Manifiesto en contra de la filosofía del coaching

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Colectivo y pensamiento común

Yo nunca me he fiado realmente de todos estos discursos que promueven el «crecimiento personal», ni de aquellos que promueven sacar la «mejor versión de uno mismo». Nunca, jamás. Es más, me aborrecen. Creo que son cómplices de adormecer al pueblo ante las injusticias estructurales. Esta filosofía coaching promueve la «bestialización» del carácter, como explica la autora Vanessa Pérez Gordillo (La dictadura del coaching, Manifiesto por una educación del yo al nosotros). Esa bestialización del carácter queda completamente «memeizada» a través del concepto del que tanto nos reímos en internet, la «mentalidad de tiburón».

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En cierto modo, nos convertimos como en bestias y se nos olvida lo colectivo. Nos centramos en el crecimiento propio y en mejorarnos a nosotros mismos, cuando realmente la mejora propia no viene sino de la mano de la colectividad. Se convierte todo en ser la mejor versión de ti mismo. Y diréis: ¿Cuál es el problema? Pues que, al estar con tanta introspectiva, se nos olvida mirar a los que tenemos al lado. Este es el problema con el coaching; su individualización exagerada de problemas que son estructurales y que no se combaten ni yendo a terapia, ni al gimnasio (y claro que creo que estas dos cosas son beneficiosas).

Ahora bien, para poder tratar este tema de forma más rigurosa, habría que introducir cómo se originó. El coaching nace de la mano del autor estadounidense Timothy Gallwey (El juego interior del Tenis, El juego interior del estrés); y a priori, parece lícito pensar que sus intenciones son buenas, puesto que Gallwey planteaba una filosofía que ponía en frente la fuerza mental frente a las adversidades. El autor habla de esta fuerza mental y promueve que «siempre hay un juego interior en tu mente, no importa lo que esté sucediendo en el juego exterior. Cuán consciente seas de este juego podrá marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso en el juego exterior.»

Aparentemente suena bien y es importante tener esta capacidad de saber mirar hacia delante, pero es injusto y egocéntrico. Es injusto achacar lo que el autor considera «fracasar» a cómo ha afrontado cada individuo las adversidades. Se ignoran las causas estructurales que se esconden tras la desigualdad. La línea de salida social no es la misma para todas las personas, y esto es parte de lo que ignora el coaching. Es una ideología ciega que mira con privilegio y se llena la boca con palabras como «éxito» y «desarrollo personal».

No solo nos vuelve ciegos ante problemas que no son individuales sino sociales, sino que también nos aleja de la colectividad. Con este tipo de ideologías construimos una sociedad del yo frente al nosotros. Una sociedad en la que el individuo deja de cuestionarse si su malestar se debe, tal vez, a una causa estructural. ¿Y si no todo se soluciona con ir al gimnasio, invertir en bitcoin y siendo espiritual?

El problema de alejarnos de la colectividad es, en cierto modo, arrebatarnos del poderío disidente que poseemos unidas. A las lógicas neoliberales no les interesa nuestra unión, sino les interesa que creamos que nuestros problemas están dentro de nosotras mismas. Este es el problema, que todo posible cambio -incluso el personal- concebido dentro del marco neoliberal, no soluciona casi nada. Puesto que el neoliberalismo es una racionalidad que quita la capacidad de disidencia a todos los movimientos sociales, los estruja y los reformula a su gusto para sacar beneficio privado.

Y hasta aquí mi crítica al coaching en la que espero no haberme labrado muchos enemigos. Hala, y con esto yo ya he cumplido con mi labor antisistema de hoy.

 

 

 

 

 

 

 

 

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