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Entre dos orillas: los estrechos que condicionan el mundo

De Ormuz a Gibraltar, los grandes cuellos de botella marítimos muestran cómo la geografía sigue condicionando el equilibrio de poder mundial

A pesar de la globalización y del desarrollo tecnológico, buena parte de la economía mundial continúa dependiendo de unos pocos kilómetros de mar. Ormuz, Bab el-Mandeb, Malaca y Gibraltar demuestran que los estrechos pueden convertirse en instrumentos de presión, fuentes de vulnerabilidad o espacios de competencia estratégica capaces de alterar el equilibrio internacional.

Qué son los estrechos y por qué son importantes

Un estrecho se define como una contracción natural del medio marino entre dos zonas terrestres que comunica dos zonas de mar. Atendiendo a la perspectiva funcional, los estrechos forman además parte de rutas comerciales empleadas en la navegación internacional, lo que los convierte en hotspots geopolíticos.

Históricamente, el comercio marítimo ha sido de gran relevancia para el desarrollo económico y cultural del mundo antiguo. Fenicios, griegos, romanos o cartagineses ya utilizaban rutas marítimas y estrechos de forma habitual para comerciar bienes o abastecer a sus tropas de cereales. No obstante, la globalización y el desarrollo tecnológico han incrementado de manera considerable el comercio mundial, siendo estas rutas aún más importantes. Según datos recientes de UNCTAD, la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, más del 80 % del comercio mundial es transportado por vía marítima, incluyendo combustibles fósiles o tierras raras, indispensables para el funcionamiento del planeta y el desarrollo tecnológico.

Dada la importancia de estos puntos marítimos, el derecho internacional trató de regular su uso en la III Conferencia sobre el Derecho del Mar que se desarrolló entre 1973 y 1982. El objetivo era conciliar los derechos de los estados ribereños con la necesidad de garantizar la navegación internacional. En ella, se establecen algunos estrechos, frecuentemente denominados estratégicos, en los que rige el paso en tránsito. Este debe ejercerse de forma continua y rápida y no puede ser suspendido por los Estados ribereños. Algunos de los estrechos sujetos a este régimen son precisamente algunos de los más importantes para el comercio mundial, como Ormuz, Gibraltar, Malaca o Bab el-Mandeb.

Durante años, este régimen ha sido efectivo, permitiendo el libre uso de los estrechos para embarcaciones comerciales. Sin embargo, en la última década, y como consecuencia del deterioro del derecho internacional, algunos de estos puntos estratégicos se han visto afectados por conflictos, como en el caso de Ormuz. Cabe destacar además que los estados ribereños deben ratificar la convención, y la sociedad internacional debe estar en disposición de hacerla cumplir. Por lo tanto, es esencial comprender cómo funcionan y qué conflictos pueden poner en jaque la estabilidad del planeta.

Ilustración del estrecho de Ormuz / Fuente: Sergio Hernández Lobato

El estrecho de Ormuz

Situado entre Omán e Irán, este estrecho es uno de los chokepoints más tensos en la actualidad. Desde el inicio de la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel, el 28 de febrero de 2026, Teherán ha demostrado su capacidad para restringir gravemente el tránsito marítimo gracias a su posición geográfica y al empleo de capacidades asimétricas, como misiles, drones y minas navales. La importancia del estrecho de Ormuz reside en que la mayor parte de las exportaciones marítimas del petróleo de los países del golfo Pérsico tienen que atravesarlo. Aproximadamente una quinta parte del suministro mundial de petróleo y gas pasaba por sus aguas antes del conflicto.

Durante meses, el tráfico marítimo se ha reducido drásticamente, aunque no se ha interrumpido por completo durante todo el periodo. Las restricciones y reaperturas parciales, como la que sucedió tras el memorando inicial de paz de junio, han generado una incertidumbre constante en los mercados internacionales y han obligado a productores y consumidores a buscar rutas y proveedores alternativos con un coste más elevado.

La crisis de Ormuz, por lo tanto, ha enseñado algo fundamental. Aunque la superioridad militar convencional de un estado sea evidente, si su rival es capaz de cerrar rutas mundiales estratégicas sin sufrir un coste desproporcionado para su propia economía, tiene una gran baza para negociar e imponer costes económicos y estratégicos muy elevados. Así, el cierre de un estrecho puede actuar como un multiplicador de poder y proporcionar una gran capacidad de presión incluso a una superpotencia como Estados Unidos o sus aliados del golfo Pérsico.

En los últimos días, el presidente Trump ha declarado que el estrecho está bajo control militar americano y que la circulación marítima ha sido completamente restablecida. Además, el pasado 18 de agosto sugirió la posible anexión del estrecho. No obstante, como en ocasiones pasadas, las declaraciones del presidente no concuerdan plenamente con la realidad. De hecho, el volumen de paso de petróleo y mercancías sigue siendo muy inferior al que existía antes del conflicto. Según informaciones publicadas por Axios, Estados Unidos ha conseguido reanudar parcialmente el tránsito de entre 15 y 20 petroleros por noche. Actualmente, circulan unos 5 millones de barriles de petróleo frente a los 21,6 millones estimados por la EIA previos a las hostilidades.

Por el momento, el futuro control del estrecho continúa siendo incierto, aunque lo más probable es que Irán mantenga una capacidad considerable para condicionar la navegación por este. En las conversaciones de paz, la República Islámica ha defendido además la implantación de algún tipo de tarifa para su beneficio. Sin duda, las futuras conversaciones de paz girarán en torno a la navegación del estrecho como uno de los puntos fundamentales para la resolución del conflicto.

Imagen aérea del estrecho de Bab el-Mandeb / Fuente: Coordenação-Geral de Observação da Terra/INPE

Bab el-Mandeb

Este estrecho se encuentra entre Yemen, al norte, y Yibuti y Eritrea, en la costa africana. Por este punto transita el tráfico marítimo procedente del océano Índico, conectando con el mar Rojo. Adquirió importancia sobre todo a partir de la inauguración del Canal de Suez en 1869, una vía artificial de agua que conecta el mar Rojo con el mar Mediterráneo.

Como consecuencia del cierre del estrecho anteriormente mencionado, el estrecho de Bab el-Mandeb ha servido como vía alternativa para la exportación de petróleo saudí, sobre todo a Asia. No obstante, no es posible afirmar que esté libre de peligro, más bien todo lo contrario. La guerra civil que comenzó en 2014 en Yemen ha complicado su tránsito en varias ocasiones.

Tras años de conflicto entre los hutíes, una milicia apoyada por Irán, y el Gobierno yemení, apoyado por una coalición de países encabezada por Arabia Saudí, el estado yemení se encuentra muy inestable y con un nivel de pobreza muy elevado. Los hutíes, igual que Hamás o Hezbolá, pertenecen al Eje de la Resistencia iraní. Aunque son un ente independiente, reciben financiación y armamento de la República Islámica. Por lo tanto, Teherán tiene un gran poder de influencia a través de estos actores.

Desde 2023, con el inicio de la guerra de Gaza, los hutíes han amenazado con atacar a buques como represalia a las acciones del gobierno de Netanyahu, afectando al comercio mundial. Desde entonces, han utilizado misiles balísticos y de crucero antibuque, drones aéreos, embarcaciones no tripuladas y pequeñas lanchas armadas para restringir el paso por el estrecho y el mar Rojo. Esto demuestra que, a pesar de ser un movimiento armado que no controla la totalidad del estado yemení, puede condicionar el tránsito marítimo internacional, obligando a numerosas navieras a desviarse por el cabo de Buena Esperanza. Ciertamente, la importancia del estrecho ha aumentado a medida que Ormuz se ha convertido en poco fiable, por lo que ambos están conectados.

Esta capacidad de los hutíes sigue vigente. En julio de 2026, los hutíes reivindicaron ataques con misiles y drones contra los petroleros saudíes Encelia y Layla cerca de Bab el-Mandeb. En este sentido, mientras que Ormuz demuestra cómo un Estado puede utilizar un estrecho como multiplicador de poder, Bab el-Mandeb evidencia que un actor no estatal puede alcanzar un efecto similar sin necesidad de cerrar físicamente la ruta, sólo necesita crear una verdadera amenaza con ataques ocasionales.

Mapa ilustrado del estrecho de Malaca, Sonda, Lombok y Macasar / Fuente: Sergio Hernández Lobato

Malaca

Se sitúa entre la península malaya y la isla indonesia de Sumatra, en el sudeste asiático. Por sus aguas circula, según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, alrededor del 21 % del comercio marítimo mundial. Es la ruta más rápida entre Europa, Oriente Medio, y el este del continente asiático. Tiene una longitud de 930 kilómetros, con 38 kilómetros en su punto más estrecho, y conecta el océano Índico con el mar del Sur de China.

De esta manera, el estrecho de Malaca tiene especial importancia para el gigante chino. A través de sus aguas circula la mayor parte de combustibles fósiles provenientes del golfo Pérsico con destino a economías muy potentes, como China, Japón o Corea del Sur. Además, constituye una de las principales vías marítimas para el comercio exterior chino, uno de los pilares de su crecimiento económico durante las últimas décadas.

En 2003, el entonces secretario general del Partido Comunista Chino y presidente, Hu Jintao, advirtió sobre el denominado ‘Dilema de Malaca’. Según la perspectiva china, el estrecho de Malaca supone una vulnerabilidad estratégica fundamental para la seguridad energética y económica del país. China es uno de los principales consumidores de carbón y petróleo, usado para el transporte, pero también para la masiva producción industrial que se lleva a cabo en el país. Según el Gobierno chino, el paso por el estrecho se trata de un tema de seguridad nacional.

Cabe destacar que la población china en Malasia es muy numerosa, representando en torno al 23,7 % de la población total. A pesar de esto, el gobierno malasio trata de tener una posición de equilibrio entre las dos superpotencias mundiales, aunque últimamente la balanza parece inclinarse hacia el gigante asiático. Aunque el paso por el estrecho no ha sido recientemente interrumpido, China prepara una estrategia para evitar la dependencia de este paso.

La Belt and Road Initiative es una masiva iniciativa global de infraestructura y comercio lanzada por Xi Jinping en 2013. Uno de sus principales objetivos es asegurar rutas terrestres y marítimas alternativas, como la construcción de puertos, vías férreas, oleoductos o redes satelitales. Hasta el momento, uno de los proyectos más importantes realizados en este sentido es el Corredor Económico China-Pakistán (CPEC), con una inversión en todo tipo de infraestructuras que supera los 60.000 millones de dólares.

Además, aunque perjudicial para China, hay ciertas dudas sobre las consecuencias que tendría el cierre de este estrecho para la economía mundial. Existen rutas alternativas a considerar como el estrecho de Sonda, Lombok o Macasar. No obstante, es importante señalar que estas rutas son más largas, presentan limitaciones para determinados buques y aumentarían considerablemente los costes logísticos. La vulnerabilidad china no reside, por tanto, en la inexistencia de alternativas, sino en su dependencia de una ruta cuya eficiencia y seguridad no controla. En definitiva, depender de un estrecho sobre el que un estado no tiene control significa una gran vulnerabilidad, incluso para una superpotencia como China.

Mapa ilustrado del estrecho de Gibraltar / Fuente: Sergio Hernández Lobato

Gibraltar

En las últimas semanas, el estrecho de Gibraltar ha vuelto a ser el centro de atención en toda Europa debido a la entrada masiva de inmigrantes irregulares en Ceuta. No obstante, las tensiones entre Marruecos, Reino Unido y España por el control del paso marítimo vienen de largo, y su relevancia geopolítica va mucho más allá de los flujos migratorios.

Antiguamente conocido como las Columnas de Hércules, es el canal de agua que une el océano Atlántico con el mar Mediterráneo. Además, separa el continente europeo del africano. Su longitud se encuentra en torno a los 60 kilómetros, teniendo 14 kilómetros de ancho en su punto más estrecho.

A pesar de ser frecuentemente considerado un punto estratégico de menor relevancia frente a otros chokepoints como Ormuz o Malaca, se trata de uno de los puntos más transitados del planeta, con alrededor de 100.000 buques cruzando sus aguas cada año, es decir, un 10 % del tráfico marítimo internacional. Esta consideración se debe a que no está tan relacionado con la seguridad energética mundial y a que, aparentemente, su tránsito no está amenazado debido a la ausencia de conflictos.

Sin embargo, existen rivalidades en torno a la soberanía de territorios a ambos lados del estrecho. Por un lado, España mantiene desde hace siglos reivindicaciones sobre la soberanía de Gibraltar. Tras su cesión a la Corona Británica en el Tratado de Utrecht de 1713, España ha mantenido una posición firme pidiendo la restitución del territorio y sus aguas adyacentes, sosteniendo que el tratado tenía límites claros que Reino Unido traspasó claramente con el paso del tiempo. Por otro lado, Marruecos también ha reclamado derechos históricos y geográficos sobre Ceuta y Melilla, enclaves estratégicamente importantes para el estado español que, por el momento, mantiene la soberanía de estos territorios.

A las disputas territoriales se suma la importancia militar del estrecho. Reino Unido mantiene una base militar en Gibraltar y, en la costa española, Rota constituye uno de los principales puntos de apoyo de Estados Unidos y la OTAN en el Mediterráneo. Marruecos, por su parte, ha reforzado en los últimos años su cooperación militar con Washington y ha modernizado considerablemente sus Fuerzas Armadas. Así, ambas orillas mantienen un elevado valor estratégico incluso en ausencia de un conflicto abierto.

Recientemente, debido a los comentarios del presidente español sobre el conflicto en Gaza, analistas estadounidenses han barajado la posibilidad de acabar con la presencia estadounidense en Rota y trasladarla a bases en Marruecos. No obstante, Rota continúa siendo un pilar fundamental para la presencia y despliegue americano en el Mediterráneo.

El estrecho también genera un poder económico importante. Algeciras y Tánger Med, principales puertos español y marroquí respectivamente, compiten por atraer parte del enorme tráfico marítimo que conecta el Atlántico y el Mediterráneo. A diferencia de Ormuz o Bab el-Mandeb, donde el poder deriva de la capacidad de interrumpir la navegación, en Gibraltar ocurre prácticamente lo contrario. Su valor estratégico reside en mantener abierto el paso, garantizar su seguridad y aprovechar los beneficios militares y económicos que genera.

El control de los estrechos es más importante que nunca

En definitiva, los estrechos siguen demostrando que, pese a la globalización y al desarrollo tecnológico, la geografía continúa condicionando ampliamente las relaciones internacionales. Ormuz, Bab el-Mandeb, Malaca y Gibraltar muestran distintas formas de transformar una posición geográfica en poder, ya sea mediante la capacidad de interrumpir el comercio, generar inseguridad, explotar la dependencia de otros Estados o la competición por la obtención del beneficio de mantener las rutas abiertas. Aunque las grandes potencias buscan nuevas rutas y corredores que reduzcan estas dependencias, la eficiencia del transporte marítimo hace difícil sustituir estos puntos de paso. En un mundo profundamente interconectado, unos pocos kilómetros de mar pueden seguir condicionando la economía y la seguridad mundial.

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