No me despiertes todavía

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Un soñador al borde de un acantilado. Imagen de Orlando Florin Rosu (Adobe Stock).

Da la sensación de haberme ido a dormir hace tan solo unos minutos. Mi madre, veinte años más joven, me ha metido en la cama con un beso de buenas noches. Mi hermana está sentada a mi lado, en la guardería. Vamos a comer natillas y estoy ilusionado. Tanta emoción tengo que al abrir las natillas de vainilla se me caen al suelo. Bocabajo, cómo no. Las lágrimas salpican mis mejillas…

La cama se está haciendo más grande. Mi madre me desea las buenas noches después de recitar el Padre nuestro. ¿Me estará vigilando ahora mismo, desde arriba? ¿Pensará que soy bueno? Nunca voy a pecar, nunca. Mis padres no lo hacen. Mi hermana, a veces. Mañana montaré el castillo de Playmobil. Creo que toca ir al parque.

«Buf, estoy incómodo». Le he dado la vuelta a la almohada, y al hacerlo he sacado un atlas infantil de los dinosaurios. Son geniales. ¿Dios los creó? Porque no tiene sentido que al quinto día (¿o era el sexto?) crease los animales si los dinosaurios existieron antes. Paquita no sabe responderme en el colegio, me puso a pintar mandalas un poco enfadada.

Me aburro en clase. Todo es muy aburrido, y todavía más aburrido. No dejamos de hacer ejercicios. ¡Son iguales! Y lo peor es que nos han puesto un examen sorpresa de mates y no recordaba hacer divisiones. ¿Cómo es posible, si el año pasado era el mejor? No puedo contárselo a mis padres. Estoy mojando la cama con el sudor. No puedo contarles que he suspendido.

Mi madre no me ha hecho recitar el Padre nuestro antes de dormir. ¿Será porque mi güelo está en el cielo? No quise ir con él a dar un paseo. Miro el cielo a través de la ventana y él me mira de vuelta. He descubierto lo que es una metáfora, y creo que Dios no quería que todo quedase largo y por eso no dice dinosaurios y habla de días, no de millones de años. Pero Paquita no me responde en Religión. Me gusta quedarme dibujando mandalas, pero no obtengo respuestas.

El instituto es raro. Mi hermana me prohíbe jugar a los superhéroes: dice que me mirarían mal. ¿Y qué? Yo solo quiero pasármelo bien con mis amigos. No sabemos muy bien qué hacer todo el patio hablando. Los mayores nos miran mal, nos pegaron antes de la hora y los profesores no hicieron nada. Y en clase todo son ejercicios repetitivos. La cama es más incómoda y parece no crecer más.

Están matando mi imaginación con tanta monotonía. Por suerte, Santi me ha enseñado lo que es no pasar el día entero haciendo cosas de clase. Nos emocionamos después de ver El lobo de Wall Street. Nunca había visto unas tetas, ni sabía bien lo que era la droga. Ahora creo que sí. Nos sentimos tan extasiados que al llegar a su casa hemos sacado una botella de whisky. «Tú primero». Después de darle tres vueltas, mi garganta arde. Santi escupió el whisky. Sacamos sus espadas de madera y nos pusimos a luchar por todo el salón.

Hacía tiempo que no soñaba tan bien. Los tonteos daban vidilla a los viajes astrales. Aprendía más fuera de las aulas. No entiendo por qué los institutos son tan aburridos y tan inútiles. O tal vez haya tenido mala suerte. Bueno, la Universidad supongo que será mejor.

El amor y la filosofía llegaron de la mano. Y, junto a ellas, apareció la música. La cama se mueve armónicamente mientras yo lloro, río, reflexiono… Existen autores increíbles allá afuera. Me han enseñado mucho más que todas las asignaturas juntas. Hablo con los profesores, me quejo (¡me quejo, por primera vez!) y discuto. Me siguen criticando por no dejar de dibujar tonterías en horario de clase; yo pienso que no saben disfrutar. No tienen imaginación, ni sienten pasión por lo que hacen. ¿Enseñar a las nuevas generaciones a tener espíritu crítico? Y una mierda.

Me he despertado de golpe. Es diciembre, un frío y oscuro diciembre. Como la mayoría. Los estudios no me entusiasman, mucho menos me incitan a indagar. Hay tristeza en mi interior, hace tiempo que no recuerdo mis sueños. ¿Los habré olvidado? Miro el cielo nocturno por la ventana. Aquí, a diferencia de Madrid, brillan las estrellas. Hay recuerdos sueltos por toda mi habitación. Nunca me han enseñado a ver el mosaico desde lejos, completo. Pero, ahora que me estoy fijando, entre varios azulejos nacen enredaderas retorcidas, verdes como el río de la Luna. De allí se liberó una pequeña gota que terminó cayendo sobre una carta marchita, hace años escondida en un cajón. Una firma, un corazón y música de fondo. Alcanzo un lápiz y me pongo a dibujar su recorrido. En esto, caigo dormido de nuevo.

Y es que la ficción es necesaria. No debe suprimirse bajo ningún concepto. La ficción nos ayuda a seguir adelante. Ningún niño, chaval o adolescente debería dejar de imaginar. Tampoco los adultos, cuyos problemas son todavía más reales y sobre los que recae una mayor carga social. Y mucho menos los mayores, que han sufrido el paso del tiempo. Soñar, soñar es parte íntegra del ser humano. No puede explicarse con palabras, limitadas en su existencia. Es un placer, y un derecho, del que uno debe disfrutar. Es triste, muy triste, que se encuentre poco provechoso el individuo soñador. Y todavía más triste resulta que en la Educación se nos encierre en pequeñas cápsulas opacas. Tantas leyes educativas, ¿y para qué? Parecen redactadas por un ingeniero de caminos que no sabe conducir.

Las personas hemos de buscar nuestras ficciones y nunca dejarlas de lado. Necesitamos sueños, ya aparezcan gracias a autores, audiovisuales, fantasías, sentimientos, música… No importa. Como si vienen después de que nos caiga una manzana en la cabeza. Y, siempre desde la tolerancia, compartirlos y respetarlos. Apoyar a familiares y amigos a conseguirlos.

Yo, por mi parte, vuelvo a la cama. Todavía me queda mucho por dormir.

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