Diez años de paz

0
284

Hace poco asistí a una charla que daba un antiguo Secretario General del PSOE en mi universidad. La última pregunta fue de un compañero que preguntó qué le parecía que su partido pactara con figuras como Mercedes Aizpurua, o la foto de Idoia Mendía brindado en una sociedad gastronómica donostiarra con Arnaldo Otegi.

Publicidad

Su respuesta fue que en política lo que cuentan son los votos. “O bombas o votos”. Y que Otegi, por muchas sombras que pudiera tener, había contribuido de forma inequívoca con sus conversaciones con Jesús Eguiguren a la disolución de ETA, y a la paz que lleva reinando diez años en el País Vasco tras el cese de la violencia en 2011.

Diez años de paz que debemos agradecer a quien fue condenado a seis años de prisión por secuestrar en 1979 al director de la fábrica Michelín, Luis Abaitua.

Diez años de paz que debemos agradecer a quien en agosto del año 2000 se refirió a cuatro etarras que murieron tras estallar una bomba que llevaban en el coche como “ cuatro jóvenes patriotas vascos, luchadores y compañeros”. Otros “compañeros” se encargarían de asesinar al empresario José María Korta unas horas después.

Diez años de paz que debemos agradecer a quien declaró en agosto de 2019 que había 250 miembros de ETA encarcelados, y que por tanto habría 250 recibimientos (homenajes).

De la misma forma que muchos republicanos, ya fueran exiliados o fusilados, agradecieron a Franco sus 25 años de paz en 1964, la clase política actual agradece la ausencia de bombas al círculo independentista vasco con diversas concesiones, como son la transferencia de la competencia de prisiones a la Autonomía vasca, el acercamiento de presos a la Comunidad (pecado cometido por los dos partidos políticos nacionales predominantes), o el blanqueamiento clínico de aquellos a los que hoy llaman “socios de gobierno”.

Tras 43 años de silencio, intimidación, extorsión, secuestros y asesinatos, al fin llegaron hombres y mujeres de paz para poner punto final a una situación que ya no era sostenible. Insostenible tanto para ETA, que encadenaba una secuencia de detenciones de sus comandos y desarticulación de sus aparatos logísticos que superaban con creces su capacidad de regeneración y sustitución, como para una sociedad vasca completamente atomizada, dividida y exiliada, cuyo cadáver ya empezaba a rezumar.

Como un condenado a muerte que alaba al verdugo que le conmuta repentinamente la condena, la sociedad española debe agradecer que figuras como Otegi finalmente abrieran los ojos y vieran que un reguero de sangre hacía flaco favor a su agenda política, y que igual era el momento de colgar la pistola. Otros como Eduardo Uriarte o Jon Juaristi llegaron a esa misma conclusión desde el principio de ETA, no sin ganarse la etiqueta de traidores en la frente y una diana en la espalda.

La paz se queda en los cementerios.

Publicidad

Deja un comentario