Barrett trae a España a la autora argentina con una novela inquietante
El amor es un monstruo de Dios, la novela de Luciana de Luca publicada por Tusquets en 2023, viene a España de la mano de Barrett. Una historia perturbadora, incómoda y que no deja indiferente sobre familia, muerte, creencias y pasiones.
El amor es un monstruo de Dios
Luciana de Luca presenta El amor es un monstruo de Dios una historia bruta, reflexiva, violenta. Una novela en la que la protagonista crece en una familia peculiar, con un físico diferente y con unos ideales diversos. Una historia en la que la muerte, las moscas y los milagros acceden a estas páginas de una forma inesperada y mágica.
Con un lenguaje único y unas imágenes muy potentes, Luciana nos transporta a este pueblo, a las vidas de estas personas, a un lugar rodeado de moscas, de religión y de juicios. Un lugar donde todo se mueve y donde el amor es un monstruo de Dios.
Una mezcla de ideas
Pregunta: ¿Cómo y cuando surgió la idea de crear El amor es un monstruo de Dios?
Respuesta: La idea de El amor es un monstruo de Dios está muy alejada del momento de la escritura. La idea primigenia tiene más de 10 años. En general, como les pasa a muchos autores y muchas autoras, hay una escena o una situación que viene a ser la disparadora de algo. Esa situación, que era una mosca caminando por el marco de los anteojos de un viejo, quedó congelada en el tiempo y en mi cabeza.
Escribí otra novela en el medio, otros libros, y esa idea estaba ahí. Después, lo que pasó fue que, de alguna manera, mi cerebro escritor trabaja juntando cosas. Empiezo a juntar preocupaciones, intereses… y esa idea se juntó con la idea que había tenido para un cuento.
El cuento es una historia de amor de una dependienta de una ferretería y un albañil. No en la misma idea, pero la cosa de que estuviera fuera de lugar o con ciertas pequeñas diferencias de clase respecto a los ojos de los demás era interesante.
Esas dos ideas se juntan, se amalgamaron, de una manera misteriosa que agradezco. Si hay algo que me interesa es no saber exactamente qué estoy haciendo. A partir de ahí, esas dos ideas se juntaron y empecé. Pero es como si uno empezara a escribir por una rodilla. No empiezo por la cabeza, el cuello, el tronco… Yo empecé por eso, por una rodilla herida. Voy escuchando hacia dónde va la historia.
Una protagonista indeterminada
P: ¿Quién es está protagonista, esta persona que nos narra esa historia?
R: Es una chica o una mujer que se siente distinta. Una mujer, por momentos, sin edad. Hay una indeterminación del personaje que a mí me interesa porque siento que en el trabajo de las lectoras y los lectores van a ir completando y van a ir poniéndolo en el lugar que cada uno quiere.
Creo que, si tuviera que aislarla y pensar en sus características, pensaría que es alguien que se siente por fuera de las cosas que no necesariamente lo esté, pero se siente y hay algo de la percepción que me interesa.
Uno puede encajar totalmente del todo y sentirse un monstruo.
Esa idea me gustaba. Es una hija. Una mujer que es hija y que nunca va a dejar de ser hija. Nunca va a ser madre y se queda atrapada en ese ser hija. En entender que, si no es madre, tiene la capacidad de acabar con esa historia, ser el último eslabón de esa cadena.
Es una hija indeterminada, enojada. Pero también, creo yo, con una mirada optimista en tanto que cree en el amor y cree en la posibilidad de que el arrebato amoroso y el apasionamiento le puede cambiar la vida completamente y llevarla por otro estilo.
Las grietas de la familia
P: Como has dicho, es hija y tiene una familia un poco peculiar. ¿Qué papel tiene esta madre, este padre, este hermano, en El amor es un monstruo de Dios?
R: Me interesa mucho la idea de dónde sucede la grieta, dónde hay algo roto, ahí surge el relato. Nabokov da un ejemplo de la historia de que Pedro y el lobo no sucede cuando el lobo se comió a Pedro, sino cuando Pedro inventó que le estaba persiguiendo el lobo.
A mí me interesa mucho esa idea, esa muesca, ese agujero en las cosas, y entrar por ahí. Todos somos hijos de alguien. Todos hemos ejercido el daño y sufrido el daño, porque es inevitable. Me interesa esa marca del daño, la cicatriz del daño. Pero no como algo para centrarme en el daño, sino para ver cómo se construye a partir de eso, cómo se construye la emotividad, la emocionalidad, la sensibilidad respecto al mundo. Cómo se ve al otro después del daño, después de haberlo sufrido.
Tiene una mirada oscura, pero creo que es más real que ilusionada. Pero a la vez siempre pienso que hay vitalidad en todo esto. Estas son las herramientas que tengo y estas son las herramientas que no tengo, ¿qué hago con eso?
En ese sentido, la familia me parece una fuente de material inagotable. Realmente me parece que me apasiona leer historias sobre familias. Vivo leyendo sobre mitología, me encanta que sea tan universal y tan grande. Porque al final parece que está al orden de lo doméstico.
Es el principio de todo. Porque incluso hasta en la falta de la familia nos hacemos. Salimos al mundo y hacemos guerra o hacemos el bien o salvamos una vida, todo eso por la familia, desde la familia. Me parece un lugar muy nuclear y constitutivo. Los matices que tiene son tan espectaculares como aterradores.
La muerte en la vida
P: En El amor es un monstruo de Dios, la muerte tiene un papel muy importante. ¿Cómo querías enfocar la muerte durante toda la historia?
R: Me encanta esta idea. La muerte para nosotros es muy importante porque es el fin de todo lo que conocemos. Pero todo el tiempo siempre están pasando cosas que tienen que ver con la muerte: en la naturaleza, en los ciclos, en las estaciones, en los ciclos de la vida…
No es solo la muerte desde un punto de vista humano, sino sistémico.
En el sistema en el que vivimos, que está interconectado, hay constantemente muertes y las cosas se transforman y cambian. También supongo que tenga que ver con que vivimos tan asustados de la muerte, que tratar de incorporarla de distintas formas a un relato y entender que es parte de la trama, también me ayuda.
Me interesa la idea de cuán importante es para uno la muerte de alguien y cuán irrelevante es para el mundo. No porque el mundo lo desprecia, sino porque el mundo sigue. La idea de que uno pierde a alguien y sale a la calle y la gente se está riendo, el sol está brillando y es como «no puede ser, están todos equivocados, esto se tiene que suspender». Y no, la vida continúa. Me interesa mucho eso, como si la muerte fuera un animal más de la manada.
EstÁ todo eso: la madre, el padre, los hijos, el amor, el desamor y la muerte.
La masa
P: También tiene mucho peso la religión, las creencias, los milagros… ¿Cómo querías plasmar esto en El amor es un monstruo de Dios?
R: A mí me interesa mucho la religión, la mitología, las fábulas… Soy una persona atea, crecí en una familia casi 98% atea, en una ciudad que no lo es, donde la religión era importante y había mucho vínculo con la religión. Siempre me ha parecido que hay un gran relato, una gran historia ahí.
Leí mucho de mitología, de religión, en enciclopedias cuando era chica. Entonces es parte de mi universo ficcional. En mi caja de herramientas hay mucho que tiene que ver con eso. También mucho del orden de lo religioso se introduce en el día a día y nos ayuda a encontrar explicaciones.
Me gusta eso, mezclado con la cuestión de la masa, de la multitud, que es algo muy actual también. La multitud opinando algo y sosteniendo argumentos, aunque no sean racionales. Esa mezcla me parece muy fascinante, la volatilidad de las opiniones.
Me parece aterrador y fascinante, como todo lo humano.
Me interesa como relato. Porque son narrativas, son maneras de explicarse el mundo. Me interesan todas las maneras de explicarse el mundo. Al menos conocerlas y saber, entender los mecanismos que ha usado la historia, los humanos para entender el mundo, que no se entienden.
Lo descompuesto
P: ¿Qué representan las moscas en esta novela?
R: Yo siempre digo que no escribo autoficción, o sí, pero me disfrazo de que no. Pero por supuesto los materiales son míos. Toda la constitución de mi educación sentimental, parafraseando a Flaubert, transcurrió en un lugar con mucha naturaleza mezclada con ciudad. Una ciudad pequeña, del interior, con un clima muy agobiante. Entonces estaba lleno de insectos, el río se desbordaba…
Estaba muy al borde de lo controlable y me interesa mucho la naturaleza como un elemento que nos recuerda todo el tiempo que no hay control. En el caso de las moscas, lo que se descompone, lo que se pudre.
También me pasaba que, por vivir en ese lugar, todo el tiempo estaba accediendo a cosas descompuestas, como animales muertos, el aire… Dejabas algo y venían las moscas. Había larvas y cosas muy pesadillescas.
Siempre les tuve terror a los insectos. Ese terror se convirtió para mí en una especie de superpoder narrativo. No que yo tenga un superpoder, pero tomo lo de los insectos para convertirlos en personajes y encarnaduras del miedo, de la muerte, de la transformación.
Las moscas en ese caso tienen que ver con eso. No se sabe bien de dónde vienen, estoy bien con eso, no se sabe bien por qué se van, pero están ahí para recordarnos la muerte, lo podrido, lo descompuesto. Que a la vez es absolutamente natural, las moscas no están haciendo nada. Están haciendo su trabajo de moscas. Pero hay algo en el sentido de lo que traen que me parece muy interesante.
La incomodidad permanente de esto no es el final de todo, hay algo más allá. Mi idea no era causar repulsión. Estoy bien con que cada lectora y lector tome lo que quiera, pero es raro para mí. Pero es cierto que las moscas son síntoma de que algo está sucio, de que algo está mal.
El relato social de la sexualidad
P: Hablas también de otros temas más controversiales, como hemos dicho la muerte, pero también la enfermedad, la sexualidad… ¿Cómo querías enfocar estos temas?
R: Me pasa lo mismo respecto del cuerpo, de la sexualidad. Llegamos a la vida y tenemos un relato de lo que es la sexualidad, de lo que es el amor, de lo que debe ser un cuerpo. Todas las sociedades han sido formadas con normas y reglas estéticas en cada época.
Cuando uno entra en ese relato, prácticamente todo se sale de la norma.
Todo se sale de lo heteronormativo, de lo que es bello. También pasa en el amor. El amor es mucho más rústico, bruto, a veces hasta dañino de lo que uno cree principalmente que es el amor.
Pasa lo mismo en la sexualidad. Me interesa la sexualidad como un espacio de desconocimiento, de aproximación y de búsqueda, de pregunta. Digo la sexualidad, pero también el cuerpo.
El cuerpo no es una herramienta para la sexualidad. El cuerpo tiene otra sensibilidad de cómo se ubica uno frente al tumulto de gente
Cómo se ve uno mismo, como si fuera un territorio de exploración que definitivamente lo más a mano que tenemos es la norma. Y luego tenemos todo lo demás. Que es espeluznante, fabuloso, sorprendente. Y ahí me interesa ir todo el tiempo.
Por eso me interesa la idea de que la sexualidad llegue como algo intempestivo, no pensado, que haya llegado en algunos momentos como algo violento. Porque creo que muchas aproximaciones a la sexualidad son violentas y no lo sabemos, y nos damos cuenta de más grandes.
No me refiero necesariamente a una cuestión de abusos, sino a algo brutal en la sexualidad, en conocerse íntimamente con otras personas, que hasta que uno termina de refinarlo. Refinarlo también tiene que ver con conocer el deseo de uno, adiestrar ese deseo y ver de qué manera ese deseo procede bien, lleva tiempo. Pienso en todas esas cosas juveniles o muy salvajes y me interesan como campo narrativo.
La violencia del lenguaje
P: Utilizas un lenguaje muy oscuro, muy crudo. ¿Cómo llegas a este lenguaje?
R: Inicialmente escribí poesía siempre. Hay algo del trabajo de muchas dimensiones. La palabra como algo multidimensional: tiene música, ritmo, forma, maneras de caer en la hoja, de caer en el relato… Para mí, me resulta casi un juego, casi un deporte, buscar palabras, encontrarlas, ver si suprimo algo y funciona mejor… Pero escribo pensando, no es algo que haga luego.
Por supuesto, corrijo y edito, pero escribo pensando en eso, de qué manera puedo jugar. Hay algo de la desobediencia que me gusta mucho, en general con todo. Me gusta mucho de la desobediencia sobre las reglas, incluso en las ortográficas, sobre la sintaxis, que sé que a veces puede generar incomodidad. Pero me gusta mucho.
Siento que la literatura es un lugar en el que yo tengo que aprender mucho para luego poder estirar esos límites.
Siento que todo el tiempo estoy aprendiendo. Pero a mi manera de “yo ya sé esto, voy a saber un poco más” y entonces lo voy a empujar y lo voy a estirar a ver hasta donde llego. El uso de las palabras, saber que tengo a disposición el idioma español es increíble.
Leo un poco en inglés, no leo mucho en otros idiomas, pero me encanta el español. Me encanta escribir en español, es mi mayor felicidad. Me parece un idioma increíble. Es como una cascada que viene de una montaña y no se acaba nunca.
Se trata de eso, de en cada texto, en cada novela, en cada proyecto, ir un poco más allá. Ahora quiero escribir con palabras que no escribí, ahora quiero que haya una temperatura. ¿Cómo hago para que este libro tenga esta temperatura? ¿Con qué la sostengo? ¿Con qué palabras se sostiene? Así con todo.
El estado de escritura es mi estado ideal.
Son esos años en los que me enojo y sufro y la pasó mal y me odio. Después a veces me quiero. Muy pocas me amo, pero ese estado en el que estoy en ese mundo, haciendo eso, es el estado ideal. Las palabras están ahí, solo hay que ir a buscarlas. Muchas veces leo diccionarios. Leer el diccionario es una de mis pasiones.
No poder salir nunca de un lugar
P: Tiene mucha simbología esta ambientación, este pueblo en el que ocurre esta historia. ¿Por qué elegiste este pueblo? ¿Que todo pasase en este lugar?
R: Hay algo extraño que me pasa con ese lugar, que es que no puedo dejar de escribir de él. Ese lugar, en mi cabeza y en mi sistema nervioso, es un lugar muy especial para mí. Es como un lugar imaginario, que está conformado por muchos elementos de la realidad, pero luego está todo lo que yo fui agregando.
Siempre estoy escribiendo de este lugar. Y siento que todo lo que escribo tiene que ver con eso: los personajes han salido de ahí o son personas que están ahí o es el pasado de ese lugar o es el futuro de ese lugar. Pero hay algo de haber encontrado un territorio y una especie de configuración de personajes que tienen que ver con ese territorio que a mí me da mucho gusto. Porque además lo voy descubriendo, él me inventa a mí y yo le invento a él.
No es que yo tengo todo el control. Toda esa idea que tengo de pueblo, de presión, de calor, también de frío a veces, ese clima… me va dando mucho material para escribir. Siempre siento que yo me estoy moviendo. Está este lugar, pero yo me esto moviendo de punto de vista.
Voy escribiendo sobre distintos personajes, sobre distintos momentos, pero desde ese lugar. Tengo cuentos escritos sobre ellos. En los cuentos y en las novelas, todos los personajes se repiten. Algunos velados, otros que si no has leído todo no te vas a dar cuenta, pero están todos relacionados y son parientes o son los mismos o son vecinos. Pero siempre los mismos. Como un universo.
No fue adrede. Viví muchos años en una ciudad del interior en la que desarrollé todo. Me pasé toda la vida queriéndome ir. También por mi historia familiar. Pero había algo ahí. Yo nací en Buenos Aires, entonces siempre quería volver.
Me pasé la vida queriéndome ir de ahí y, cuando me fui, empecé a escribir de ahí intensamente. Ya nunca me voy a poder ir de allí. De ese lugar, que es un poco imaginario. Siento que ya está, ese es mi lugar. Quizá algún día pueda escribir sobre otra cosa, pero ahora no.
Un proceso vital
P: ¿Cómo es tu proceso creativo? En general y en El amor es un monstruo de Dios.
R: Caótico, confuso, muy emocionado. Suele tomar mucho tiempo. Cuando digo mucho tiempo no es solo tiempo de escritura. Necesito pensar muchísimo antes de la escritura. Entonces por un lado pienso en la historia.
Por otro lado, voy leyendo cosas. A veces cosas completamente ajenas a lo que estoy escribiendo, que no tienen nada que ver, justamente para encontrar información, ideas. Pero pienso mucho en las cosas. Soy mamá, tengo dos hijos que ahora son grandes, adolescentes.
Me tuve que acostumbrar a seguir queriendo escribir cuando no podía.
Desarrollé una especie de canal en la cabeza en el que siempre estoy escribiendo y tomando notas. Eso se trasladó con el tiempo a tomar notas en papeles, en la computadora, en el teléfono, en cuadernillos, para no olvidarme. Y a partir de ahí, voy incorporando esos textos a la idea general, de a poco, y voy probando si funciona y si entran o no.
Pero en general con un carácter obsesivo con el nivel de apasionamiento que le dedico a esto. Es lo que más me gustaba desde que tengo siete años y descubrí que me gustaba escribir. Es lo que toda la vida quise hacer. En realidad, toda la vida lo hice. Luego pasó lo de publicar, que no era mi prioridad. Publiqué bastante grande, a los 35 publiqué mi libro de cuentos.
Siempre escribo. Ahora se sumó lo de publicar, pero creo que hubiera seguido escribiendo igual. Tengo un montón de cosas escritas que no voy a publicar nunca, me llevo bien con eso.
No creo que todo lo que escriba se tenga que publicar.
Son textos que sé que tengo que escribir para poder llegar a otra cosa, para poder hacer el trabajo. Pero es muy interesante. Tengo períodos. Períodos de catástrofe y derrumbe que me vuelvo a leer y digo “¿Qué esto haciendo? Esto es un horror. Voy a destruir todo”.
Me ha pasado de reescribir una novela completamente entera porque no estoy logrando lo que quiero. Me mueve mucho el entusiasmo, el entusiasmo por las cosas. Tengo entusiasmos que ni yo entiendo por qué los estoy teniendo.
Soy una persona que está atenta. Me gusta esto, tengo cierta porosidad que disfruto mucho. Me gusta mucho mirar y escuchar. Todo eso se suma.
Es un proceso que va teniendo momentos. Con los años he aprendido a sentarme y escribir. Creo que con la última novela aprendí mucho el valor de la relectura, de volver a leerme, de cuando una se sienta y dice “día perdido, hoy no puedo escribir”, yo me releo. Yo me releo, me releo y me releo hasta odiarme y volverme loca.
Aprendí a corregir, aprendí a borrar, aprendí a no enamorarme de las ideas.
Creo que sigo aprendiendo eso, pero la prioridad es el texto. A mí me tiene que gustar y yo soy la primera persona a la que le tiene que gustar. Si a mí no me gusta, no creo que se lo de a leer a nadie. No por una cuestión soberbia, no puedo publicar algo con lo que no esté conforme. Ni siquiera escribirlo. Voy atravesando esos distintos territorios, como si fueran paisajes.
Finjo que estoy cocinando, que estoy haciendo cosas, pero siempre estoy escribiendo y hablando sola en mi cabeza. Es muy genial. Durante años pensé que estaba loca porque hablo mucho sola. Después me di cuenta de que todo eso tributaba del mismo lugar.
Es un proceso muy vital, no está separado de mi existencia, trata de abrirse espacio entre que hago milanesas y lavo los platos y firmo notas del colegio y hago las compras, pero casi que todo eso es una fachada para ocultar que realmente estoy escribiendo siempre.
Personajes incompletos
P: En este proceso creativo también entra la creación de estos personajes. ¿Cómo haces estos personajes? ¿Cómo los creas?
R: Van surgiendo mientras escribo. Lo que después siento que tengo que prestar atención es de qué manera uno presenta un personaje. Porque una no puede presentarlo como “esta es tal, tiene tantos años, está acá o se viste así”. A mí en general me interesa que me den casi parcialidades de los personajes.
Me gusta cuando yo puedo poner también como lectora. Pienso en los personajes de Clarice Lispector, por ejemplo, que siempre son como si estuvieran desarmados. Es un personaje entero, pero no está muy claro qué características tiene o a veces sobresale una voz.
No sé, algo. Me gusta eso, me gusta la idea de tratar de definir a los personajes a veces incluso por su falta, por sus carencias. Pero nunca me pasó hasta ahora de hacer un personaje y luego rellenar qué le pasa.
Será porque también es un capricho mío de lectora. Me encanta cuando siempre termino pensando “¿habré entendido lo que quiso decir la autora?”. Creo que no importa, a mí no me importa mucho si entiendes, yo quiero que les guste, que disfruten con la lectura.
Una imagen goyesca
P: ¿Por qué decidiste este título, El amor es un monstruo de Dios? ¿Y cómo surgió la portada? Que, por cierto, es increíble.
R: El título originalmente se llamaba El amor es el monstruo favorito de Dios, que me gustaba. Pero mi editora argentina dijo «dejémosle El amor es un monstruo de Dios». Y yo confío mucho en ella porque, primero fue la primera persona que me leyó, y además de darme una devolución que no sé si merecía. Me tuvo en cuenta y me publicó y fue muy valioso.
Tiene mucho olfato para estas cosas y entiende cómo veo yo la literatura. Y entiende que hay algo que tiene que estar en sintonía. Me dijo “va a quedar mejor, más limpio, más corto” y se lo acepté.
La portada de Barrett es una locura. Toda la edición. Porque uno lo despliega y es un tríptico. Eso lo eligieron ellos. Cuando me escribió Barrett para ver si yo quería publicar, creo que me desmayé porque era una editorial que yo seguía, me encantaba y me parecía inaccesible.
Cuando me enviaron la tapa fue muy gracioso porque yo la vi y mi primera impresión fue «eso es espectacular» porque me hacía pensar un poco en Goya, en una pintura muy muy fuerte, con mucha personalidad. Después dije «ay no, es más oscura la tapa que el libro», pero a mi alrededor me decían «No, está bien».
Yo me asusté, me pareció tanto en el buen sentido que me desbordó. Después me dí cuenta de que no porque al verla hay algo cómico en la tapa. Esta mujer que le patea el culo al esqueleto, la trompeta, como esta cosa del ángel de la muerte expulsado. Ahí me di cuenta que tenía mucho sentido del humor y que es algo que a mí me importa muchísimo.
También me pasó lo mismo: confié en ellos porque conocen su editorial, es hermosa y todos los libros tienen unas portadas increíbles. Dije «yo me entrego perfectamente» y tenían toda la razón del mundo. Realmente estoy muy fascinada con la portada. Hay un montón de gente en Argentina que se lo quiso llevar o lo compró por Amazon para tenerlo porque les encanta.
La importancia de los regionalismos
P: ¿Hay alguna diferencia entre la edición de El amor es un monstruo de Dios de Argentina con Tusquets y la española con Barrett?
R: No. Está la diferencia de la portada, de la biografía como está planteada y creo que de la contratapa. En cuanto a la edición, es exactamente la misma por suerte. Incluso se respetaron regionalismos, que eso me interesa. Yo también leo escritores que usan esos regionalismos, y hay lectores y lectoras españoles a los que no les gusta. A mí me encanta cuando ponen palabras que no conozco y regionalismos.
A veces una las entiende incluso por contexto y no tienes que ir a buscarlo. Me pasó con Calabobos de Luis Mario, por ejemplo. Me encantó ese libro. Había un montón de cosas que yo no entendía. Lo mismo me pasó con Panza de burro de Andrea Abreu. A mi no me molesta particularmente.
De hecho, me encanta que no me saca del texto, no me saca del mundo de la lectura. Entonces se respetan algunos regionalismos. Pero por suerte compartimos idioma y estamos todos a salvo.
Referentes y deidades
P: ¿Quiénes han sido tus referentes, tus influencias? ¿Qué referencias literarias has tenido para escribir El amor es un monstruo de Dios?
R: Tengo períodos de amor con autoras y autores. Siempre estoy leyendo algo nuevo. Pero no algo contemporáneo, me refiero nuevo en general. Siempre estoy buscando.
Por supuesto, me gusta mucho Irene Solà. Es una autora que me sorprende mucho. A partir de ella descubrí a Mercè Rodoreda, que me encanta también. Después tengo mi canon personal de autores y autoras. En general más mujeres que hombres, sin desmerecer a los hombres.
António Lobo Antunes, que es un escritor portugués que falleció hace muy poco, es uno de mis escritores preferidos y me enseñó cosas que no sabía que se podían hacer. No sabía que se podía escribir así hasta que lo leí a él, que fue más o menos en mis 20.
Sara Gallardo, Clarice Lispector, Silvina Ocampo. Ellas tres son casi mis deidades literarias. Me gusta mucho Anne Sexton, me gusta mucho la poesía. Anne Carson. Me gusta muchísimo Federico García Lorca, muchísimo muchísimo. Me gusta mucho su teatro y su poesía. Tolstói, Chéjov, Dostoyevski, Balzac. He leído mucho.
Me enloquecen los griegos. Vengo casi un año y medio leyendo a los griegos sin parar. Hesiodo, Heráclito. La mitología me interesa mucho. Me he leído ahora una obra, no sé si está en España, que se llama Ni bosque ni sonido, que es un ensayo sobre Safo, la poeta y es espectacular.
Me pasa con las escritoras que leo que me gustaría ser ellas. Otra autora argentina, que ahora están haciendo rescates, que se llama Elvira Orphée, que era de Tucumán, que es de otro planeta. Es leerla y decir «yo quiero ser ella». Que envidia, quiero escribir así, quiero hacer lo que hacen ellas.
Encontrar nuevas lecturas
P: ¿Qué quieres que se lleven tus lectores cuando lean El amor es un monstruo de Dios?
R: Quisiera que disfruten. Desear que un lector o lectora disfrute como uno ha disfrutado con un libro es lo mejor. Que descubran a una autora que les guste, que les de ganas de leer otras cosas, que les guste la idea de pensar a quién leo, a quién leyó ella. Que vayan a buscar a los autores que digo. Que conozcan a Elvira Orphée. Porque hay tanto ahí.
Cada autor tiene su mundo, su constelación de referencias. Que les guste El amor es un monstruo de Dios. Que lo disfruten a su manera y que conozcan a una autora. Que digan «leí otro libro y me gustó».


