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Ni siervos ni aplaudidores

Un alegato contra la apatía y las siglas que dividen cuando lo que está en juego es lo básico

Últimamente tengo la sensación de que una ola de tibieza y falta de pensamiento crítico nos ha ido invadiendo a casi todos. Miramos hacia otro lado mientras nos resulta más fácil resguardarnos bajo el ala de un partido, en lugar de desarrollar nuestro propio sentido común.

El panorama que tenemos delante debería, como mínimo, mantenernos despiertos. Ya basta de no tener opinión sobre nada y de cruzarnos de brazos ante lo que ocurre. Esto hace mucho tiempo que dejó de ser una cuestión de partidos, pero seguimos cayendo en la misma trampa de siempre, votamos a unos porque creemos que nos van a traicionar menos, aunque sepamos que al final lo harán igual. En algún momento el debate político se ha trasladado en votar a quien creemos que nos va a robar menos, cuando la realidad es que nadie debería robarnos. Nadie.

Se nos olvida algo tan básico como que los políticos tendrían que trabajar por nosotros, por mejoras sólidas y el avance de nuestra sociedad. No estamos aquí para ser siervos que asumen sin rechistar las consecuencias de las decisiones que ellos toman.

Lo digo desde la amargura de ver cómo lo que debería ser la defensa de la gente se ha vuelto una auténtica ópera de postureo. El desamparo político que sufre nuestro país es enorme. Y mientras tanto, la mayoría de los influencers y grandes focos de comunicación no hacen absolutamente nada. Mueven a millones de personas para asuntos intrascendentes o nos bombardean con publicidad, pero cuando la realidad aprieta se vuelven mudos para no pillarse los dedos.

La crisis de la vivienda en nuestro país se ha vuelto insostenible, convirtiéndose en el mayor obstáculo para los jóvenes que buscan independizarse. Con los precios actuales, pedirle a nuestra generación que planifique su vida o piense en la maternidad y paternidad suena irreal. Que el sistema permita que la vivienda se trate como un activo con el que hacer negocio antes que como la base sobre la que crear una vida demuestra lo descompensadas que están las prioridades.

Pero la vivienda es solo una pieza más de un rompecabezas roto. Sufrimos una sanidad pública saturada donde las listas de espera parecen no tener fin, una juventud sin horizontes —atrapada en empleos precarios que apenas dan para cubrir gastos—, una cesta de la compra por las nubes que ahoga a miles de familias a mitad de mes y una burocracia deshumanizada que trata al ciudadano como a un menesteroso cuando de verdad necesita ayuda.

No se trata de renegar de la política ni de borrar de un plumazo a los partidos, porque las herramientas institucionales para cambiar las cosas son necesarias. Se trata de entender que la política tiene que volver a servir a la gente, y no a las siglas.

Va siendo hora de poner las necesidades humanas en el centro de la cuestión, exigir soluciones reales a quienes nos gobiernan, sean del color que sean, y posicionarnos con firmeza por lo fundamental —al menos por aquellos derechos básicos en los que todos deberíamos estar de acuerdo— para que nos oigan de una vez por todas.

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