primera opción que tenía en mente para el papel de la madre de Artur», coincide él. Pero en la ecuación falta otro ingrediente fundamental. «Es como trabajar, con perdón, con Beethoven o con Mozart»: así define la actriz a su compañero de reparto, Enric Auquer (El maestro que prometió el mar, Casa en llamas). «Tiene un talento sobrenatural que, al estar delante de ti, no puedes hacer nada más que dejarte llevar».

Un talento, cuenta la actriz, con el que supuso «una fortuna» trabajar codo con codo, pero también un reto. La conexión de Auquer con el personaje de Artur es estrecha. No en vano, el propio director del corto, que ya ha trabajado en más ocasiones con él, nos cuenta cómo el intérprete «entra muy pronto en los proyectos» para acabar «hablando y discutiendo mucho sobre los personajes y sobre todo».
De este modo, el pilar más sólido que tiene El Príncep es el alto nivel de sus interpretaciones. Junto a otros integrantes del reparto como Javier Beltrán, David Vert o Nora Sala-Patau, la cámara se rinde a la fuerza de Auquer y Martínez. Encierra a sus personajes en planos tan asfixiantes como la situación en la que se encuentran, ya sea en la ostentosa vivienda familiar o en el silencio de un teatro vacío.
El tinte social que pudiera tener el corto se queda en un segundo plano, eclipsado por la ambigua soledad que envuelve a Artur y su familia. Todos piensan mucho más de lo que dicen, dejando escenas tan meritorias como la última. En el interior del coche, madre e hijo permanecen en silencio a la espera de que el último tome una decisión. «No cuenta cómo suceden las cosas, sino que se centra en ese momento íntimo entre los dos, junto con lo que quiera sentir o sienta cada espectador. Eso me parece un logro», reflexiona la actriz.
Un dilema familiar y personal
El Príncep es también una película que aborda la imposibilidad de la huida. No solo por el mero hecho de que, como explica Sardà, «Artur estaba en una posición muy cómoda estando en desacuerdo con su familia, pero no teniendo que realmente tomar cartas en el asunto».
La postura del protagonista recuerda, así, a dilemas familiares como el que afronta Michael Corleone en El Padrino. Más allá de eso, es también heredera de las dudas que plantea el resultado de una lucha entre el sujeto individual y el destino impuesto (en este caso, por la sangre) que tan bien se escribió hace quinientos años.
«Si es más noble para el alma soportar las flechas y pedradas de la áspera Fortuna… o armarse contra un mar de adversidades y darles fin en el encuentro». hamlet, de william shakespeare
Y claro, cuando de pronto el príncipe se encuentra con el reino que está por heredar, «colapsa, se aísla y en verdad lo pone en juego todo porque no se atreve a volver a su círculo»: no tiene el coraje suficiente como para pedir ayuda a quienes escogió como su familia no consanguínea, pese a que estos le ofrecen continuamente la posibilidad de abrirse. Sin embargo, Artur «empieza a representar ese papel en el que salen todos estos aprendizajes traídos de su familia». El miedo de enfrentarte a quien eres vence de nuevo.
Las reacciones viscerales de Artur se manifiestan a través de respuestas heredadas del patriarcado -de lo heredado de ese pater encarcelado, perverso, al que nunca vemos-. Tales respuestas configuran una narración más extraña para el espectador y lo que hasta ahora se le había contado. El contraste entre la indecisión del personaje, la tensión implícita en las situaciones con su familia, y esos actos primarios, de animal acorralado por parte de Artur, no terminan de ensamblarse de forma orgánica.
‘El Príncep’ no estará en los Goya de 2025
Esto no resta mérito a una historia en la que la puesta en escena es también una forma de potenciar la narración. Mención especial a las escenas de baile, donde el movimiento de los cuerpos, la iluminación e incluso la música cuadran a la perfección con el estado psíquico del protagonista y, por ende, del espectador.

El Príncep toca así varios temas y los integra en su propia estructura. No evita, por ello, dejar lugar a las interpretaciones, a privilegiar un enfoque u otro. A responder con silencio las preguntas que podamos hacernos. De nuevo, la identificación con Artur es inevitable, el cual acusa la falta de una respuesta o determinación ajena a su propio posicionamiento. Su padecimiento es el reverso de
El corto es, de este modo, uno de los claros candidatos a llevarse los principales premios de cortometraje en España. No faltará tampoco el premio Goya, al que ya se puede dar por nominado. Por desgracia, por cuestión de fechas no se ha podido presentar a esta edición, de modo que no será hasta 2026 cuando sabremos si Álex Sardà, Mona Martínez, Enric Auquer y el resto del equipo podrán celebrar un reconocimiento más a este más que notable trabajo.


