Su última obra, Tempo, recoge poemas sobre el amor
Tras leer los poemas de Tempo, el último poemario de María Jesús Sanmartín, me puse a escribir como un descosido. Imagino que los poetas buenos no solo transmiten sus palabras, sino también las ganas con las que las escriben. Seguramente, muchos otros lectores que se han topado con esta obra y su antecesora, Seres de Lluvia, también se hayan sentido así.
Su autora, María Jesús Sanmartín, sabe lo que se hace con el lenguaje. Lo trata a través de dos vertientes muy diferentes -en apariencia-. Es abogada de propiedad intelectual y poetisa, con lo que crea un lenguaje autóctono entre la precisión de las leyes y la abstracción de los versos. Dos matices que, sin duda, definieron nuestro encuentro para hablar de su obra, Tempo.
Estábamos sentados al fondo de un Viena Capellanes, asediando una mesita con un café de vainilla, un chocolate caliente y una conversación larga y tendida transcurrida en dos tempos: el tempo de una entrevista, con su rigor y su sosegada pregunta-respuesta; y el tempo de una conversación, con su torbellino de ideas perdidas en la avidez del lenguaje.
Pero ¿qué es tempo, más allá del último poemario de María Jesús Sanmartín? “Es una expresión musical, un allegro (alegre pero no demasiado). Es más pausado que el tiempo, ya que tiene más reposo y más tranquilidad”.

Análogamente, el último poemario de María Jesús se divide en seis tempos diferentes, seis episodios, cada uno marcando una expresión y una pausa muy pertinentes; cada uno marcando una parte de la vida:
Tempo de amor y deseo
Es el primero y más largo de los seis tempos. Ocupa casi cincuenta páginas llenas de declaraciones, besos, intimidades y conflictos internos. Aunque María Jesús vive el amor como “algo pausado” para sentirlo con “más intensidad”, no niega que muchas veces se siente frustrada, sobre todo cuando aparece el deseo.
De esta combinación amor-deseo surgen emociones que María Jesús descarga a través de la poesía, convirtiendo lo negativo en “algo positivo”. Tomo como ejemplo “Mea culpa”, un poema de Tempo sobre los pecados capitales y el amor. Bajo mi juicio de lector y, sobre todo, de alma enamorada, me sentí identificado con estas dos estrofas:
“Envidia,
de las auroras
que te alumbran a solas,
que escuchan tu aliento cuando me marcho”
“Pereza,
que me paraliza
y abruma,
por pensar que puede llegar el día
en que me dejes
de ver”
Para María Jesús, el amor es ilógico e irracional, y se experimenta a través del cuerpo, de una emoción que conmueve: “En el momento en que me conmueve algo, el verso me sale casi solo”, dice.
Esa conmoción exige realidad. Por ello, todas las estrofas de Tempo “tienen nombres y apellidos”, personas reales que han sido importantes en la vida de María Jesús. Aun así, hay una que, sin duda, es el motor de su inconsciente. Su nombre no me fue revelado. Pero apostaría a que su peso álmico estuvo presente en esta estrofa:
“Cuando vi
tu luz generosa
atravesar la esencia
de mi barroco
espejo, tuve que romperlo”
¿Qué tiene que ver el amor con ese espejo, y por qué lo rompe?, me pregunté al leerlo. “Cuando el espejo te refleja de manera perfecta, no eres tú el que está mal. El que está mal es el espejo”, me respondió María Jesús. “Las personas también pueden ser espejos, espejos de uno mismo”, añadió. Esto nos conduce inexorablemente a hablar de la introspectiva y la complicidad que nacen del amor, que ayudan a cambiar ese reflejo distorsionado.
Tempo de sueños, cariño y complicidad
Para María Jesús, estos aspectos están vinculados a la «trascendencia«, una idea que se expresa de muy bella manera en estas estrofas:
“A quien
no puedo dejar
de mostrar
cómo funcionan,
los solitarios hilos que mueve mi mente”
“A quien decidí
permitir
que tratará de descubrir
y unir los retazos
de mi subconsciente”
“El amor verdadero creo que es una mezcla de pasión y de razón pero también de trascendencia”, declara María Jesús.
Para lograr esa trascendencia parece necesario tener un cómplice y una introspección. Además de otro elemento que marca un tempo muy importante en esta obra.
Tempo de fe
El amor reposa por doquier, y hay diversos tipos. María Jesús agradece esta realidad a Dios y a la fe que le profesa. “Está presente en todos nosotros, de manera sutil”, dice María Jesús.
Conectó con esta idea como nunca antes cuando visitó la iglesia madrileña de la Virgen del Sagrado Corazón y no pudo contener las ganas de escribir “De los anillos del tiempo”, un pasaje de su poemario que dedica a un Cristo de madera con anillos tallados a través del cuerpo.

En estos versos María Jesús logra transmitir ese sentimiento de alegría y de misticismo que se puede sentir al conectar espiritualmente con el amor ubicuo.
Solo la poesía podría reflejar la inefabilidad de esta vivencia y poner palabras a algo muy difícil de narrar de manera justa con otros géneros literarios. Del mismo modo, imagino que solo la poesía podría dar respuesta a la pregunta que me formulé a partir de este bello pasaje: ¿Es el amor cuestión de fe, entonces?
Tempo de amistad
Llegados a este momento de la obra, los tempos se han vuelto efímeros. Quizá el amor sin la pasión del cuerpo no da tanto de lo que hablar, ya que no genera tanto conflicto.
Esto no significa que el amor de la amistad no sea igualmente hermoso, pues, a la semejanza de todos los amores, viene de Dios.
Las emociones que llevan a hablar de un amigo son distintas. Como proyectan los versos de María Jesús, un amigo es alguien con quien compartir secretos, sueños, consejos y anhelos. Puede ser alguien que te inspira a hacer locuras, alguien que te cría, alguien a quien proteger.
Y, aunque haya en la relación “espejismos incompletos del mundo interior del otro”, revelados así, quizá, por la falta de fusión física; nunca falta la ilusión de tenerlos cerca, a pesar de la “inconstancia.”
Tempo de lugares
A veces, del sitio menos insospechado se desprenden vivencias que nos acompañan y salen del inconsciente. Así plasma María Jesús, con mucha ternura y añoranza, su paso por Lisboa y la Catedral de León, lugares en los que muy posiblemente, conectó con esa imagen de amor omnipresente que Dios manifiesta.
Tempo de nostalgia y agradecimientos, para crecer
“Ocurrió en Canterbury, entre marejadas de silencio”. Así inicia el penúltimo poema, Morriña, que narra otra vivencia mágica en un lugar que transportó a María Jesús a su infancia, al germen de su inconsciente.
Este mismo amor surgido del recuerdo de su niñez parece ser el que le conduce a grabar en las últimos páginas de Tempo sus agradecimientos, muy acertados por su extensión, que es amplia cuando se trata de musas y el autor es honesto con todas ellas: por el navegante, por el amante, por el doctor, alumno y profesor, por el alquimista, por el ingeniero, por el innovador, por el físico. Y por su tío, Juan Ramón.
Como dije en un inicio, Tempo, el último poemario de María Jesús Sanmartín me ha incitado a escribir más. Y también a decir menos. Pues en su tratamiento del lenguaje, he descubierto nuevas formas de llegar al corazón, que solo son posibles con poemas tan bellos como aquellos.

