Un libro que usa el cine para pensar el mundo y la forma en que lo miramos
Cine con más cosas, de Arturo González-Campos, es uno de esos libros que engañan a primera vista. Parece, en efecto, un volumen de listas, recomendaciones y títulos imprescindibles para cualquier amante del cine. Uno de esos libros que suelen regalarte por Navidad cuando saben que te gusta el séptimo arte, pero no saben muy bien qué regalarte.
Sin embargo, basta avanzar unas cuantas páginas para entender que este libro no va únicamente de cine, sino de todo lo que refleja, atraviesa y transforma. Porque el cine, como demuestra González-Campos, no es solo una sucesión de películas, sino una forma de mirar el mundo y de mirarnos a nosotros mismos.
El cine como punto de partida
Cine con más cosas puede parecer un catálogo de películas recomendadas por alguien que sabe de qué habla. Y, en parte, lo es. El libro contiene listas, anécdotas de rodajes y decenas de títulos que despiertan la curiosidad cinéfila. Pero reducirlo a eso sería injusto y superficial. El cine aquí no es un fin, sino un punto de partida.
Arturo González-Campos escribe sobre turismo, masificación de espacios, redes sociales, el paso del tiempo, la incomodidad de conocerse a uno mismo, el suicidio o la estética del cuerpo en la era de la imagen. Temas que, aparentemente, no siempre tienen relación directa con el cine, pero que terminan conectando inevitablemente con él. Porque el cine, como arte popular y cultural, absorbe todas esas inquietudes y las devuelve en forma de imágenes, historias y emociones compartidas.
La estética cinematográfica
El cine ha dejado de ser una pantalla externa para infiltrarse en la vida cotidiana. No solo imitamos gestos vistos en películas, sino que hemos interiorizado una forma cinematográfica de relacionarnos. Besamos, posamos y nos movemos pensando en cómo se vería desde fuera, como si nuestra vida fuera una escena más.
En 1896 se rodó una película de 18 segundos. “El cine estaba entonces en pañales”, narra el autor, y tiene razón. Utiliza el primer capítulo de su libro para hablar de The Kiss (El beso) de William Heise. En seis páginas se dedica a contarnos algo que parece que a veces se olvida, que el cine es en esencia una ficción. Y esa ficción se ha infiltrado en nuestra realidad, haciendo que cambiemos nuestros comportamientos.
“Cada vez besamos más como si una cámara pudiera filmarnos… Hemos adaptado besos y cuerpos a una estética visual.”
Estas páginas conectan el cine con las redes sociales, la autoimagen y la performance constante del yo. González-Campos no juzga, pero sí incomoda. Nos obliga a preguntarnos cuánto de lo que hacemos responde a un deseo propio y cuánto a una puesta en escena aprendida. Y también nos pide que miremos atrás, al pasado, para darnos cuenta de nuestro recorrido y para preguntarnos hacia donde vamos.
Conocerse a uno mismo: una película incómoda
En un mundo obsesionado con la autoafirmación, el cine como espejo puede resultar incómodo. Muchas películas nos enfrentan a contradicciones, zonas oscuras y emociones que preferiríamos evitar. González-Campos defiende precisamente ese cine que no tranquiliza, que no ofrece respuestas fáciles, que no confirma lo que ya creemos de nosotros mismos.
Esta reflexión se extiende al modo en que consumimos cine hoy: buscamos historias que nos confirmen, no que nos cuestionen. Cine con más cosas invita a recuperar esa incomodidad como parte esencial del amor por el cine.
«Lo malo de conocerse a sí mismo es que existe la posibilidad de no caerte bien y ahora eso parece evitable.»
Humor, provocación y una voz reconocible
Este libro es la segunda parte de una bilogía, aunque puede leerse de forma completamente independiente. Haberlo leído sin conocer la existencia de la primera parte no afecta a la comprensión ni al disfrute, aunque sí despierta la curiosidad por descubrir las películas recomendadas anteriormente y las historias que las acompañan.
El tono cercano y confesional facilita que el lector se sienta cómodo desde el principio, incluso cuando el autor se adentra en temas más densos o personales.
La vena humorística de Arturo González-Campos atraviesa todo el libro. No es un humor gratuito, sino una herramienta para generar reacción. Es complicado no resoplar leyendo algunas páginas, ya sea porque es obvio que apela directamente a la experiencia personal del lector, o porque podemos imaginar perfectamente a quién intenta retratar con cierta ironía.
El autor no esquiva la provocación. Le da igual incomodar si con ello consigue hacer pensar. Un ejemplo claro es la decisión de anunciar que el prólogo lo escribe “el autor más leído del momento” y colocar a continuación cuatro páginas generadas por ChatGPT, justo después de un poema de Federico García Lorca. El contraste es deliberado, incómodo y profundamente significativo en un libro que reflexiona sobre cultura, autoría y consumo.
Amar el cine sin garantías
No tengo la autoridad para afirmar si Arturo González-Campos es un buen crítico cinematográfico. Tampoco creo que la crítica sea el objetivo de este libro. Cine con más cosas no busca sentar cátedra ni dictar qué películas son mejores. Lo que sí deja claro es que el autor ama el cine y entiende ese amor como una relación imperfecta, vulnerable y profundamente humana.
“Amar el cine, como amar a las personas, implica la inseguridad de que todo vaya a salir perfecto y, aun así, seguir amando”.
Esa inseguridad es la que da sentido al cine como experiencia emocional y vital. Ver películas es exponerse, arriesgarse a no conectar, a aburrirse o a salir cambiado. Y aun así, seguir entrando en la sala oscura.
Cine con más cosas es, en definitiva, un libro sobre cine, pero también sobre cómo vivimos, miramos y nos relacionamos. No es un manual ni una enciclopedia, sino una colección de reflexiones personales que utilizan el cine como hilo conductor. Optimizado para quienes buscan recomendaciones, sí, pero sobre todo para quienes entienden el séptimo arte como algo más que entretenimiento. Como un lenguaje, una memoria compartida y una forma de pensar el mundo.
Un libro que demuestra que el cine no se acaba cuando aparecen los créditos, sino que continúa en todo aquello que nos hace sentir, cuestionarnos y mirarnos con un poco más de atención.


