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Inmortal James Joyce: las cartas del genio detrás del ‘Ulises’

Diego Garrido traduce y edita esta segunda parte de la colección epistolar del famoso escritor, lo que completa una de las mayores joyas de la editorial Páginas de Espuma

Es un día cualquiera, un 16 de junio de hace 221 años, un tal Leopold Bloom decidía salir a la calle para dar una vuelta por su Dublín natal. El resto, es historia, o mejor dicho, novela. Porque, 221 años después, cada 16 de junio unos cuantos lectores, fanáticos de James Joyce y de su famosísima novela, Ulises, salen a la calle a compartir su amor por el libro y hasta a leer o recrear algunas de sus escenas frente al público.

La fecha del llamado Bloomsday (día en el que se conmemora la vida de James Joyce) no es casual: fue ese 16 de junio de 1904 cuando el famoso autor irlandés, uno de los más importantes del siglo XX y de la literatura universal, tuvo su primera cita con Nora Barnacle, la que sería su única esposa y el gran amor de su vida. “Debo de estar ciego. Miré durante largo rato una cabeza de pelo castaño rojizo y decidí que no era la suya. Regresé a casa bastante abatido. Me gustaría concertar una cita, pero puede que no le convenga. Espero que tenga la amabilidad de verme una vez -¡si es que no me ha olvidado!”, le escribiría a ella en una carta el día antes.

La obra de Joyce está llena de detalles autobiográficos sin los que resulta posible comprender la complejidad y la grandiosidad de su escritura. Detalles de los que el mayor rastro que nos queda proviene de su puño y letra, con la maravillosa colección de cartas que el escritor redactó durante toda su vida. Un legado epistolar cuya versión más completa está en español y es mérito del editor, escritor y traductor Diego Garrido, un joven madrileño que, en mitad de sus estudios relacionados con el cine, decidió entregarse a la literatura del escritor irlandés.

Es así como se explica que este 2025 haya llegado Cartas. 1920-1941. Seguido de Joyce en los ojos de sus amigos (Páginas de Espuma), la segunda parte de un ingente trabajo de recopilación, edición y traducción de las cartas joyceanas.

Cubierta de 'Cartas 1920-1941. Seguido de Joyce en los ojos de sus amigos' | Fuente: Páginas de Espuma
Cubierta de ‘Cartas 1920-1941. Seguido de Joyce en los ojos de sus amigos’ | Fuente: Páginas de Espuma

Un antes y un después de Ulises

Si el anterior volumen de este trabajo permitía conocer las intimidades de un escritor afincado todavía en su adolescencia y su juventud, en este nuevo libro vemos ya a un autor maduro, consagrado por la publicación del Ulises en 1922 como uno de los escritores más importantes de todos los tiempos, pero también en decadencia, cada vez más dolorido y ciego, incluso frustrado, que acaba falleciendo prematuramente a los 58 años por una peritonitis.

Es imposible, de este modo, desligar todo este cúmulo epistolar (añadir qué cartas ha metido Garrido) de las historias de ese “aburrido Bloom”, tal y como le escribiría el propio Joyce a su amigo, el poeta Ezra Pound, en un frío diciembre de 1920. “Si no fuera por la estufa de gas de este piso estaría tirado en la cama con los ojos deshechos”, le confiesa.

Por ese entonces, y pese al éxito de sus libros anteriores, James Joyce malvive en las calles de Paris como uno más de esos escritores que, faltos de dinero pero llenos de genialidad, poblaban las calles de esta ciudad: Hemingway, T. S: Eliot o el propio Pound, entre muchos otros.

Es, también, uno de los periodos más arduos de la escritura de ese libro al que se había entregado desde 1916. “Me sorprende haber escrito tanto”, escribe meses antes de la publicación definitiva del Ulises, “el resultado de mi aventura aquí ha sido alcanzar nuevos e insospechados límites de nerviosismo físico y mental”.  A ese agotamiento había que añadirle, también, una implacable ceguera -por una posible sífilis- que, poco a poco, iría reduciendo su visión.

Ilustración de James Joyce realizada por Arturo Garrido | Fuente: Páginas de Espuma

A pesar de todo, el Ulises acaba viendo la luz. El libro saca su primera edición completa en París gracias al empeño del autor y, más en concreto, de Sylvia Beach: una librera de origen estadounidense que había visto en la obra el potencial del que describiría como “el escritor más grande de mi época”. “No puedo dejar pasar este día sin agradecerle por todas las molestias que se ha tomado”, le escribiría el propio Joyce el día de la publicación del libro.

Fue por correspondencia también por donde Joyce compartió el famoso esquema de Linati, un “resumen-llave-esqueleto-esquema” para comprender mejor su obra y la relación con la Odisea de Homero, el cual resultaría clave para descifrar todos los palalelismos entre ambos Ulises. La novela del irlandés había sido promocionada por su entorno durante mucho tiempo y había generado una gran expectación, de modo que, como explica el propio Garrido, “cuando se publicó, era ya un libro famoso, y Joyce una personalidad del mundo literario de París comparable, y comparada, a Marcel Proust”.

El Ulises tarda muy poco en ser reconocido como lo que es: un colosal ejercicio de estilo y pensamiento que se asienta como un elemento transformador de las literaturas venideras. Es por eso que en estas Cartas podemos ver a un autor que responde dudas esenciales sobre la obra, se enfrenta al problema de la piratería -sí, ya existía por entonces- de su obra, al mismo tiempo que realiza algunas confesiones sobre sus diferentes fases de escritura.

Un paso más allá

También asistimos a su consolidación como autor de fama internacional, como muestra una carta fechada el 31 de octubre de 1925 a un joven Dámaso Alonso -miembro de la generación del 27- con el que discute el título de Retrato de un artista adolescente que está siendo traducido por primera vez a nuestra lengua. “Espero que me envíe un ejemplar de esta versión española cuando se publique”.

A pesar de ello, de ese reconocimiento tanto tiempo buscado, lo cierto es que tras más de un lustro obsesionado con este proyecto, a Joyce le queda una sensación de vacío de la que no es capaz de librarse… hasta que empieza un nuevo proyecto. “No consideraba Ulises un callejón sin salida”, escribe Garrido, “sus locuras verbales no eran un punto y final a una tradición, a una lengua, eran (para muchos tristemente, para unos pocos casi milagrosamente) un punto y seguido”.

Cubierta de 'Finnegan's Wake'| Fuente: Wordsworth Editions Limited
Cubierta de ‘Finnegan’s Wake’| Fuente: Wordsworth Editions Limited

Con todo, la escritura de ese imposible Finnegan’s Wake -famoso por la dificultad de su comprensión- no convence a aquellos quienes habían aplaudido, sobre todo en sus fases finales, el Ulises. Quizá el más contundente sea ese admirador que tenía en Ezra Pound, mucho menos entusiasta con el nuevo proyecto de Joyce, del que dice: “Me parece que nada…. Que no fuese una visión divina o una nueva cura para la gonorrea podría merecer toda esa periferia circundante”.

“La historia de la pérdida de confianza en Joyce de sus lectores más acérrimos es una historia lenta y dolorosa, llena de suspicacias, lamentos, melancolías”. Sus crecientes problemas de salud -sus problemas de visión hacían que cada vez escribiera con más erratas-, las escaseces económicas pese a las ventas de sus libros o la enfermedad de su hija Lucia tampoco facilitaban su proceso de escritura. Cuando salió, con Europa a las puertas de una Segunda Guerra Mundial, el complicadísimo Finnegan’s Wake no despertó, ni de lejos, la misma atención que su anterior novela.

«No me gusta Jim»

Junto al escritor, aparece en estas Cartas un James Joyce caprichoso, obsesivo y ciertamente egocéntrico. En esa misma misiva a su editora el 2 de febrero de 1922, cuando acaban de publicar el Ulises, no deja escapar la oportunidad para dejarle un recado en relación a las “cubiertas” del libro. James Joyce no paraba de pedirle cosas a su editora: desde dinero a diferentes recados que, en ningún momento, tienen en cuenta la situación de su compañera. “Yo también soy pobre y estoy cansada”, le recordaba ella misma en otra carta de respuesta.

Beach no es, sin embargo, la única que debe sufrir las exigencias de un escritor demasiado centrado en su propia obra. “El diciembre pasado prometiste devolverme el dinero que te di tan pronto terminases el libro”, le escribe su hermano, Stanislaus Joyce. “No he recibido nada”. Y termina: “Esto me parece solo un ejemplo más de la descuidada indiferencia con la que siempre has actuado en los asuntos que me conciernen”.

Stanislaus Joyce, hermano de James Joyce | Fuente: The James Joyce Centre
Stanislaus Joyce, hermano de James Joyce | Fuente: The James Joyce Centre

Las cartas recogidas por Garrido son, en este sentido, una gran oportunidad no solo para poder juzgar nosotros mismos a Joyce sin el fantástico escudo que suponen sus obras. También permiten conocer cómo le juzgaban los demás, en un apartado que el editor ha dispuesto en el corolario Joyce en los ojos de sus amigos. “Puedo decir con seguridad lo siguiente: no me gusta Jim (James Joyce)”, escribiría en 1904 Stanislaus. “Sé que piensa que soy vulgar, poco interesante”. A pesar de que le sigo en muchas cosas, no se puede esperar de mí que acepte esto. Me trata mal, y esto (creo que es lógico) me molesta”.

En definitiva, el trabajo de Diego Garrido es un ejercicio de incalculable valor para todo lector joyceano que conozca y aprecie el trabajo de un escritor responsable de, al menos, escribir tres obras maestras (Dublineses, Retrato de un artista adolescente y el Ulises) y uno de los libros más crípticos de la historia de la literatura (Finnegan’s Wake).

Por si fuera poco, James Joyce tocó también otros géneros como el teatro o la poesía, a los que habría que añadir también las publicaciones póstumas como una novela inacabado, varios libros infantiles y ensayos. Y, por supuesto, las Cartas, que con esta segunda parte cierran un círculo con el que Garrido se doctora (él decidirá en qué, si como novelista, traductor o editor, pues queda oficialmente convertido en una prometedora figura emergente del panorama cultural) y Páginas de Espuma se corona. La intimidad del escritor y genio, del hombre y el demonio, del artista, queda visible en estas cartas.

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