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Dos mil veintitrés bajo un pañuelo

El distinguido colofón de un año socialmente arlequinado

Hoy finaliza una etapa clandestina y genuina, intensamente repleta de buenas y malas noticias, aunque con algunos destacados. Sobre el papel, algunos nudos en la garganta; sobre la bocina, gritos, inestabilidad y carencias. Hemos adolecido de falta de cohesión, y esto no es precisamente un halago ni algo de lo que tengamos que estar orgullosos. En un 2023 de transición, la ciudadanía ha instaurado la dictadura del vocerío y la algarabía. Si bien vociferar ante cualesquiera de los estímulos que puedan hurgarnos sensiblemente puede resultar reparador, más liberadora es la omisión embelesada. Quiero decir, si algo nos molesta, omitirlo para construir un contraargumento poderoso y magistral es la mejor de las opciones.

Avanzamos hacia un mundo minimalista, con el todo cada vez más masticado por el elitismo de la aristocracia capitalista. Los ciudadanos tenemos una mínima responsabilidad y pasa por decidir bajo nuestros criterios (siempre en un umbral de realismo) y potenciar las singularidades en el mar de la superficialidad. Tuve el reparador privilegio de escribir en este periódico sobre ser uno mismo y potenciar nuestra identidad, exiliándonos del yugo de la presión social de las mayorías y alimentando el amor propio. Como es obvio, ni tan siquiera he sido capaz de exterminar una flor del ramo de aquellos pensamientos. Porque no son sustituibles. Lo abstracto parece que permanece congelado; los detalles, como caminar bajo el granizo o esquiar sobre la nieve de las sonrisas, se esfuman.

Un mundo cada vez menos romántico

Somos menos románticos, queremos menos a nuestros familiares, escribimos menos y no detallamos ni nos ruborizamos. Nuestra sociedad arrastra un estigma no perecedero: el frío grisáceo de la neutralidad. No sentimos, no nos arriesgamos, no danzamos sobre flores ni escribimos poesía. Solo nos preocupamos por nuestra apariencia, del mañana y del final de nuestro letargo. El error es vivir para que pase el tiempo. Para el 2024, sueño con poder darte esa carta, con poder observar cómo una pareja pasea de la mano bajo un aguacero antológico, con soñar día a día y no querer despertar, con que alguien me regale un bonito compás musical, con que ustedes se sinceren cara a cara o con que mi familia siga al pie del cañón.

Al 2024 hay que pedirle un poquito más de humanidad, de amor y de comprensión, exterminar cualquier muestra de superficialidad, de antipatía y de rechazo sin motivo. Sientan, porque dos mil veintitrés nos debería haber enseñado a desnudar nuestros sentimientos, a sentir más, a valorar nuestros círculos y a no temerle a ser afectivo y pensar con el corazón. Bajo un pañuelo se esfuma un año de transición; las uvas y el cotillón son augurio de nuevas esperanzas. Si el bombeo de sus corazones se transcribe en versos, compongan estrofas vitalicias que edifiquen sus sentimientos. ¡Feliz 2024!

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