Desde Malasaña a Lavapiés, o Kreuzberg en Berlín; el moderneo destruye las ciudades y hace que sus barrios se vuelvan inhabitables y completamente inaccesibles. Tan solo las clases medias con mayor poder adquisitivo tienen un acceso «real» a la ciudad y a lo que esta ofrece, mientras que las familias más vulnerables que habitan estos barrios desde hace tiempo terminan por ser expulsadas hacia zonas más periféricas.

Este desplazamiento forzado de la población más empobrecida es uno de los síntomas más preocupantes del proceso urbano de la gentrificación. La llegada del primer hípster o moderno al barrio es un indicador de que este proceso está bien avanzado y la presencia de esta clase creativa transforma silenciosamente el barrio; suben las rentas, cierran los bares y comercios de toda la vida, que son reemplazados por cafeterías minimalistas sin vida o por tiendas exclusivas de productos «artesanales».
La clase creativa retroalimenta estas dinámicas urbanas contra las que está luchando.
La llegada del moderneo a los barrios implica su revalorización simbólica y económica; Malasaña ya no es ese barrio oscuro y con altas tasas de drogadicción, sino que se ha convertido en uno de los lugares más «instagrameables» de todo Madrid. Y muchos defenderán que, en cierto modo, se trata de una regeneración del barrio, ¿pero es justa esta «regeneración»? ¿Pueden los habitantes de toda la vida disfrutar de estos nuevos espacios y cafeterías impolutas? ¿Pueden disfrutar de la bajada de la tasa de drogadicción y delincuencia?

¿Regeneración o destrucción?
La gentrificación y el moderneo destruyen las tradiciones, culturas y los tejidos sociales de los barrios.
Esta «regeneración» no va dirigida a la mejoría de condiciones vitales de los vecinos y vecinas de toda la vida, sino que va dirigida a esta clase media joven artística cuyo estilo de vida contribuye al enriquecimiento de ese gran uno por ciento. Su llegada provoca una serie de cambios en el barrio, que sería lo que los urbanistas neoliberales alabarían como «regeneración» urbana; aparecen estos cafés minimalistas con precios desorbitados donde curiosamente el café no sabe tanto a café, y tiendas de ropa de segunda mano que nadie que cobre tan solo el salario mínimo podrá frecuentar. También surgen espacios más artísticos e indies, como pequeños cines o salas de exposiciones.
Y tampoco quiero realizar un manifiesto en contra del artista ni en contra de la cultura, pero hay que saber preguntarse si esta cultura es accesible a todo el mundo, al igual que qué tipo de repercusiones tienen la aparición de estos espacios- aparentemente inofensivos- en los barrios.
El rol paradójico de la clase creativa
En cierto modo es paradójico, pues el artista recién llegado a este barrio se convierte en culpable, pero también en víctima de esta dinámica urbana neoliberal. Por un lado, su estilo de vida acaba siendo mercantilizado y vendido como marca distintiva del barrio- culpabilidad-, y por otro lado el artista se convierte en víctima porque el avance de la dinámica gentrificadora acabará por subir tanto las rentas de los pisos que ni elle podrá permitirse vivir ahí.
Muchas veces, la clase creativa es consciente de estas dinámicas urbanas, y nada más mudarse al barrio decide sumarse a iniciativas vecinales y redes de apoyo mucho para luchar contra desahucios o contra el cierre de negocios locales. Y es irónico pues, en cierto modo, la clase creativa retroalimenta estas dinámicas urbanas contra las que está luchando.
La llegada de la clase creativa, de sus maneras de habitar y de expresarse en los espacios públicos, como a través del arte urbano, se usa como oportunidad mercantil. Se emplea la estética de la resistencia como marketing de los barrios; los grafitis, los cafés alternativos y espacios okupados se pueden vender como la marca del barrio. Se capitaliza la resistencia y el arte urbano que busca atraer a una nueva clase media que ya no se identifica con el sueño de sus padres de vivir en la periferia y tener un gran jardín.
El arte acaba capitalizado, pierde su potencia antisistema y funciona como arma de doble filo. Un arma utilizada por el capital y por las fuerzas gentrificadoras de las ciudades. Porque los grafitis hacen un barrio más «alternativo» e «interesante», algo que identificaría con estos valores a sus nuevos habitantes.
Reapropiación y derecho a la ciudad
Es por todo esto que se ha de reivindicar la reapropiación de estos barrios y la reconstrucción de los tejidos vecinales de apoyo mutuo. La gentrificación y el moderneo destruyen las tradiciones, culturas y los tejidos sociales de los barrios. Y es por eso que aquí reivindico un rechazo completo al moderneo.
El moderneo atenta contra el Derecho a la ciudad, aquel derecho del que jamás nos hablaron en el colegio, pero que encapsula la idea del buen vivir, del reapropiarse de los espacios, de definir cómo queremos vivir y habitar las ciudades. No vayas a esa nueva cafetería que tiene una bicicleta colgada de la pared; tómate un café en el bar antiguo de la esquina.

