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Campo de Criptana: el corazón cervantino de La Mancha late con los sabores de ‘Sabor Quijote’

Un fin de semana para saborear la esencia manchega entre patrimonio, música y atardeceres inolvidables

Hay lugares que no se recorren, se respiran. Que no se entienden con mapas, sino con el pecho abierto. Lugares que se graban en la memoria no por lo que ofrecen, sino por lo que despiertan. Campo de Criptana es uno de ellos. Basta con pisar sus calles para notar que hay algo distinto, algo que no se deja atrapar del todo, pero que se siente. Sus fachadas encaladas, sus esquinas silenciosas, el eco del viento colándose entre los muros… todo parece susurrar una verdad antigua y esencial, como si el tiempo aquí se hubiera detenido un segundo más que en otros lugares. Como si Criptana no necesitara gritar para que la escuchen.

Durante los días 11 y 12 de julio, ese susurro se volvió coral. Se hizo voz colectiva. Se hizo aplauso, risa, bocado, música. Porque por aquí pasó Sabor Quijote, ese festival que ya no es solo una cita gastronómica o cultural, sino una forma de mirar La Mancha con otros ojos. Más atentos. Más curiosos. Más agradecidos. Es un reencuentro con lo propio, una caricia al patrimonio, un homenaje a la gente que sigue creyendo que la belleza está en lo cercano, en lo sencillo, en lo auténtico.

Campo de Criptana no fue escenario, fue protagonista. Y lo que allí sucedió durante ese fin de semana no se mide en cifras ni en notas de prensa. Se mide en sensaciones. En las ganas de quedarse un poco más. En la certeza de que hay lugares que no solo se visitan: se quedan dentro.

Don Quijote y Sancho Panza en Campo de Criptana | Fuente: Sabor Quijote
Don Quijote y Sancho Panza en Campo de Criptana | Fuente: El Generacional

El viaje comenzó en el Pósito Real, que no es un lugar cualquiera. No es solo un edificio antiguo ni una reliquia arquitectónica: es un testigo de siglos, un emblema de lo que fue y de lo que sigue siendo esta tierra. Allí se almacenaba el grano, sí, pero también la esperanza de todo un pueblo. Era el pulmón económico de otra época, el refugio frente a la escasez, el símbolo silencioso del esfuerzo comunitario y del pan compartido. Hoy, reconvertido en espacio cultural y patrimonial, sigue cumpliendo su función: alimentar. Aunque ahora lo hace de otra forma.

En sus muros de piedra aún resuenan ecos de trueques y jornales, de días de sol partido y manos callosas. Y por eso no sorprendió que fuera ese el punto de partida. Porque Sabor Quijote no quiso empezar por lo anecdótico, sino por lo profundo. Por lo que de verdad arraiga. En esa antesala de la tierra y del trabajo, se ofreció un recibimiento que fue más que cálido: fue auténtico. Una bienvenida sencilla, pero llena de sentido. Dulces tradicionales, palabras sinceras, hospitalidad sin imposturas. Como quien abre su casa y pone la mesa sin alardes, pero con el alma.

Allí comenzó el primer contacto con esa identidad que no se enseña en las aulas ni se exhibe en los museos, porque vive en la forma de ofrecer una copa, de contar una historia, de mirar a los ojos. Una identidad que solo se puede entender caminando. O degustando.

Campo de Criptana: la cuna de don Quijote

Desde ahí partió la ruta teatralizada por el barrio del Albaicín, esa joya encalada que sube y baja entre callejas estrechas, balcones floridos y postales que no necesitan filtros. Pero esta vez no fueron varios actores ni un despliegue escénico al uso. Fue solo uno. Un actor —excelso, preciso, magnético— que encarnó a Miguel de Cervantes sin más escenografía que su voz, su presencia y el silencio atento de quienes lo escuchábamos. Sin micrófonos, sin focos, sin efectos. Solo palabras. Y bastó.

Teatralización de Miguel de Cervantes en Campo de Crptana con Sabor Quijote | Fuente: El Generacioanl

Durante el recorrido, sus discursos y monólogos nos fueron desnudando a Cervantes de los libros y devolviéndolo a la calle, al polvo, al viento que soplaba entre los tejados. Parecía que hablaba con nosotros y no para nosotros. Como si se hubiera escapado de su tiempo y viniera a recordarnos, con tono cálido y sonrisa ladeada, que el alma de La Mancha no está en los decorados, sino en la forma en que una voz sola puede llenar una plaza entera de sentido.

La representación concluyó en lo alto del cerro, frente a los molinos, justo cuando el sol comenzaba a caer. Y entonces ocurrió algo más difícil de narrar: la belleza se volvió total. Contemplamos uno de los atardeceres más hermosos que habíamos visto en años, y no es una frase hecha. El cielo se tiñó de naranjas imposibles, el viento templó la tarde y todo —los molinos, la piedra, los rostros— adquirió una calidez de postal eterna.

El mejor atardecer de España, entre molinos

Mientras caía esa luz suave, llegaron los sabores: productos locales, embutidos, quesos, dulces, vinos… servidos con ese cariño que solo se da cuando uno siente que está ofreciendo lo mejor de su casa. Entre bocado y bocado, hubo tiempo para los discursos institucionales, para la presentación del vídeo oficial y para compartir ese “buen rollo” real, palpable, que a veces se escapa en los actos programados pero que aquí apareció solo, como invitado de honor.

Fue una tarde para guardar. Porque allí, en ese encuentro entre lo teatral, lo gastronómico y lo poético, el presente y el pasado se miraron a los ojos. Y Campo de Criptana nos recordó —sin decirlo— que hay veces en que basta con estar. Escuchar. Mirar. Y agradecer.

El programa “Sabor Quijote” de la Diputación de Ciudad Real culmina un fin de semana repleto de actividades en Campo de Criptana con el objetivo de dinamizar el turismo provincial
Autoridades locales en Campo de Crpitana con Sabor Quijote | Fuente: El Generacional

El cerro de La Paz, bajo el cielo limpio del verano, fue escenario de otra conexión perfecta: la del arte con el alma. En el marco del Airén Fest, el grupo Maruja Limón desplegó su energía entre guitarras, palmas y palabras. Y mientras la música avanzaba, las copas tintineaban con alegría contenida. Bodegas locales ofrecieron sus vinos como quien comparte una herencia. Cada sorbo hablaba del suelo, del sol, del esfuerzo.

Una tradición, una forma de vida

El sábado llegó con la luz temprana y ese silencio sereno que solo se da en los pueblos cuando el día aún está despertando. Las calles se desperezaban poco a poco y, en el cerro, el viento ya empezaba a hacer su trabajo entre las aspas. La cita era ineludible: la molienda tradicional. Un gesto ancestral que ha sobrevivido al paso de los siglos sin perder un gramo de autenticidad. Ver girar lentamente los brazos del molino, escuchar el crujido del grano al ser molido entre piedras, oler el primer aliento de la harina recién nacida… fue como abrir una ventana al pasado. Como entrar, sin previo aviso, en una escena de otro siglo. Y lo más asombroso: seguía siendo útil. Seguía siendo verdad.

No era una recreación para turistas ni una postal prefabricada. Era el pulso de una historia que se niega a morir. Y por eso la emoción era tan palpable. Porque ese molino no solo trituraba trigo: trituraba tiempo, y lo devolvía transformado en experiencia, en memoria compartida. Había algo sagrado, casi ritual, en ese movimiento circular y constante, como si por unos minutos todos hubiésemos comprendido la belleza de lo simple, la sabiduría de lo lento.

Después de esa experiencia, el recorrido se volvió más íntimo, más pausado. Una especie de recogimiento cultural. El Centro de Interpretación del Molino sirvió como puente para entender, desde lo didáctico y lo simbólico, la magnitud de lo que acabábamos de vivir. Porque uno sale distinto de una molienda. Más consciente, más conectado.

Una tierra llena de historia y mucho arte

Luego llegaron las visitas a los museos, y con ellas, nuevos matices de identidad. El espacio dedicado a Sara Montiel, la diva que llevó el nombre de Criptana por medio mundo, destila una elegancia antigua, un perfume de celuloide y copla que aún flota en el aire. Sus trajes, sus discos, sus imágenes… componen un altar laico a esa mujer que, sin dejar de ser universal, nunca dejó de ser de aquí.

El museo del Gigante del Vino fue la otra cara de esa moneda simbólica. Porque si Sara representa el arte que canta, el vino representa el arte que se bebe. Aquí, el vino no es solo bebida: es carácter, es tierra, es resistencia. Cada botella que se abre cuenta una historia de clima extremo, de suelos duros, de vendimias al alba. Y por eso también se brindó. No solo por el sabor, sino por todo lo que representa.

Degustación de vinos y productos locales en Campo de Criptana con Sabor Quijote | Fuente: El Generacional
Degustación de vinos y productos locales en Campo de Criptana con Sabor Quijote | Fuente: El Generacional

Criptana no fue una parada más en el itinerario de Sabor Quijote. Fue, quizá, la más simbólica de todas. Porque aquí, en esta llanura de gigantes y silencios, nació la imagen más poderosa de la literatura castellana. Porque aquí el sabor no es solo gusto: es gente, es paisaje, es memoria convertida en presente.

En estos dos días, Campo de Criptana se mostró al mundo como lo que es: un corazón que late al compás de sus molinos, un refugio donde lo rural y lo contemporáneo se dan la mano sin complejos. Un lugar que no necesita disfrazarse para brillar. Porque su fuerza está justo en lo contrario: en su verdad. En lo que fue y en lo que sigue siendo. En esa forma tan suya de recordarnos que, a veces, para avanzar, hay que volver a los orígenes.

Y qué suerte haberlo hecho con los cinco sentidos abiertos, dispuestos a escuchar, a probar, a mirar. Y a quedarse un poco más.

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