Llego a diciembre como quien se aproxima al precipicio. Veo ante mis ojos la última oportunidad de hacer lo que dejé para el verano, para septiembre, para “más tarde”. Las excusas han caducado. Todo lo que pospuse pronto ocupará fechas actualizadas en el nuevo calendario.
Llega diciembre a lomos de un verso de Gil de Biedma. “Que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde”. Cada año parece eterno al comienzo y, en un pestañeo, hablamos de lo que sucedió hace meses con la dulce nostalgia de la pérdida. Enero se convierte en aquel individuo deplorable para el que solo hubo cumplidos en su funeral.
Llega diciembre y con él, la necesidad de hacer balance. En el pasado nos recordamos felices porque ignorábamos que existía un futuro peor que aquel presente. Pero el final del año sustituye la inocencia inicial por dosis renovadas de sabiduría. Empiezo el conteo de los buenos y malos momentos. La báscula lucha por igualar sus pesos, mientras me planteo si lo que no hice volcaría el plato de la alegría.
Me pregunto en qué momento han pasado doce meses; si es cierto que, una vez pasada la niñez, las semanas se suceden como fotogramas de una película a cámara rápida. Me pregunto si estoy condenada a pasar cada año sintiendo que llego tarde a un lugar que desconozco. El tiempo se escurre como arena entre los dedos y, cuando cierro el puño para no perderla, solo consigo atrapar un grano.
Pero diciembre también deja la puerta abierta a la esperanza. A partir del solsticio, la luz empieza a ganar segundos al ocaso. El aroma a chocolate puebla las calles. El mes de los reencuentros, la magia y las leyendas se esfuerza por espantar al desaliento.
Antes de que diciembre se convirtiera en el abismo, fui una niña emocionada que creía divisar el galope de los renos en la profundidad de la noche. Una niña para la que el final del año era sinónimo de gamberradas con sus primos y no una muestra del asfixiante paso del tiempo. No necesitaba ser consciente de la fugacidad de los instantes alegres para disfrutarlos como si fueran irrepetibles.
Ahora que las campanas se impacientan por sonar, el contador de los trescientos días está a punto de volver al inicio. El calendario brinda una oportunidad de volver a empezar. Este año, aprenderé que la madurez es compatible con la felicidad sin pretensiones. Este año, el reloj abandonará el bando enemigo porque volveré al minutero mi aliado. Cuando la balanza reclame su recuento anual de nuevo, los reproches no tendrán cabida y las anécdotas desbordarán el lado optimista.
Dentro de un año, la obra de Gil de Biedma acumulará polvo en la estantería, porque la vida cambió sus poemas por los versos de Benjamín Prado: “Ya no es tarde, / y si antes escribía para poder vivir, / ahora quiero vivir para contarlo”.



