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En lugar del amor… la carne es triste

La carne es triste de Ovidie y En lugar del amor de Rodríguez de Tudanca exploran, desde perspectivas diferentes, el complejo universo del deseo, la objetificación y la resistencia femenina

Si me dieran un euro por cada hombre que ha intentado acostarse conmigo de la peor forma posible, probablemente podría comprarme The Paris Review completo. Las mujeres estamos luchando contra una hidra a la que por cada corte le sale una cabeza más: podría decir que es el patriarcado, pero en realidad se trata de cualquier tío promedio cuya confianza está un poco crecida.

En realidad, estamos ante dos libros que han llegado en el momento justo y que encarnan perfectamente la teoría del gemelo bueno y el gemelo «malo». Mientras Ovidie en La carne es triste (Altamarea, 2025), realiza un ajuste de cuentas con la heterosexualidad como sistema de explotación, Rodríguez de Tudanca, en En lugar del amor (Altamarea, 2025), nos presenta el monólogo ininterrumpido de un hombre convencido de ser el protagonista de su propia película de Rohmer… pero sin el carisma necesario para mantenerla.

El rechazo a la cosificación femenina

La revelación de las mujeres ante la costumbre patriarcal de ser utilizadas como objetos se muestra en dos enfoques radicalmente distintos, pero profundamente conectados. Ovidie y Rodríguez de Tudanca abordan el sexo heterosexual y las relaciones de poder desde lugares diferentes, pero ambos exponen cómo el patriarcado configura las interacciones entre hombres y mujeres, destacando las dinámicas de objetificación y la resistencia femenina frente a ellas.

Ovidie, al expresar su cansancio y desinterés por seguir jugando el juego de la seducción heterosexual, hace un gesto contundente de rechazo a la costumbre patriarcal que ve el cuerpo femenino como un objeto cuyo único propósito es satisfacer al hombre. En sus palabras, el sexo se reduce a una transacción en la que las mujeres, como ella, se ven constantemente forzadas a realizar un trabajo emocional y físico para mantener un equilibrio que nunca les favorece. El deseo de la mujer no es más que una opción secundaria, y el placer masculino se asume como un derecho. Su renuncia al sistema, al dejar de participar en esos juegos, no es solo una retirada personal, sino una forma de resistencia ante una estructura que la ha cosificado.

Rodríguez de Tudanca, aunque aparentemente se posiciona desde un lugar de poder al hablar desde la perspectiva masculina del protagonista, refleja también una forma de violencia del patriarcado que no ha evolucionado. Su mirada, marcada por el ego, sigue entendiendo a la mujer como una validación de su virilidad, un objeto que debe cumplir con sus expectativas y confirmar su masculinidad. El hecho de que su discurso siga anclado en técnicas de seducción obsoletas, donde la mujer es vista como un trofeo, aborda la persistencia de una visión del deseo sexual que no reconoce la autonomía femenina. Para él, la mujer sigue siendo parte del juego que valida su propio placer, sin ningún interés real en sus deseos o experiencias subjetivas.

Lo que ambos textos muestran, de manera diferente pero complementaria, es cómo el patriarcado ha moldeado las relaciones de poder en las que el deseo de la mujer siempre ha sido secundario. Ovidie, al rebelarse contra esta lógica, se niega a seguir siendo un objeto de deseo en un sistema donde su satisfacción es irrelevante. Su retirada no es solo personal, sino colectiva, un rechazo de un contrato social que siempre ha puesto el placer femenino como algo opcional. Rodríguez de Tudanca, en su insistencia en mantener en su personaje principal las mismas reglas de siempre, revela cómo el patriarcado se resiste a evolucionar, manteniendo la imagen de la mujer como un objeto para la validación masculina, sin cuestionar la legitimidad de su autonomía y deseo.

Ambos relatos, entonces, funcionan como dos caras de una misma moneda: uno muestra la resistencia activa frente a la costumbre patriarcal, mientras que el otro ilustra la perpetuación del mismo sistema sin darse cuenta de los cambios que ya se están dando. La revelación de las mujeres, como la de Ovidie, no es solo un acto de liberación personal, sino una apertura hacia la posibilidad de un deseo más equilibrado, donde el cuerpo y el deseo de la mujer dejen de ser objetos de uso para otros. La mirada masculina que aún refleja Rodríguez de Tudanca en En lugar del amor, por más que el protagonista se crea como el centro del juego, está perdiendo terreno frente a una nueva forma de entender la sexualidad, en la que la mujer ya no está dispuesta a seguir siendo la pieza pasiva que valida las inseguridades de los hombres.

El contraste entre ambos textos resalta la resistencia de las mujeres a seguir participando en una estructura que las ha reducido a simples objetos de deseo, pero también señala la ceguera de muchos hombres que no comprenden que el contrato social del deseo heterosexual está siendo cuestionado, que el placer femenino ya no está dispuesto a ser relegado. La lucha de las mujeres por la autonomía de sus cuerpos es, al final, un acto que redefine las reglas de juego: uno en el que las mujeres ya no aceptan ser vistas como simples objetos de intercambio.

La economía del sentimiento: hartazgo vs. placer masculino

En La carne es triste, Ovidie no está simplemente hablando de sexo, está hablando de economía. No de la que se mide en PIB, sino de la que rige las relaciones entre hombres y mujeres bajo el heteropatriarcado: una economía extractiva donde las mujeres invierten tiempo, esfuerzo, dolor y expectativas a cambio de, en el mejor de los casos, un orgasmo con fecha de caducidad o, en el peor, un coito mecánico que deja más secuelas que satisfacción. Mientras tanto, Antonio en En lugar del amor sigue viviendo en una realidad donde el deseo femenino es un reflejo del suyo propio. Para él, las mujeres existen en función de su narrativa. No es un villano de cuento ni un misógino declarado, sino algo más sutil y, por tanto, más peligroso: un hombre que cree que está fuera del sistema mientras lo perpetúa.

Cuando Ovidie dice “Hablo de una vida entera orientada por completo al placer de los hombres”, está resumiendo una estructura histórica en la que la mujer ha sido condicionada para ser deseada y no para desear. No es casualidad que la industria de la belleza, la pornografía y hasta la publicidad giren en torno a la disponibilidad de los cuerpos femeninos. Silvia Federici y otras teóricas del feminismo materialista han argumentado que el trabajo reproductivo y doméstico de las mujeres ha sido históricamente invisibilizado porque el sistema económico dominante no lo reconoce como una labor productiva. En el contexto de las relaciones heterosexuales, esta misma lógica se extiende al ámbito del deseo y la sexualidad. Las mujeres no solo han sido responsables del sostenimiento emocional de los hombres, sino que también han sido socializadas para proporcionar placer sin exigirlo a cambio. La satisfacción masculina ha sido presentada como el centro de la experiencia sexual, mientras que el disfrute femenino se ha subordinado a la capacidad de atraer y retener a la pareja. ¿Cuánto vale un gemido fingido? ¿Cuántas horas de depilación, dietas y ropa incómoda cuesta una noche de sexo mediocre? ¿Por qué el orgasmo femenino ha sido históricamente un lujo y no una expectativa básica? Ovidie no responde con teoría: responde con hartazgo. Y el hartazgo, en este caso, es revolucionario. Pero solo lo es para una parte de la población.

Rodríguez de Tudanca encarna en su protagonista la lógica inversa de esta ecuación: el hombre que convierte cada encuentro sexual en un logro personal, una anécdota que refuerza su identidad. “Pof es un escaparate con productos de distinta calidad”, dice sin atisbo de vergüenza, revelando su concepción instrumental del deseo y de las mujeres. Para él, la seducción no es un juego de reciprocidad, sino un mercado donde puede elegir y descartar, convencido de que su mirada es la que otorga valor.

Su visión del deseo femenino no es más que una prolongación de su ego: lo que importa no es lo que la mujer siente, sino lo que ella confirma sobre él. Se trata de un clásico mecanismo del male gaze, donde la mujer no es un sujeto con agencia propia, sino un espejo que refleja la masculinidad del narrador. En este esquema, su placer es secundario, su deseo un detalle accesorio y su existencia, en última instancia, una herramienta de validación. No es casualidad que su discurso se estructure en términos de consumo: el mercado, la calidad, la elección. Son los mismos términos que han regido históricamente la mercantilización de los cuerpos femeninos, pero disfrazados ahora de libertad sexual y modernidad.

Esta dicotomía —Ovidie como testigo del coste del deseo impuesto, y Rodríguez de Tudanca como su beneficiario inconsciente— es un reflejo de una cultura que sigue midiendo la sexualidad femenina en función de su utilidad para los hombres. Mientras una pone palabras a la fatiga de haber sostenido una estructura desigual, el otro celebra su capacidad de moverse en ella sin cuestionarla. Dos caras de una misma moneda, donde el deseo femenino sigue siendo, en muchos casos, una narrativa construida desde fuera.

Ovidie se cansa del juego; Rodríguez de Tudanca sigue envuelto en él

El contraste entre Ovidie y Rodríguez de Tudanca refleja más que una diferencia generacional o ideológica; es una división estructural en cómo se experimenta el deseo heterosexual. Ovidie ha roto con el contrato social que ha definido el sexo entre hombres y mujeres, reconociendo la desigualdad inherente a este pacto. Su decisión de dejar de jugar con las reglas establecidas representa un acto de resistencia frente a un sistema que ha normalizado la satisfacción masculina a expensas del desgaste femenino.

Por otro lado, Rodríguez de Tudanca continúa aplicando técnicas de seducción de hace años, sin advertir que el juego ha cambiado. En su crónica, el hombre sigue renovando automáticamente un contrato del que ya muchas mujeres se han desenganchado. La persistencia que hace el protagonista de En lugar del amor en sus métodos obsoletos refleja una desconexión con las realidades actuales de las relaciones sexuales y afectivas. Para él, cada conquista es simplemente otro logro más en su diario, mientras que para Ovidie, su retirada simboliza un acto de liberación personal.

El cansancio de Ovidie es, en gran medida, el resultado de un desgaste acumulado por ser parte de un sistema que no valora el placer femenino de manera equitativa. El agotamiento no solo proviene de la falta de reciprocidad en los encuentros sexuales, sino también de la carga emocional y social que implica cumplir con expectativas ajenas. En este sentido, Ovidie pone fin a una relación desigual que ya no le otorga beneficios ni satisfacción. Mientras tanto, Rodríguez de Tudanca sigue insistiendo en la misma dinámica, sin percatarse de que, para muchas mujeres, el contrato que él cree que sigue vigente ya ha sido cuestionado y roto. Así, lo que para Ovidie es un acto de autonomía y liberación, para Rodríguez de Tudanca es simplemente otro episodio más en su narrativa de validación personal. La distancia entre ambos textos subraya una diferencia de actitud y una variación profunda en las expectativas y dinámicas de poder entre los géneros en la actualidad.

El final del juego patriarcal

Cuando seguimos observando la resistencia femenina frente al patriarcado, emerge un concepto crucial: el desapego emocional estructural. Este término hace referencia a un proceso de desvinculación emocional de las mujeres respecto a los códigos de deseo que históricamente les han sido impuestos. Más que un acto individual, el desapego emocional estructural se configura como una respuesta colectiva a un sistema que ha utilizado los cuerpos femeninos como objetos para la validación masculina.

Este desapego emocional estructural también se refleja en las narrativas que exploran las dinámicas de poder entre géneros. En algunas historias, la mujer comienza a liberarse de las expectativas impuestas por el patriarcado, dejando atrás la necesidad de ser vista o validada por los hombres. Este alejamiento emocional no surge como un simple rechazo, sino como una reafirmación del derecho a desear y a ser deseada en sus propios términos, sin estar atada a una narrativa ajena. Por otro lado, se observa cómo algunos hombres, al aferrarse a antiguos modelos de deseo que buscan su validación personal, terminan despojándose también de una conexión emocional genuina con las mujeres. Al enfocarse solo en su propio ego y placer, pierden la capacidad de ver a la mujer como un ser autónomo, perpetuando un ciclo de desconexión que, irónicamente, también les deshumaniza. Este desapego, tanto en hombres como en mujeres, refleja una transformación que no solo cuestiona las reglas del juego, sino que también ofrece la posibilidad de redefinir las relaciones desde una nueva perspectiva de igualdad y reciprocidad.

Lo que antes se consideraba un «deber» o una «expectativa» se está transformando en una reflexión sobre lo que realmente importa: el propio deseo, el propio placer y, sobre todo, la libertad de no depender de miradas ajenas. Este desapego no es un acto de rechazo, sino una liberación de la necesidad de ser vistas, poseídas o aprobadas para existir plenamente. Es un cambio de paradigma que, aunque lento, sigue ganando terreno. Y mientras los sistemas antiguos se tambalean, las mujeres están ahí, tomando las riendas de sus deseos, en sus propios términos, con una mirada que ya no depende de nada ni de nadie.

Y es que, al final, la lucha no solo está en enfrentarse a los grandes monstruos del patriarcado, sino también en cuestionar esas pequeñas dinámicas cotidianas que, sin serlo, siguen perpetuando la misma estructura. Porque mientras sigamos dejando que cada «tío promedio» tenga la última palabra, no vamos a ir muy lejos. El verdadero cambio está en reconocer que ya no hay espacio para ese tipo de confianza mal entendida, ni en las calles, ni en las camas, ni en las conversaciones cotidianas. Y, lo más importante, las mujeres ya no estamos dispuestas a ser una más en la lista de ese tipo de «intentos». Las cosas están cambiando. Estamos cansadas, y esta vergüenza no nos pertenece. 

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