El cantante puertorriqueño consagra una noche para el recuerdo con más de 17.000 personas en el Movistar Arena de Madrid
El 20 de mayo, en una noche que pareció suspendida en la mitad exacta entre la primavera y el verano, Myke Towers volvió a Madrid. No era una visita cualquiera: se trataba del arranque de su esperada gira europea y, también, de su regreso a una ciudad que ya lo había visto brillar. Pero esta vez era distinto. Más de 17.000 personas abarrotaban el Movistar Arena, conscientes de que asistían no solo a un concierto, sino al ritual del regreso de un artista que ha sabido crecer sin despegar los pies del suelo.
A las 21:27, las luces del recinto se apagaron con precisión quirúrgica. Un rugido colectivo se alzó desde las gradas y la pista como si el público supiera que lo mejor estaba por comenzar. Desde el fondo del escenario, una pantera negra gigante —el emblema silencioso del espectáculo— comenzó a inflarse mientras las primeras notas sacudían el aire. Myke Towers apareció entonces, vestido con un chándal blanco de lentejuelas, subido a una plataforma y con el aplomo de quien sabe que ya no necesita presentarse. “¡Quiero saber cómo se encuentra Madrid! ¡Que se sienta la bulla!”, gritó. Y Madrid rugió.

La primera descarga fue fulminante: Reverendo, Competencia, Vetements. Así comenzaban cien minutos de música sin tregua, un maratón de casi cincuenta canciones que cruzaban sin complejos el trap más denso, el reguetón más coreado y los hits que han colocado al puertorriqueño en la cima del streaming. Era un concierto sin apenas pausas, sin largos discursos, sin distracciones escénicas. Solo música, luces y una pantera inmóvil que parecía observarlo todo desde su altura.
A lo largo del espectáculo, Towers fue tejiendo un relato de presente y pasado. No tardaron en llegar himnos como Si Se Da, que convirtió el recinto en un gigantesco karaoke, o Lala, que estremeció a quienes todavía conservaban voz. En el centro de todo, él: contenido pero enérgico, sobrio pero magnético. Apenas hablaba entre canciones, como si prefiriera reservar su voz para las letras, para los versos dedicados —una y otra vez— a sus “babys”, sus “reinas”, a ese público mayoritariamente femenino que gritaba cada palabra como si se tratara de una consigna.
Un espectáculo que hacía los sueños realidad
El ambiente era el de una fiesta, pero también el de una comunión. A las 22:30, un momento que bien podría haber sido escrito de antemano en la crónica emocional de la noche: un chaval en la pista alza una pancarta. “Mi sueño es cantar Mírenme ahora contigo, Myke”. El deseo se cumple. El chico sube al escenario, agarra el micrófono con pulso firme y canta. Towers lo mira, le da espacio, le cede protagonismo e incluso le graba con su propio teléfono. Durante unos minutos, el escenario deja de ser de un artista para convertirse en una plataforma de sueños cumplidos.

No fue el único. A lo largo de la segunda mitad del concierto, hasta diez fans subieron al escenario. Algunos lloraban, otros se tomaban selfies, algunos más atrevidos improvisaban versos o bailaban como si no existiera un mañana. La escena, aunque repetida, no perdió frescura: era el reflejo de una conexión genuina entre artista y público, sin grandes alardes ni paternalismos.
Cien minutos de canciones, cien minutos de himnos
El repertorio se sucedía como una marea incesante. Sonaron Almas gemelas, Explícito, Qué quieres de mí, La capi, Diosa o El cielo. Myke, cada vez más sudado, se quitó la chaqueta de lentejuelas y bebió agua sin prisa, pero sin detener nunca el flujo del concierto. Las colaboraciones no faltaron: La curiosidad, New Era, Playa del inglés, Degenere. El estadio entero respondía como un solo cuerpo.
Y entonces, a las 23:15, sin previo aviso ni espacio para un bis, llegó el final. “Esta es la última canción: todas las mujeres, agárrense la falda”. Las primeras notas de La falda estallaron como un último cañonazo. Confeti, luces, brazos en alto, flashes. Myke Towers se despidió entre brillos, sonrisas y un “¡Gracias, Madrid!” que se proyectó en las pantallas mientras se retiraba del escenario, ya sin camiseta, con la serenidad de quien ha cumplido con creces.

Con este inicio, Myke Towers no solo da el pistoletazo de salida a su tour europeo; también revalida su título de rey del directo y de los corazones latinos. Este miércoles repite en Madrid, y luego le esperan otras grandes plazas del país: Barcelona, Málaga, Valencia, Sevilla. Pero lo que ocurrió este 20 de mayo en el Movistar Arena ya es parte de su leyenda.

