En su libro, Fernando Herranz presenta la triple negación que conforma la masculinidad
La doctora Beatriz Ranea Triviño -prologuista de este libro- afirma en su ensayo Desarmar la masculinidad que esta «se define a través del antagonismo». No es únicamente que la idea de virilidad sea una gran ficción sometida a una perpetua representación. Además de eso, como advierte Fernando Herranz Velázquez en Aprender a ser hombre, el «hombre ideal» se conforma de acuerdo a «lo que no es; se construye contra las otredades». Esta es la clave, un hombre debe proclamar: «no soy un bebé, no soy una mujer y no soy un homosexual».
Herranz Velázquez (Ávila, 1993) obtuvo su título como doctor -con calificación cum laude– precisamente por una tesis en la que aborda el modo en el que la masculinidad hegemónica se ha venido conformando desde la modernidad. Es graduado en Historia por la Universidad de Salamanca. Al terminar su carrera universitaria, realizó un máster en la Universidad de Alicante, donde se doctoró y decidió dedicarse a los Estudios de género. Actualmente, forma parte del Observatorio de las Masculinidades de la Universidad Miguel Hernández de Elche y el Grupo de Investigación en Género de la UA.
No soy un bebé
El autor nos hace reparar en que el concepto de masculinidad hegemónica comienza a forjarse en la infancia. Ya en el siglo XVIII, las pautas pedagógicas generaban ese ideal del «hombre perfecto» en el que deberían de convertirse los jóvenes. El bebé abandona su universo únicamente emocional y comienza a ser más racional e independiente, atributos más masculinos. La socialización entonces pasa a conformarse con arreglo a los conceptos de honor y de rectitud, de dominio y poder.
El niño es débil y manejable, el hombre debe ser todo lo contrario. Un buen hombre es, para los anatemas de la Edad Moderna, una figura de fortaleza y de control. Las emociones, relacionadas estereotípicamente con lo femenino, son «encorsetadas». La masculinidad se manifiesta entonces mediante un movimiento de represión total. Tal es el extrañamiento del hombre-ideal con respecto a sus emociones que le lleva a un total descuido de su salud mental. Hecho que impacta gravemente al conocer que el 74’2% de los suicidios en España durante el 2022 fueron hombres.
«Ir al médico por problemas de salud mental supone un resquebrajamiento de su masculinidad. Es débil y tiene cosas de mujeres».
No soy una mujer
Esto nos hace entrar de lleno en la segunda de las negaciones. Herranz se da cuenta de que el concepto de hombre promulgado durante la Ilustración es completamente antagónico con cualquier rasgo de feminidad. Lo propio de la mujer es lo doméstico y lo irracional, en cambio lo viril es el intelecto que puede servir para la vida pública y la sociedad. El hombre está llamado a hacer su aportación filosófica o académica por el bien del nuevo orden social, pero la mujer debe permanecer en un ámbito privado, es el «ángel del hogar».
En ese contexto, se fundó en 1787 la Junta de Damas. Una asociación filantrópica femenina que desafiaba estas reglas, teniendo como finalidad «establecer y radicar la buena educación, mejorar las costumbres con su ejemplo y con sus luces, introducir el amor al trabajo y fomentar la industria». En nuestra sociedad occidental, todo se divide en binomios positivo/negativo. Tenemos bien y mal, correcto o incorrecto… En el caso de los géneros, también es así, correspondiéndole al varón la facultad de activo y a la mujer la de pasivo.

No soy un homosexual
Centrándonos en una perspectiva ascendente desde el siglo XVIII, podemos observar una institucionalización de la homofobia como método de afianzamiento de la masculinidad. La sexualidad se vuelve obligatoria, es necesario mostrar la fuerza sexual que nace del varón y, evidentemente, no es una fuerza homosexual. Un hombre es activo e invulnerable y, por lo tanto, no puede ser penetrado. De ser así, perdería todo lo que le hace viril, puesto que se transformaría en un sujeto pasivo.
El varón debe centrarse fundamentalmente en la reproducción y el establecimiento de la familia. Todas las leyes y las costumbres religiosas van creando un relato de rechazo a la homosexualidad que lo cubre todo con su manto del miedo. Y, como ocurre con todos los aspectos de la ficción que constituye la masculinidad, lo importante no es serlo, sino que lo parezca. Se lleva a cabo un claro ejercicio de represión sexual. De este modo, no es -aunque también- un rechazo directo a las prácticas homosexuales, sino cualquier comportamiento que afemine a un hombre o le acerque demasiado a sus iguales de manera sospechosa.
El hombre del pasado
La masculinidad, lejos de las definiciones que tratan de atraparla como se haría con un gas utilizando una red, debe definirse, según Herranz Velázquez, con arreglo a sus «procesos, características y mandatos, y relaciones de poder y género en los que se encuentra inmersa». En lugar de hacerlo en abstracto, el doctor analiza sus efectos como un sistema identitario jerarquizado que genera narrativas y espacios de poder, exclusión y control.
Al poner el desarrollo histórico del concepto de masculinidad en el punto de mira, permite que comprendamos qué factores han ayudado a su estandarización a la vez que nos ayuda a reevaluarlo. La necesidad de «desarmar», «deconstruir» o «abolir» el género procederá de la subjetividad de cada uno, pero lo que resulta evidente, con el reciente auge de los estudios sobre masculinidades, es que es un concepto que debe estudiarse.
Este brillante texto nos acompaña por ese recorrido que la idea del «hombre ideal» ha hecho hasta llegar a nuestros días. Aunque, a decir verdad, habría sido de agradecer un mayor acercamiento del texto al lector, ya que su nivel teórico es de tal calibre que resulta muy denso. Aprender a ser hombre de Fernando Herranz Velázquez es una magnifica lectura para quien quiera aumentar su conocimiento acerca de masculinidades, eso sí, a un nivel avanzado.


