El valor de las palabras

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Las palabras lo valen todo. Las palabras no valen nada. Las palabras rompen corazones y suturan heridas. Tienden puentes y agrietan carreteras. Prometen el cielo y descienden a los infiernos. Son aquellas que pueden hacer y deshacer todo en cuestión de segundos. Aquello que puede verse como algo tangible, y acto seguido evaporarse para perderse en el aire.

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Las palabras nunca han tenido tanto poder. Pueden decidir campañas, derrocar gobiernos o salvar vidas. Cuando las palabras están en boca de siete mil millones de personas, y estas pueden hacerse oír en cualquier rincón, por medio de un sinfín de medios y canales, se desata un poder de influencia sin precedentes. Lo que diga un camboyano a las ocho de la mañana, hora de California, puede haber llegado a oídos del gobernador de Nueva York para las seis de la tarde, y hacer que se replantee una artimaña política que estaba a punto de ejecutar. Ese es el poder de las palabras.

Y, sin embargo, este poder absoluto ha drenado a las palabras de todo su significado. Antes las palabras eran difíciles de articular. Difíciles de expresar. Ya fuera por escrito, con tinta y pluma estilográfica, sobre un papel elaborado por artesanos especializados, o mediante la palabra hablada, evocándola sobre una plaza abarrotada de no más de 200 personas; sometiéndose los pulmones a un esfuerzo infinito para hacerse oír, y, a su vez, hacer resonar el mensaje en las mentes y corazones de la gente.

Ahora, casi todo el mundo tiene la capacidad y la libertad de escribir cualquier cosa en cualquier lugar, y hacerla ascender a esa nube que es internet, en la mayoría de los casos, sin responsabilidad ninguna sobre aquello que se ha escrito, independientemente de los efectos que pueda producir. Tirar una piedra a un lago, despreocupado del efecto de las ondas que se dispersan sobre este. Es aquí cuando las palabras han terminado de corromperse. La desaparición de la tinta y la oratoria en favor de pantallas con botones de envío rápido y opciones de borrado, hacen que las palabras se conviertan en un bien de fácil tráfico y manipulación, sustrayéndolas de toda relevancia.

Antes, quien escribiera un artículo en un periódico, ya fuera de tirada nacional o local, una carta de amor o un discurso, estaba sujeto a una presión que hoy ha desaparecido: la presión de tener que pensar, de saber que las opciones y el espacio son limitados, de saber que lo que vayan a plasmar no podrá desdecirse. Esta era la presión sufrida por quienes sabían que hablar, y sobre todo escribir, traía consecuencias.

El Siglo XXI constituye el fin de las consecuencias. Una época en la que casi todos pueden decir cualquier cosa, borrarla, cambiarla, tergiversarla y manipularla a su libre conveniencia, sin temor de lo que pueda ocurrir, tanto a él como a otros. Todo en cuestión de segundos, detrás del anonimato que proporciona un avatar y una localización indeterminada. Así de fácil. Hasta hace bien poco, los escasos lugares completamente libres de consecuencias, donde uno podía emprender las más sangrientas e inimaginables masacres y crímenes. Donde evadirse de las responsabilidades y aburridos estigmas sociales era tan fácil como sentarse y encender una pantalla, eran los videojuegos. Ellos eran el último baluarte. La frontera donde la realidad quedaba difuminada en favor de carreras, mundos megalómanos, y aventuras imposibles. Pues bien ¿qué diferencia nuestro mundo real de aquel mundo sin consecuencias que es el de los videojuegos? ¿Qué podemos esperar de una sociedad que traslada esa forma de actuar, indiferente y despectiva, del mundo virtual al mundo real? Ese efecto ya lo estamos viendo, y de forma muy clara y cercana.

No hay más que meterse, por poner un ejemplo, en Twitter. Una red social que comenzó como muchas otras, con la idea y ambición de que las personas se conectasen, pudiendo compartir experiencias e ideas. A día de hoy, Twitter es el claro ejemplo de la degeneración de dichas redes. Convertido en un campo de batalla, donde cualquiera con un pulso y ordenador puede lanzar al vacío ciberespacial sus ideas más odiosas e intransigentes. Donde todo se convierte en un ataque y asalto infinitos en contra de aquellos que piensan diferente. Donde infinidad de carreras profesionales y vidas han quedado devastadas por campañas de acoso infatigables y sin escrúpulos. Una plaza mayor donde la gente ha renegado completamente de toda noción de diálogo, comprensión y debate. Precisamente porque en Twitter, uno tiene la oportunidad de dejar de lado cualquier idea que se parezca al hipócrita civismo que caracteriza nuestro día a día, listo para sumergirse en un mundo sin consecuencias, donde todo vale. Y parece ser que hay mucha gente a la que le gusta ostentar la ciudadanía plena de ese lugar. Una ciudadanía a la que no van aparejada ni obligaciones ni derechos.

En un mundo en el que las relaciones sociales se han convertido en un fenómeno que se ejecuta a distancia. En el que lo máximo que se alcanza a ver en muchas ocasiones es una foto de perfil. En el que no estás sujeto a cumplir lo que dices. En el que puedes borrar mensajes, cambiar puntos y comas a voluntad, o directamente borrar tu existencia en la red de un momento a otro. En ese mundo, las palabras se han convertido en un fantasma, esclavo de las voluntades efímeras e infantiles de aquellos que piensan tener la razón absoluta y la verdad definitiva bajo sus brazos.

Una vez la irresponsabilidad se haya convertido en la norma, y no en la excepción, solo las acciones tendrán algo de valor. Solo aquello tangible, que podamos experimentar y ver con nuestros propios ojos tendrá algún sentido. Aquello que podamos constatar en persona. Eso será lo único a lo que nos podremos aferrar. Las promesas y amenazas siempre serán eso: promesas y amenazas. Dice un dicho popular: “una acción vale más que mil palabras”. Hoy esa frase tiene más sentido que nunca, pues ahora las palabras, literalmente, se las lleva el viento.

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