Esta es la historia que el mar se tragará

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Casas de los pescadores que se han derrumbado en los últimos años | Fotografía propia

El Ayuntamiento de Guardamar del Segura (Alicante) se mantiene inmutable mientras los vecinos de las antiguas casas de pescadores reclaman soluciones que les permitan permanecer en sus hogares

Las viviendas de Playa Babilonia luchan por seguir en pie a la vez que el mar golpea cada vez con más fuerza ante ellas. La arena ha desaparecido por una negligencia urbanística y la única alternativa que se les ofrece a las familias es la demolición de sus casas. 

Este verano, mientras caminaba por la orilla, esquivando viejas farolas oxidadas, y lo que en su día fueron los enseres de alguna vida, me topé con un niño. Como es habitual en un día de playa, se encontraba jugando con cacharros en la arena. Pero, al fijarme mejor en sus juguetes, me di cuenta de que se trataba de un escombro. Por alguna razón, su familia, cansada de la aglomeración del centro de la localidad alicantina, había decidido pasar el día en Playa Babilonia. 

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Estaba en Guardamar del Segura, pueblo de huertas y de pescadores, cuyos ancestros, que acostumbraban a levantarse cada mañana y oler la esencia del mar, están viendo cómo sus recuerdos se hunden en las aguas embravecidas. 

Al tiempo que sus padres barnizaban sus cuerpos en aceites solares de dudosa eficacia, decidí explicarle al niño la historia de las Casas de Babilonia, y lo que llegó a ser el ladrillo que se escurría entre sus dedos. 

A finales del siglo XIX, Guardamar se veía engullida por las dunas y sus monstruosas montañas de arena. La vegetación original y las huertas, de las que se valía la población para sustentarse, se quedaban poco a poco estériles por la sobreexplotación. 

El ingeniero a cargo de poner una solución al problema, Francisco de Mira, exigió con urgencia la repoblación vegetal de la zona para evitar el desastre que supondría el avance de las arenas hacia el interior de la población. El informe detalla un proyecto de replantación de 500.000 pinos, 40.000 palmeras de dátiles y 5.000 eucaliptos, labor que dio trabajo durante 30 años a los habitantes del pueblo. 

«Aspecto general de los arenales: al fondo el mar. Año 1901″| Fuente: Álbum fotográfico del ingeniero Mira (Memoria de Guardamar)

Justo en la franja entre el arenal y la playa, el ingeniero vio conveniente, además, construir la “Casa Babilonia”. Al principio concebido como un merendero cercano a un pozo dulce, el edificio en primera línea de playa se convirtió en un atractivo turístico en una época en la que comenzaba a germinar tímidamente la «cultura de playa». Los primeros veraneantes, burgueses que huían de las agobiantes urbes, acudían a la costa por las propiedades curativas del mar. La “Casa Babilonia” se replicó a ambos lados, de manera que se alargó la colonia, al principio construida en madera. 

«Brigada de obreros plantando líneas de matas para defensa del suelo contra los vientos» | Fuente: Álbum fotográfico del ingeniero Mira (Memoria de Guardamar)

En 1930 concluye la repoblación de las dunas, a la espalda de Babilonia. Y en 1934 el Ministerio comienza a otorgar concesiones para hacerse con una de estas casas en primera línea de costa. Terminaron siendo 1.074 metros los que ocuparon pescadores, comerciantes, profesionales liberales y trabajadores de la industria textil y del calzado, la mayoría de ellos provenientes de Elche, Almoradí o de la propia Guardamar. Se consideraba que la construcción de estas casas frenaría el avance de las arenas hacia la playa y su estética atraería a más gente al lugar. 

A un paso entre la agricultura, la pesca y el turismo, el pueblo sobrevive decentemente la posguerra. A partir de 1965, el turismo crece de manera estrepitosa, con sus edificios de incontables plantas y paseos marítimos hasta arriba de restaurantes y souvenirs. El Ministerio frena la concesión de licencias para edificar más casas adosadas y Babilonia comienza su transición hacia el reducto de lo que en su día fue Guardamar del Segura.

Cuando llegué a este punto de la historia, el niño empezó a dar muestras de aburrimiento y asumí que me enrollo más que las persianas. Para retomar su atención, intenté interactuar un poco más con él. Le pregunté cuál pensaba que era el motivo por el que tantas casas se habían derrumbado y por el que el mar llama a la puerta de los hogares de Babilonia. “Mi mamá dice que la ‘mitad del ambiente’ está cambiando un montón porque hay muchos coches, y que nos vamos a quedar sin suelo que pisar porque el mar se lo va a comer todo”, respondió con una dulce voz que desentonaba con la gravedad de lo que estaba diciendo. Traté de explicarle que, aunque su madre estaba en lo cierto y el medio ambiente se deterioraba, en este caso particular las razones del aumento del nivel del agua estaban en entredicho. 

La Asociación de Vecinos de Babilonia atribuye la culpa del avance del mar a los espigones que se construyeron en 1970 y 1990 al norte de la costa, en la desembocadura del Segura. Ante la cara de desconcierto de mi nuevo amigo, le conté el significado de la palabra ‘espigón’. “Es un rompeolas, una construcción en contra de las aguas de una desembocadura que se emplea para modificar el curso del río o la sedimentación de la arena a su alrededor”, le dije.  Ambos se construyeron para mejorar el sistema de regadío que proporciona el río Segura y poder manejar su cauce con mayor facilidad.

Las casas de los pescadores por detrás y, al fondo, el primer espigón, por Manuel Pérez Blanco (Años 80) | Fuente: Memoria de Guardamar

Sin embargo, el último de los rompeolas carece de un estudio de terreno en profundidad y no tiene en cuenta el movimiento de las aguas en caso de viento de Levante. El impacto que ha producido es la acumulación excesiva del sedimento fluvial en el río y la escasez de estas arenas en la playa que se encuentra al otro lado del espigón, la playa Babilonia. Los últimos informes de la Universidad de Alicante calculan que son ya más de 16.000 metros cuadrados de playa, unos 800 campos de fútbol, los que han sido engullidos por el mar.

Ante las quejas de las familias que habitan o habitaban en esta colonia estable, la respuesta que reciben de las instituciones es que lo preferible sería demoler las casas y que se marchasen de allí. El Estado no ha querido prorrogar las concesiones más allá de 2018, pues en este momento vulneran la Ley de Costas. En cambio, hay familias y negocios instalados en el lugar, sobre todo las construcciones más próximas al paseo marítimo turístico. Las autoridades se escudan en un informe técnico realizado por el Centro de Estudios de Experimentación de Obras Públicas que anuncia que lo más beneficioso para la playa sería demoler todas las casas y que se retome el equilibrio natural. Es irónico pensar que, para construir un rompeolas que iba a afectar a la evolución de todo un municipio, los informes técnicos brillan por su ausencia y, sin embargo, para que los vecinos abandonen las casas de su infancia, los estudios del terreno son exhaustivos.

Una de las propuestas de los vecinos es establecer un cinturón de protección hecho de piedra frente a sus casas. Sin embargo, en el momento en el que intentan llevar a cabo alguna de estas iniciativas, el Ayuntamiento amenaza con amonestarlos, escudados de nuevo en la Ley de Costas.

“Pero ¿adónde se irán si estas casas ya no están?”, me preguntó mi interlocutor, un poco contrariado. A esto le contesté que las familias que viven aquí están muy enfadadas, y que lucharán hasta el final por encontrar una solución y quedarse. Lo que me callé fue que, con el espigón ya impuesto en el norte, lo único que pueden elegir es irse o hundirse con sus hogares. 

Este espacio lo ocupaba una casa que se derrumbó por el oleaje durante los temporales del invierno de 2021 | Foto propia

Después de esto, le dije que tuviese mucho cuidado con lo que jugaba en esta playa, que podía resultar herido, y le pregunté a sus padres si me dejaban hacerles una foto para el artículo. Me dijeron que no y nunca más volví a saber de ellos.

Me resulta paradójico que finalmente haya ganado la voracidad del turismo en masa. Aquella colonia, a la que en su tiempo acudían veraneantes y en la que convivían respetuosamente con el medio, se ha transformado en el punto de congregación de una masa de turistas que dejan a sus hijos jugar con trozos de hormigón y a 100 metros de cables oxidados y ruinas de casas destruidas, solo por el hecho de poder remojarse los pies.

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