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Rufián y Abascal: dos caras de una misma moneda

Más allá de los espejismos propios del debate público, se puede afirmar que tanto Vox como ERC son partidos equiparables en sus ansias nacionalistas

Son constantes y resultan del todo insufribles las impostadas peroratas presuntamente progresistas del diputado Gabriel Rufián, que acostumbra a confundir la tribuna del Congreso con el púlpito de un templo en el que él, con su actitud irremediablemente chulesca, se erige en incuestionable guía espiritual del resto de desorientados parlamentarios. Así, el insigne esbirro de Oriol Junqueras tiende a arrogarse la suprema portavocía de la «verdadera izquierda» frente a la bancada de socialistas y morados, que, siempre de acuerdo con la enfermiza lógica del político separatista, no son más que recién llegados a la homogénea familia del progresismo que solo él conoce y cuyos principios interpreta como nadie.

Caso análogo se da en las pasionales intervenciones de Santiago Abascal, a quien la etiqueta de ultraderechista parece quedársele corta al discurrir de los acontecimientos, pues su partido se antoja cada día más venenoso y dañino para la salud de nuestras instituciones democráticas (a esperas del esperpéntico espectáculo que ofrecerán los futuros gobiernos de coalición entre el PP y Vox en multitud de municipios y Comunidades Autónomas). En este sentido, el líder de Vox comparte con sus acérrimos enemigos independentistas el tono desafiante y pueril, la deriva identitaria del populismo trumpista y, en especial, la tergiversación del debate público orientada a la construcción de una dimensión retórica paralela que no se corresponde con la realidad.

Así, el secesionismo catalán habla del derecho a la autodeterminación (solo reconocido en las constituciones de San Cristóbal y Nieves y Etiopía), la amnistía (un disparate del todo inasumible en el marco de un Estado de derecho) y la «nación catalana» (otro invento sin plantación alguna en nuestro texto constitucional), mientras que el partido de Abascal, por su parte, no ha cesado a lo largo de esta legislatura que alcanza ahora su fin en su empeño de acusar al Gobierno de «ilegítimo» (intolerable falacia teniendo en cuenta que el Ejecutivo se conformó de acuerdo al procedimiento legalmente establecido), «criminal» (disparate de este calibre no merece ni tan siquiera refutación) y «social-comunista» (ya se sabe que la ultraderecha, como el protagonista de El sexto sentido con los fantasmas, cree ver «rojos peligrosos» por doquier). Sin embargo, las sinergias entre Esquerra Republicana de Catalunya y el populismo ultraconservador de Vox trascienden lo meramente dialéctico para confluir en un rasgo común mucho más determinante de la naturaleza de estas dos formaciones políticas: su carácter nacionalista.

El nacionalismo, causa invisible cuando no manifiesta de infinidad de guerras, conflictos y demás desgracias a lo largo de la historia de la humanidad, encuentra ahora nuevas fuerzas para revertir los efectos homogeneizados de la globalización en virtud de una articulación teórica profundamente historicista y esencialmente conservadora. En tiempos de inseguridad y desasosiego en un mundo siempre cambiante, ¿qué mejor que volver a la calidez del nido, al sueño autárquico de antaño para evitar enfrentarse a los factores desestabilizadores del presente? Para el nacionalismo, todo cuanto acontece allende las fronteras del hogar es fuente de miedos, preocupaciones y problemas perfectamente evitables.

En consecuencia, que no se acepte acríticamente como se hace ahora la validez de ciertos delirios pseudo-filosóficos que vienen a afirmar sin ningún género de duda el imposible «carácter progresista» de determinados nacionalismos. Hasta ahora, el progreso, entendido como la mejora de las condiciones vitales del ser humano en todos sus aspectos, ha venido siempre acompañado de la supresión de las delimitaciones territoriales, de los procesos de integración internacional o de las alianzas geográficamente transversales. Por el contrario, nada positivo han traído el aislacionismo, el proteccionismo o el énfasis en las diferencias en contraposición a las similitudes entre los pueblos y las naciones del mundo. Esa ocurrencia de que el nacionalismo es como los colores neutros, que parecen encajar con todo, se ha revelado una falacia inasumible.

La izquierda, ya sea en su vertiente marxista o en su versión socialdemócrata, encarna toda una serie de principios y valores irreconciliables con las tesis identitarias y aislacionistas del nacionalismo. Por lo tanto, no resulta en absoluto descabellado (bien al contrario, se antoja perfectamente razonable), sostener que, paradójicamente, son mayoría los aspectos que unen a Rufián y Abascal y minoría los que los separan. En esencia, no dejan de ser las dos caras de una misma moneda. Téngase esto en cuenta el próximo 23 de julio.

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