Entrevistamos al guionista de Segundo Premio por la publicación de su segundo libro, uno de los fenómenos editoriales del año
Para quien no lo sepa, hay en Granada un túnel mágico que conecta directamente con Nueva York. Un túnel a medio camino entre lo imaginario y lo real que, en realidad, puede llevar a cualquier lugar. Algunos han oído hablar de él; otros, en cambio, lo sueñan… Y unos pocos, los afortunados, lo cruzan. Lo leemos, por ejemplo, en los versos de Lorca. Lo escuchamos, también, en la música de Los Planetas. Y ahora, de nuevo, lo encontramos en las páginas de Crisálida (Impedimenta), el nuevo libro de Fernando Navarro.
El guionista y escritor granadino regresa tres años después de Malaventura, un libro de relatos donde el gusto por lo extraño, lo sureño o lo fantástico marcó los inicios de un estilo con el que empieza a definirse. Regresa, además, tras coronarse como el guionista de una de las películas del año, Segundo Premio, y presentando otra, Tierra de nadie, dirigida por Albert Pintó.
Por si fuera poco, parece que Crisálida va camino de convertirse en uno de los éxitos literarios del año. Este libro vendió 10.000 ejemplares en sus diez primeros días en las librerías y ya va por su tercera edición. Son cifras grandes, enormes, si se tiene en cuenta la ambición narrativa del libro, cuya historia, que empieza con una niña que despierta en un sanatorio de Granada sin recordar cómo ha llegado hasta allí, no tarda en conducirnos a un mundo donde lo imaginario y lo real se funden.
Poco a poco, la historia nos acaba introduciendo en escenarios en los que se reconoce la influencia de autores como Shirley Jackson, además de otros ecos más cercanos, como los de Pilar Pedraza o Cristina Fernández Cubas. Aunque, en realidad, las puertas a las que asomarse en el interior de Crisálida son infinitas. Abras la que abras, allí está la niebla: ese espeso manto formado por el miedo, los recuerdos, los traumas o, también, la ternura. El sueño de una vida que, aunque no nos demos cuenta, nos escribe a todos.

Pregunta: ¿Cómo es pasar del guion a los relatos o a la novela, en este caso?
Respuesta: Pues es muy natural. Yo creo que las novelas que escribo son películas que no podría vender, que no podría rodar porque son demasiado abstractas o porque el argumento narrativo o la trama no son lo importante. Aún así, en mis guiones soy bastante literario. Escribo guiones que no se parecen a lo que generalmente se escribe. En un principio te dicen que un guion no tenga nada que no se pueda filmar, que no tenga cierto punto de vista, pero yo no lo hago así: escribo guiones con muchas acotaciones poéticas, con muchas descripciones de atmósferas.
P: Entonces, ¿se mantiene un sello autoral tanto en cine como en literatura?
R: Intento que no, pero no se puede evitar. Obviamente, estoy abierto como guionista a no tener sello porque se supone que tienes que poder hacer cualquier trabajo. Pero es verdad que, sobre todo con el paso del tiempo, uno a lo mejor desarrolla más las manías. Creo que el sello autoral tiene más que ver con las cosas que no eres capaz de hacer que con las que haces. Tiene más que ver con fobias que con filias, en el sentido de que conoces lo que no quieres hacer o los temas que no te interesa mucho tratar. Y a lo mejor hay temas que sí. A mí me interesan mucho los paisajes literarios. Que los lugares tengan importancia en las narraciones, ya sea en cine o novelas. La infancia interrumpida, el uso de los géneros literarios, la música, que siempre está por ahí… No debería tener sello autoral, pero creo que cuando vienes de Granada y de una tradición como de la que yo me siento, al final no puedes evitarlo.
P: ¿La literatura te ha servido para volver a ese sur?
R: Sí, sí. Yo creo que solo puedes escribir desde tu lugar en un sitio que no sea ese lugar, porque de repente lo reimaginas, lo conviertes en un espacio literario, irreal, que se idealiza y se transforma. Además, creo que Madrid es lo que más me ha hecho escribir sobre el sur, porque ya Segundo Premio era un intento de escribir desde una Granada inventada. Por otra parte, a mí me gusta mucho el gótico sureño americano al que intento guiñar muchas veces. Me gusta, también, el flamenco. Entonces, creo que sí, que también era inevitable. Para mí Granada es un espacio casi marginado en una ciudad imposible.
P: Por otro lado, los espacios interiores de Crisálida recuerdan en ocasiones a autores como Kafka o como Cartarescu. Son espacios que, aunque resulten conocidos, pueden desorientar a quienes se adentran en ellos.
R: A mí me encanta Cartarescu. Para mí es una referencia que está llevando la literatura muy lejos, como la llevaron antes Pynchon, Bolaño o Borges y, obviamente, el autor más importante del sello en el que edito. Para mí, los espacios son espacios mentales. No poder orientarte en ellos tiene que ver con la propia manera en la que los narras, como en los sueños o en las pesadillas, y tiene que ver también con la desorientación vital. A mí hay una cosa que hice en Segundo Premio y he repetido en Crisálida porque me gusta mucho: que un personaje está en un lugar y en el siguiente plano o en la siguiente palabra del libro está en otro lugar. No sabe cómo ha llegado ahí, pero no le extraña. En Crisálida, la niña se levanta en el sanatorio y cuando posa el pie está pisando ramas secas.
P: ¿Un espacio imaginario puede transformar nuestra relación con el lugar? En la novela, el entorno que rodea a Nada transmite una continua sensación de amenaza.
R: Sí, eso también lo provoca el espacio. Es como pasa, literalmente, en los sueños. Ahí, como decía Jung, hay una familiaridad que de repente se va volviendo poco familiar. A mí me encantaba esa cosa que decía él cuando analizaba las pesadillas infantiles: el mayor miedo que hay es que tú estás delante de tu abuela, pero sabes que no es tu abuela… pero estás viendo a tu abuela. Eso, trasladado a lugares, a espacios, a tiempos, acaba llevándote a una idea muy lynchiana. Fíjate en la frase final de Twin Peaks de la última temporada: «¿En qué año estamos?». Mark Fisher, un escritor británico, también hablaba de un capítulo de Sapphire and Steel, una serie británica de los años 70, que también está en el tiempo equivocado. Esa idea de no estar perteneciendo a los lugares y al tiempo me parece súper bonita y muy literaria. Yo creo que la literatura básicamente habla de la confusión, de la confusión del lector y del personaje.
P: En ese sentido, la infancia también se convierte en un espacio distinto al de la edad adulta.
R: Sí, es un espacio además irreal, porque la infancia solo se recuerda porque se vive con mucha intensidad y luego se va reconstruyendo. En Crisálida tenemos como ejemplo la idea de la secuoya. No existe ese bosque de secuoyas en Granada, allí no hay secuoyas. Y a la niña se lo van diciendo los personajes. Hace poco, por cierto, ocurrió un accidente muy bonito, que es de estas cosas que Jodorowsky llamaba «la danza de la realidad»: hay un sanatorio abandonado en Granada que yo no usé como inspiración pero que es real y está abandonado, más o menos en el lugar donde yo imaginaba que estaba el sanatorio del libro. Yo lo había olvidado. Quizás, en ese sanatorio abandonado hay una secuoya. Yo imagino que, si la niña se hubiera despertado en ese sanatorio y hubiera visto esa secuoya desde la ventana, eso le habría hecho creer que los árboles de su infancia eran secuoyas. Es un ejemplo de cómo una cosa real que yo no he inventado te lleva a cosas irreales.
P: ¿Y qué da más miedo, los sueños o los recuerdos?
R: Creo que los recuerdos porque los sueños se olvidan. Yo tiendo a olvidar mis sueños, aunque va por épocas… Pero los recuerdos dan mucho miedo, sobre todo si son buenos. Creo que esa es la putada. No soy una persona especialmente nostálgica. Me parece una palabra un poco horrible, como de poeta modernista y pasado de moda, pero sí que hay algo en la melancolía de la infancia que me afecta un poco: la idea de no poder reconstruir una cosa que te gustaría prolongar. Es como si se rompe un juguete. La sensación de la memoria, además, es muy frágil. A lo mejor, los recuerdos malos pasan por ser buenos y los buenos pasan por ser malos. De hecho, tengo la teoría personal de que si a los cinco niños de la familia se les pudiera preguntar cómo fue su infancia, los cinco dirían que fue buena. Estoy casi seguro. Y los hechos que se narran son salvajes y traumáticos, pero estoy convencido de que dirían que fue una infancia de juego, de diversión y algo loca. Es una cosa bastante perversa, pero el Capitán -su padre- está idealizado hasta cierto punto. Es un maltratador, pero de alguna manera sus hijos lo idealizan y Nada lo recuerda como un héroe raro, un héroe malvado.
P: Has dicho que es una teoría. Al escucharte, me he preguntado si eres de ese tipo de escritores que no conocen del todo a sus personajes.
R: Hay una parte de ellos que hago por no conocer. Pero fíjate, esto yo creo que también viene por el guion. Cuando estás contándole la historia a un productor o a un director, o la compartes en una mesa italiana con los actores, casi siempre quieren saberlo todo del personaje porque a veces les ayuda, porque les da una sensación de control y porque, en general, el misterio no gusta mucho porque desorienta. Todo el mundo quiere tener las claves y yo muchas veces les digo que no lo sé o incluso que no se lo voy a contar. Casi siempre no lo sé. Hay cosas que se me escapan y creo que eso me ayuda a estar tan desorientado como mis personajes. Para poder acercarme a ellos tengo que parecerme a ellos. Además, hay muchas cosas sobre mí que ignoro o que quiero ignorar. A mí la identidad es un tema que me interesa mucho, pero no como está tratado ahora, que todo el mundo quiere reivindicar su yo. A mí me interesa la identidad como algo de lo que huyes.
P: ¿Y eso no supone añadir una dificultad a la escritura? Quiero decir, Crisálida se construye a partir de la voz narrativa de Nada.
R: Creo que no, si te identificas con ella. Quiero decir, nadie puede negarme a mí aunque haya cosas de mí que no conozca. He escrito la voz de Nada con aproximación a ella de casi al 100%, salvo pequeños detalles. Hay cosas suyas que son cosas que vivo yo o que he vivido yo. No digo de vivir los mismos abusos, pero sí la misma sensación de estar totalmente perdido, de recordar la infancia de una manera que no es. O sea, yo creo que sí hay una identificación con el personaje. De hecho, la novela solo existe porque existe la voz de Nada. Si no, no podría existir. Ella ha hablado por mí y ha tomado decisiones que yo no estaba tomando, que esto es un tópico de los escritores, pero en este caso es real porque porque me identificaba con ella y ella llegaba más lejos de lo que yo llegaba, porque no tenía tanto control en este libro. Lo escribí muy rápido, luego lo reescribí muy lento, tenía un plazo de entrega, me fui a Cantabria, me encerré, no tenía estructura, la iba construyendo… Si no me dejaba en manos del personaje y me dejaba llevar por la intuición, no hubiera logrado terminar el libro.
P: ¿Te identificabas con el Capitán también?
R: Con todos los personajes del libro. Hay partes del capitán, sobre todo el abandono de la sociedad, con el que yo fantaseo siempre. La idea de dejarlo todo y que nadie sepa dónde estás. Y no tanto de ir a la naturaleza, a la naturaleza sino irte a otro lugar y cambiarte el nombre. Hay un capítulo que desvela su herida. Es una herida que tengo yo, un miedo que tengo yo. Comparto sus terrores de no ser capaz de cuidar a los que tienes que cuidar, los de no asumir las responsabilidades. Obviamente no comparto la crueldad porque yo no soy cruel, pero hay partes del personaje con las que sí me identifico: la torpeza, la sensación de estar perdido, la propia ambición fallida en muchos casos. Yo soy un músico frustrado y el Capitán es un músico frustrado. Hay muchas de esas cosas que sí tenemos en común.
P: Antes has mencionado Twin Peaks. A mí el Capitán me recordaba un poco al padre de Laura Palmer.
R: Pues fíjate, no tenía como referente a ese personaje en concreto, pero es verdad que hay algo ahí de un demonio que lo posee y de pesadillesco, incluso. El otro día me preguntaban qué era lo que más me había influido y me di cuenta de que era Twin Peaks. Y yo, que soy una persona que se crió con Steven Spielberg, obviamente, creo que maduré gracias a Twin Peaks, porque era el mismo lenguaje americano, narrativo, puro, comercial, con actores a los que se les entiende, digamos, nada vanguardista, pero al mismo tiempo era muy radical y muy aterrador. Creo que todo ese universo se ha quedado en mi cabeza. Sentí mucho la muerte de Lynch.
P: Creo que hay un paralelismo más entre Twin Peaks y Crisálida, que es que, en el plano de la realidad, hay algo no-real que se va infiltrando poco a poco. No sabría definir en qué consiste esa irrealidad, pero me resulta terrorífica.
R: Sí, y de hecho, al margen de un gusto estético por ciertas obras, también tiene que ver con la manera en la que yo veo el mundo. Yo veo el mundo así. No fuerzo la mirada, digamos, fantástica, sobre el mundo real. La tengo. Creo que el mundo real está superpuesto, o sea, está lleno de capas superpuestas, capas en las que hay cosas que no vemos, cosas que se van infiltrando, en los sueños, las pesadillas, los recuerdos. Todo forma parte de esa capa que se va superponiendo. Yo soy una persona miedosa, tengo miedo a muchas cosas y muchas tienen que ver con eso, con las infiltraciones. Lo que pasa es que no lo comparto mucho para que no piensen que estoy loco. O sea, soy una persona ilustrada, o lo intento, racionalista. Creo en la educación, la sanidad, los médicos, pero hay una manera de ver el mundo desde la irrealidad que yo no comparto tanto.
P: ¿Y si crees que esa locura es algo que da la naturaleza? ¿Que es, digamos, una locura humana? ¿O es algo social?
R: En mi caso, yo creo o esa manera de ver el mundo está condicionada por la ciudad en la que nací, Granada. Yo creo que todo el mundo ve un poco el mundo así porque no hay nadie allí, o por lo menos la gente a la que me rodeo, que no tenga teorías disparatadas sobre la realidad. O sea, Antonio Arias, de Lagartija Nick defiende que hay menos gravedad en Granada, que la gravedad es menor en parte, en parte por los metales de Sierra Nevada, hasta el punto de que un día lo comprobó con un medidor que tenía un geólogo amigo nuestro en una app y dijo «¡mira!», y comprobó que había una centésima o una milésima parte menos de gravedad en Granada que la que tenía que haber. Tal vez sean los metales de los ríos que recorren la ciudad, la influencia de los moriscos, los poetas que están todos locos, los niños, como decía Jim Morrison. Yo creo que tiene que ver, en mi caso, con haber nacido en una ciudad un poco manicomio. Siendo de Granada es imposible no creer en los lugares o en la magia. Los libros plúmbeos, el Sacromonte… son sitios todo el rato cargados de eso y yo vengo de esa energía. Una desgracia que tiene ser andaluz, o ser granadino, es que estás loco. Pero bueno, somos inofensivos.
P: En toda esa locura, ¿dónde encaja un personaje tan cuerdo como Brígida?
R: Brígida es el lector. A mí me gusta mucho esa figura que de alguna manera tiene ya para siempre al doctor Watson como referente. Es a quien le cuentan la historia. A quien le cantan la nana. Brígida es, también, la persona a la que Nada le está pidiendo ayuda sin pedírsela. E importante: la novela no está escrita, está pensada. Es meterse dentro de la cabeza de alguien que le está diciendo Brígida: «Ellos no me entienden, Brígida». Así que ella tiene el rol del lector al que le van contando esta historia o al que le van pensando esta historia y que va diciendo «pero esto no puede ser», como hace Brígida, «es imposible que un niño esté tan solo», «es imposible que este bosque…», «pero cómo que tu padre no…». Me gusta pensar que en los libros hay un lector. No ignorarlo y, si ese lector puede ser un personaje, mejor.
P: Hablando del lector, te hago una última pregunta: si estuvieras seguro de que se lo leería, ¿a quién le regalarías Crisálida?
R: Mi sueño sería que lo leyera un lector anónimo y, dentro de 20 años, le cuente a su hijo o a sus nietos el cuento de la montaña del Tigre como un cuento real. Que se acabara convirtiendo en una narración oral y que la gente creyera que en Sierra Nevada hay una montaña como esa. Ese sería mi sueño húmedo e hiper ambicioso. O sea, mi lector ideal sería cualquiera que se lo tomara tan en serio como para creérselo. Mira, el otro día Alba Flores me preguntó si la montaña del Tigre existe. Le dije: «No es real, y te lo tengo que decir porque somos amigos, pero creo que es la última vez que voy a decir que no es real». Mi lector ideal sería alguien que se creyera las historias que se cuentan. Que los cuentos orales y esos demonios y esos bosques fueran algo en lo que se cree, al igual que una montaña con un gigante. Pero bueno, ese tipo de cosas son muy arrogantes y muy ambiciosas y me disculpo por ello y hasta solo por pensarlo. Ya me da vergüenza.

