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La otra electrónica

Sobre Oneothrix Point Never y la búsqueda de nuevos sonidos

El pasado 21 de noviembre el artista de Wayland, Oneohtrix Point Never, estrenó su último álbum Tranquilizer. Más allá de la positiva recepción que se está llevando tanto en la crítica como en el público, Daniel Lopatin ha hecho reflexionar a varias personas sobre su estilo personal a la hora de hacer música electrónica en este contexto actual en el que vivimos.

En Tranquilizer se explora, a través de sus 15 temas, un sonido que puede ser acogedor e incluso nostálgico. Una música ambient que te hace estar concentrado y quieto. Una música electrónica aparentemente fuera de terrenos comerciales. Una electrónica que no se escucha en las discotecas convencionales.

En ese tipo de lugares de ocio predomina el techno (suelen escucharse más subgéneros como el trance, el hardcore o el gabber), pero el público mayoritario lo llama techno para no complicarse. Música para ser bailable, en definitiva. Esto genera que mucha gente piense que esta música, llamada de forma muy errónea «chunda-chunda», sea el culmen de todo este mundo. Sin embargo, no es así. Por supuesto que esto no resulta negativo, en absoluto. Lo bello de la música en la actualidad es que tenemos a disposición todo tipo de géneros, subgéneros y estados de ánimo.

A raíz del álbum ya comentado, pienso en muchos artistas que no buscan el escapismo mediante el baile y el ritmo simple. Si entramos en el IDM (Intelligent Dance Music) destacan grandes figuras como Aphex Twin o Autechre. Predominan ritmos poco convencionales, ambientes industriales y canciones de duración larga. Son temas que requieren de tu atención y que ofrecen experiencias alejadas de lo normal.

He hablado del IDM, pero por supuesto que hay más ejemplos. El dubstep de Burial (no confunduir con el dubstep de Skrillex) también explora esos paisajes tecnológicos, repetitivos, sensaciones de extrañez. Si vamos a ambientaciones más calmadas, encontramos el ambient de Brian Eno, ya sea en su Ambient 1: Music for Airports (1979) o Apollo: Atmospheres and Soundtracks (1983). Aquí se busca algo totalmente contrario a los artistas anteriormente mencionados: la calma extrema, una simpleza que puede caer en melodías minimalistas o no.

En conclusión a todo esto, la música electrónica tiene tantas variantes como puede tener el jazz o el rock. Es labor nuestra como oyentes explorarlas con ánimo de curiosidad, sin riesgo a pensar de antemano si va a estar bien o mal. No hay que tener miedo a lo desconocido, a lo que se sale de nuestra rutina musical. Y también debemos prestar más atención, que no todo tiene que ser música para escuchar de fondo.

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