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La epidemia del fentanilo y la corrupción que la alimenta

En la sombra política, el fentanilo despliega su tejido mortal sin restricciones

Orígenes enmascarados

En los recónditos corredores de la industria farmacéutica, el fentanilo, inicialmente destinado a aliviar el dolor en pacientes terminales, ha experimentado una metamorfosis siniestra que lo ha catapultado hacia el oscuro mercado ilegal. Su viaje desde laboratorios legítimos hasta la clandestinidad pone al descubierto cómo una sustancia diseñada para mitigar el sufrimiento humano se ha convertido en una amenaza letal que se cierne sobre comunidades enteras. La corrupción en la regulación farmacéutica actúa como la fuerza gravitatoria que ha permitido al fentanilo desviarse de su propósito original. Laboratorios, impulsados por la insaciable búsqueda de ganancias, han abandonado la senda de la atención médica legítima para sumergirse en la producción clandestina. Esta corrupción, más allá de distorsionar la noble misión de mejorar la salud pública, ha engendrado un lucrativo mercado ilícito que se nutre de la vulnerabilidad de las comunidades.

La corrupción farmacéutica

Este desvío sutil pero letal comienza en las esferas más elevadas de aprobación y regulación, donde los fabricantes, guiados por la insaciable búsqueda de ganancias, orquestan una red de influencias que teje la trama de la ilegitimidad. La influencia en los procesos de aprobación y regulación se erige como el primer eslabón de la cadena corrupta. Mediante prácticas como el soborno y el lobbying indebido, los fabricantes buscan torcer el camino hacia la aprobación fácil. Con la regulación debilitada, los laboratorios en un inicio comprometidos con la producción legal de fentanilo para uso médico, comienzan a desviarse. Algunos fabricantes impulsados por la codicia desmedida, establecen laboratorios clandestinos al margen de cualquier supervisión gubernamental, donde la producción masiva de fentanilo se realiza sin los controles de calidad y seguridad esenciales.

Produce efectos como: relajación, euforia, alivio del dolor, sedación, confusión, somnolencia, mareos, náuseas y vómitos o retención urinaria | Fuente: Pixabay @artbykleiton

 

Negocio de interés

La corrupción, sin embargo, no solo se arraiga en la producción y distribución ilegal, sino que también contamina los mecanismos de control y fiscalización. Funcionarios gubernamentales, seducidos por sobornos o coartados por intereses individuales, hacen la vista gorda ante las actividades ilegales, creando una impunidad que permite que la producción clandestina persista sin restricciones. Con ello, no solo se desvía el fentanilo de su propósito inicial, sino que también genera una impunidad que amenaza la salud pública. Este oscuro entramado, tejido por la avaricia y la falta de integridad, revela las grietas en el sistema que permiten que la crisis del fentanilo se propague con consecuencias devastadoras.

 

El desidio gubernamental

El proyecto del Gobierno de Canadá sobre la ley de eutanasia ha creado una gran controversia. El Gobierno de Justin Trudeau pretende ampliar la ley y permitirá a las personas con adicción a las drogas solicitar la muerte asistida médicamente. La inclusión en la llamada ley de asistencia médica al morir (MAID) está prevista para marzo de 2024,según los datos aportados por Cristina Serrano, periodista española afincada en Vancouver, los estudios revelan que la media de edad de las personas que se inyectan drogas es de 28 a 35 años, pero en varios sitios una gran parte de ellas son menores de 20 años. Así, un estudio realizado en Québeg en 1996 indica que uno de cada cinco de los consumidores CV es adolescente.

Un incentivo trágico

«Los adictos reciben 600 dólares al mes para comprar drogas y así evitar la delincuencia», cuenta Cristina Serrano. «La cosa se está poniendo fea». La periodista española se escandaliza con la intención del Gobierno de legalizar la eutanasia para drogadictos. «Tienen los órganos intactos» dice. Y es que esta droga no distingue edades ni clases sociales ni poder adquisitivo. «Cada vez hay más gente normal enganchada al fentanilo», insiste. La sociedad, debidamente informada y movilizada debe elevar su voz para exigir una rendición de cuentas genuina. Es imperativo cuestionar la corrupción sistémica que ha fracturado el sistema judicial y ha dejado espacio para la proliferación del fentanilo. La salud y el bienestar de nuestras comunidades no son meros espectadores en esta trama; dependen de esta acción colectiva y consciente. El llamado no es solo a la denuncia, sino a la movilización, a la exigencia de un cambio estructural que restaure la integridad de nuestras instituciones y proteja a las generaciones presentes y futuras de los estragos de una crisis que se nutre de la sombra de la corrupción.

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