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La fiebre vertical de Jon Krakauer en ‘La maldita obsesión de subir montañas’

Krakauer trae crónicas de obsesión, riesgo y verdad en las grandes paredes del mundo

Jon Krakauer no escribe sobre montañas: escribe sobre personas que no pueden dejar de mirarlas. La maldita obsesión de subir montañas es mucho más que un conjunto de relatos de alpinismo; es una radiografía de una pulsión humana difícil de explicar con lógica, pero fácil de reconocer en cualquier lector que haya sentido alguna vez la llamada de algo que asusta y atrae a partes iguales.

La atracción hacia el peligro

Desde las primeras páginas, Krakauer deja claro que escalar no es un deporte limpio ni heroico, sino una negociación constante con el miedo. En uno de los pasajes iniciales reflexiona sobre esa mezcla de lucidez e irracionalidad que empuja a los alpinistas hacia lo vertical:

 “Los escaladores no suelen estar mal de la cabeza. Lo único que les pasa es que están infectados por una cepa de la condición humana especialmente virulenta”

La frase resume bien el tono del libro. No hay glorificación vacía. Hay una mirada incómoda hacia el interior de quienes deciden colgar su vida de una cuerda. Krakauer escribe desde la experiencia personal, y eso se nota en la precisión con la que describe sensaciones físicas y mentales: el frío que entumece el juicio, el cansancio que distorsiona las decisiones, la euforia peligrosa de sentirse invencible.

La montaña aparece como un espejo cruel. No le importa el talento, la fama ni las buenas intenciones. Esa indiferencia es clave en el libro. Frente a una cultura que tiende a romantizar la aventura, Krakauer insiste en que la roca, el hielo y la altura no tienen moral. Son los humanos quienes proyectan significado, épica o redención sobre un terreno que, en realidad, es brutalmente ajeno.

Héroes y mentiras

Uno de los grandes aciertos del libro es su capacidad para desmontar mitos. Krakauer admira a muchos escaladores, pero no los convierte en estatuas. Muestra sus contradicciones, su ego, sus mentiras pequeñas y grandes. En varios relatos se percibe una crítica soterrada a la cultura del alpinismo como espectáculo, donde las hazañas se exageran y los fracasos se maquillan.

Aquí el periodista se impone al aventurero. Krakauer investiga versiones cruzadas, revisa testimonios y se permite dudar incluso de relatos legendarios. Esa actitud aleja este ejemplar del simple libro de gestas deportivas. Lo que está en juego no es solo quién llegó más alto, sino qué precio se pagó por contarlo de determinada manera.

El autor también explora la figura del héroe trágico, ese escalador brillante que roza la autodestrucción. No los juzga con superioridad moral, pero tampoco los absuelve. Entiende que la obsesión que lleva a alguien a intentar una pared imposible es la misma que puede nublar su instinto de supervivencia. Esa ambivalencia atraviesa todo el volumen.

Naturaleza indiferente

Las montañas de Krakauer no son decorado; son protagonistas mudos y abrumadores. El Eiger, el Denali, las grandes paredes de Alaska o los Alpes aparecen descritos con un detalle que roza lo literario. Sin embargo, incluso en las descripciones más bellas, hay una sombra constante de amenaza.

Esa tensión entre lo sublime y lo letal es uno de los motores emocionales del libro. Krakauer no cae en la tentación de convertir la naturaleza en un santuario espiritual. Al contrario, cuanto más hermosa es la escena, más evidente resulta el peligro.

“Nunca había oído hablar de la hybris, de la creencia excesiva en las propias posibilidades. Como era tan inmenso mi deseo de escalar la montaña, como llevaba pensando en el Pulgar tan intensamente desde hacía tanto, me parecía que estaba más allá de lo posible que un obstáculo de poca monta, el tiempo que hiciese, las grietas, la roca cubierta de escarcha, pudiera contradecir definitivamente mi voluntad.”

Además, el autor muestra cómo el entorno extremo altera la percepción. La altura no solo dificulta respirar; también distorsiona el pensamiento, el tiempo y las prioridades. Decisiones que en casa parecerían absurdas se vuelven comprensibles dentro de esa burbuja vertical donde la cumbre se convierte en una idea fija.

La psicología de la obsesión

Más allá de la aventura, el hilo conductor del libro es la obsesión. ¿Por qué alguien con una vida estable decide arriesgarlo todo por una cima? Krakauer no ofrece una respuesta única, pero sí muchas pistas. Habla del deseo de medir los propios límites, de escapar de la banalidad cotidiana, de buscar una claridad que solo aparece cuando todo está en juego.

En un momento de honestidad brutal, admite:

“Vérselas con el peligro, caminar por una fina línea, jugar a llegar cada vez más cerca del borde: nunca ha sido otra cosa la vanguardia del montañismo. Quienes eligen participar en este peligroso pasatiempo no lo hacen pese a tener tantas bazas en contra, sino precisamente por ello.”

Esa confesión, que podría pertenecer a casi cualquier escalador del libro, conecta la experiencia extrema con emociones muy humanas. No todos escalan montañas, pero muchos reconocen esa atracción por lo que asusta, por lo que promete una intensidad que la vida ordinaria no siempre ofrece.

Krakauer sugiere que la obsesión no es un accidente, sino una fuerza estructural en ciertas personalidades. Personas meticulosas, resistentes al dolor, incómodas con la rutina. El problema es que esa misma fuerza que permite logros extraordinarios también puede empujar a cruzar líneas invisibles.

Más que montañas

Al terminar La maldita obsesión de subir montañas, queda la sensación de haber leído algo que trasciende el nicho del alpinismo. Sí, hay hielo, cuerdas y paredes imposibles, pero sobre todo hay dudas, miedos y deseos de sentido. Las montañas son un laboratorio moral donde las decisiones se vuelven más nítidas porque las consecuencias son inmediatas.

Krakauer no predica que todos deban buscar su propia cima, pero tampoco ridiculiza a quienes lo hacen. Se limita a mostrar, con una prosa clara, lo que implica vivir al borde de lo posible. El resultado es un libro que fascina incluso a lectores que jamás se pondrían un arnés.

Al final, la “maldita obsesión” del título no suena a reproche, sino a reconocimiento. Hay algo profundamente humano en ese impulso de ir más allá, aunque sepamos que el precio puede ser alto. Krakauer lo entiende porque lo ha sentido, y por eso su mirada es tan convincente. Es crítica, sí, pero también empática.

En tiempos donde la aventura suele filtrarse a través de pantallas y patrocinadores, este libro recuerda que, en su forma más pura, subir montañas sigue siendo un diálogo íntimo entre una persona frágil y un mundo de roca y hielo que no promete nada. Y quizá por eso mismo sigue resultando irresistible.

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