«No tengo nada que ponerme» es una frase que todo el mundo -o casi todo- ha dicho en algún momento de su vida. La moda ha dejado de ser una expresión artesanal y artística para convertirse en un ejemplo más de la sociedad líquida en la que vivimos. Nos encaprichamos de una prenda de ropa para llevarla en un par de ocasiones, con suerte, y desecharla en cuanto nos hemos cansado de ella o ya ha pasado de moda.
La industria y el sistema nos han inducido a este consumo insaciable y temporal donde nos cansamos pronto y nada dura demasiado. Esto tiene parte de culpa a la hora de que la moda sea vista como algo frívolo y superficial. Tampoco ayudan las redes sociales y el surgimiento de la figura del influencer, que basa su contenido en el consumo de productos y la publicidad. Es innegable el sentido estético de la ropa. La vestimenta nos proporciona estatus, refleja quienes somos y ha sido empleada a lo largo de los siglos con un propósito más allá de cubrirnos el cuerpo. Por la ropa que una persona lleva podemos saber su estado de ánimo, sus gustos y hasta el estilo de vida que sigue.
La moda justa. Una invitación a vestir con ética (Anagrama) es el libro de Marta D. Riezu, periodista de Vogue, Vanity Fair, El País o El Mundo, entre otros; donde informa y reflexiona sobre la importancia de vestir con conciencia para salvar el planeta. El libro no busca hacer sentir mal a quienes lo leen. Podemos encontrar la información dividida en una primera parte que aborda los problemas y una segunda parte donde se plantean las propuestas para aplicar una compra más ética y consciente con nuestro entorno.
La democratización de la moda ha supuesto un punto de inflexión en su producción. Todo el mundo tiene acceso a la ropa que quiera por un precio asumible, cualquiera puede ir a la moda pagando una cantidad nimia por los productos. Un ejemplo de lo que me refiero es el gigante asiático Shein, que presume de incluir en su página web quinientas prendas diarias con precios que difícilmente son justos con los trabajadores.
Pocas cosas nos remueven la conciencia cuando se trata de satisfacer nuestro afán de compra, pero el coste que pagamos por las prendas debería hacer saltar la voz de alarma y cuestionarnos las condiciones en las que se está fabricando nuestra ropa. Marta D. Riezu lo dice muy claro: «Los precios pueden mantenerse bajos estrujando a los proveedores, produciendo en países en desarrollo en condiciones laborales pésimas y plagiando con descaro ideas de otros diseñadores». ¿Y qué hacemos para comprar ropa de calidad a precios que nuestro bolsillo se pueda permitir? Para la autora es fácil. No hace falta tener tanta ropa, y en caso de necesitar comprar algo, acudir a marcas que produzcan con una mirada ética y sostenible de verdad. Marcas locales que conozcan el proceso de fabricación, la procedencia de sus tejidos y tengan contacto con todos los eslabones de la producción. La clave es crear un buen fondo de armario que nos permita conservar prendas atemporales y de calidad que poder combinar a lo largo de nuestra vida sin necesidad de pasar por las grandes multinacionales en cada cambio de estación.
Cifras
Según los datos, el 98% de los trabajadores que confeccionan ropa se encuentran en una situación de pobreza. Un 75% son mujeres. Además, «la industria de la moda provoca un 10% de las emisiones mundiales de carbono». Es la segunda manufactura que más agua consume y la responsable del 20% de la polución de los océanos». En esta pequeña biblia sobre el consumo ético en el mundo de la moda se ahonda con mayor precisión en las cifras, que resultan devastadoras para el lector. En el libro encontramos las bases de lo que debería ser una moda más ética con el medio ambiente y el cambio climático: el bienestar social, que afecta a las vidas y a la dignidad de los trabajadores, y el bienestar de la Tierra.
Las impactantes imágenes del desierto de Atacama, convertido en vertedero de ropa, o la contaminación de los ríos en Asia son una problemática que tiene su origen hace 50 años con el surgimiento del fast fashion y amenazan al medio ambiente.
Soluciones
Volver a remendar la ropa como hacían nuestras abuelas o comprar prendas de segunda mano no solo alarga la vida de las prendas que nos ponemos sino que contribuye de forma significativa a reducir las huellas de la contaminación de la industria textil. Para dar buena cuenta de las joyas a las que podemos ofrecer una segunda vida, existen personas que se dedican a buscar y seleccionar prendas en perfecto estado para que podamos seguir disfrutando de ellas. Cuentas de Instagram como De ayer con buen hacer https://www.instagram.com/deayerconbuenhacer/?hl=es o De su padre y de su madre https://www.instagram.com/desupadreydesumadre/?hl=es se encargan de convertir la segunda mano en un bonito escaparate al que acudir para sustituir a la gran industria textil por un lugar más concienciado con el cambio climático.


