El libro cierra la tetralogía compuesta Los nadies, Me duele respirar e Inmigrantes de segunda
El que emigra arrastra una congoja entremezclada entre los recuerdos del lugar que deja atrás y las dificultades que le acompañan en el nuevo camino. Se debe recurrir a la templanza, y muchas veces refugiarse en lo que uno ama, para que el pasado no acabe por derrumbar a la persona. Mantenerse erguido, eso es lo que ha logrado William González con la poesía como vehículo para rememorar a su amada Nicaragua. Con su último libro, Esta será mi venganza, cierra un pasado y un presente de emociones constantes.
Nicaragua sigue bien adentro. Siempre ha sido uno de los ejes principales en la poesía de William González, que desde 2011 vive en España. Los críticos le han situado a caballo entre lo social y lo político, con unos poemarios que han logrado cosechar grandes éxitos: Los nadies (Hiperión, 2022), Me duele respirar (Valparaíso, 2023) e Inmigrantes de segunda (Hiperión 2023). Ahora, Esta será mi venganza, pone la guinda final a esta tetralogía, con una pequeña sorpresa; un espacio dedicado al desamor.

El poemario se puede seccionar en tres partes, aunque en realidad funcionan como dos. La primera, Nicaragua adentro, vuelve a ser un canto a su tierra natal. Escribe desde la añoranza, desde el dolor del que emigra, desde la visión de quien ha pasado media vida fuera de donde nació, abandonando todo aquello que quería y conocía. Las dos últimas secciones, Esta será mi venganza y Recógela, esta cicatriz es tuya, son pensamientos regalados a la herida de un amor truncado, y su posterior cicatrización. El propio William reconoce la fatiga mental que le provocó escribir estos versos: “ ha sido como rememorar aquellas emociones que estaban enterradas”.
Nicaragua adentro
Un cielo celeste, centelleante, casi divino, que protege la ciudad de los calores del infierno. Es lo que veía un niño de tierna edad sentado desde una loseta en su casa de Managua. Ese jovencito imberbe acabaría siendo un poeta orgulloso de recitarle a su tierra. Este primer fragmento es un llanto al pasado. Un adiós a la infancia, tan profundo, que el poeta criogeniza sus recuerdos y añora sus memorias. Una etapa que le sirvió para descubrir la poesía, porque aunque él preguntaba…“Nadie me contestó. Con el silencio tuve que inventarla” (¡Shhh!, Esta será mi venganza).
Para William, su familia es una fortaleza. Dejarla atrás fue una de las cosas más duras al emigrar de Nicaragua. Esto se refleja en Esta será mi venganza en poemas como Los innombrables: “Ellos son los innombrables. Sé que mi familia está ahí, pero al final ves desde otro país cómo se van yendo, y a ti, por juventud te toca seguir, eso es lo que duele”. Mención especial para el cariño hacia su abuela, para aquellos abrazos que se dieron sin saber siquiera si podrían volver a verse.
Esta será mi venganza
El amor, es amor, ya sea en San Luis Sur o en Carabanchel. El título de esta parte hace referencia a un epigrama de Ernesto Cardenal, que refleja a la perfección lo que William llama “una venganza literaria”. Estos versos son fruto de una dolorosa ruptura que se acaba postergando en el tiempo y astillándose en el corazón. El poeta pasea por todos los escenarios donde le hubiera gustado que le acompañase ese primer amor, mientras solloza por lo que pudo haber sido, y jamás fue. “Soy yo quien te ilumina con su honesto candor fosforescente de penuria. He aquí la manifestación más pulcra del amor que he podido ofrecerte”. (Y más allá de la muerte, nosotros, Esta será mi venganza).

“Soy lo que soy porque se acabó con aquella chica y me centré en mí durante dos años. Llegué a quitarme las redes. Nadie sabía de mí, sólo la gente cercana. Me refugié en los libros y aproveché para organizar la tetralogía”. Es la confesión de William, que escribe en sus versos los restos de un ferviente amor. En esta descarga de emociones, el joven nicaragüense aprovecha también para preguntarse a sí mismo qué es el amor, aunque reconoce que aun no ha encontrado la respuesta.
Recógela, esta cicatriz es tuya
Esta última parte es una completa introspección hacia las carnes abiertas del poeta. William se ve en un túnel. Camina por este paseo, herido, mientras de fondo suenan aplausos. El poeta, que sigue erguido, se examina la cicatriz que le provocó este amor. La cicatriz es suya, que la recoja. Los versos de este segmento recorren un batiburrillo de pensamientos acumulados en una etapa de confusión y padecimiento. El poeta recurre a su madre, a su condición humana y piensa en su culpa, a la vez que escucha el silencio de la soledad. “Devuelve soledad, la soledad// no es buena consejera del poeta// le sirve de mortífero alimento”, (4:15, Esta será mi venganza).
William aprovecha además, para que el lector conozca a distintos dramaturgos nicaragüenses, a los que se les dedica algunos poemas del libro. “Lo que siento ahora es satisfacción, de haber homenajeado la literatura del país en el que nací y por haber soltado este homenaje al desamor”. El joven poeta, puede sentirse aliviado por fin: “recoger la cicatriz es un acto sanador, porque ya eres consciente del dolor”. Así despide William una tetralogía que le ha llevado a su culmen literaria, que él mismo continuará elevando si persigue su estela literaria.

Son los desamores y reminiscencias de un joven poeta, emigrante y adaptado a una nueva realidad. Pese a estar alejado de su país natal, cuenta con una certeza que ni el régimen de Nicaragua puede arrebatarle, el orgullo de versar sobre el cariño que le dieron las personas a las que más ama: su familia. William, que ya ha demostrado que la poesía sigue siendo un arma de rebeldía (Me duele respirar es víctima de la censura en Nicaragua), sigue con confianza ante los retos que su vida académica y laboral le plantean. Y aunque dice que tardará mucho en escribir su próximo libro, nosotros, los lectores, por nuestro bien, no nos creeremos esta burda mentira.

