Hace unos meses, en uno de esos momentos de claridad que a veces me inundan, me di cuenta de algo que había intentado ocultarme.
Se instaló en mí como una verdad irrefutable, me lo reconocí después de haberlo mandado durante tanto tiempo a la zona de mi cerebro donde lanzo todos los pensamientos que me incomodan y prefiero postergar. Al cajón desastre, un tema más.
De repente, caí en la cuenta de que necesitaba silencio. De que el ruido agota. De que yo estaba agotada y seguramente solo necesitaba la tranquilidad que solo da el silencio, cuando llevas mucho tiempo sin escucharlo. Y de pronto, salí de mí y me vi en el cercanías, subiendo el volumen a mis auriculares inalámbricos porque el barullo que había afuera también había aumentado. Tapar sonido con más sonido hasta que se convierte en ruido. Una estrategia sin lagunas.
Y me vi necesitando ponerme música o podcasts para cualquier trayecto. Me vi escuchando durante horas a políticos, cantantes, periodistas, profesores, analistas, jueces y hasta al tío de Rubiales. Y recordé que cuando llegué a esta ciudad, a veces ensordecedora, me encantaba escuchar el sonido natural y diegético de la vida, de las personas en directo, las voces, los pasos, el motor, el señor de megafonía anunciando la próxima parada. Recuerdo que me encantaba imitarlos en mi cabeza, escuchar a las personas y, sobre todo, regocijarme en mis pensamientos con la voz que en mi interior tan solo yo tengo el privilegio de escuchar.
He aprendido mucho con tan solo sentarme en un cercanías, observar y escuchar. Y he perdido mucho al dejar de hacerlo. Creo que la razón de esta saturación es escuchar en demasía voces que no callan, que creen que son importantes y merecen ser escuchadas a costa de tu salud auditiva y mental. Y los responsables somos nosotros, por engranarnos en la rueda frenética en la que todos hablan para hacerse eco y el eco acaba resonando y retumbando en nuestras cabezas.
Por eso, entendí que hay muchas formas de aprovechar el tiempo en un trayecto de tren y no todas tienen que ser productivas. Que hay muchas historias y no todas están en TikTok. Que te puedes duchar sin música. Que puedes cenar sin pantallas. Que hay muchas, demasiadas, voces mediáticas y no todas merecen ser escuchadas. Decidí ir una temporada sin auriculares por la vida, aunque el primer día, he de reconocer, me sentí desnuda. Me prometí desintoxicarme del ruido, buscar el silencio, bajar los decibelios. Y ahora estoy mucho más tranquila, más cuerda y conectada conmigo misma. Ahora la música me suena diferente.
El otro día, vi Sound of Metal, una película de Darius Marder, una de esas que te dejan pensando un buen rato en el sofá, y encima me pilló en una de esas noches reflexivas. Una combinación magnifica para llegar a conclusiones como a la de que no hay que tenerle mucho miedo al silencio y que el ruido, a pesar de ser adictivo, puede llegar a ser extremadamente nocivo.
No sé quién hace tiempo me dijo, o escuché por ahí, que el silencio “es el partido más seguro para el que desconfía de sí mismo”, y a partir de ahí, es como que algo en mi interior asoció el hablar con la seguridad y veo en cada persona que habla una persona segura. Es una chorrada. Claro que si te callas nadie va a saber qué piensas y a lo mejor así te sientes más seguro de ti mismo, protegiendo tu desconocimiento o inseguridad. Pero no, he visto a gente no callar porque el silencio era la verdadera fuente de su incomodidad. Ser capaz de mantener un silencio refleja más seguridad que hablar sin cesar.
En conclusión, las voces en su justa medida para mantener la cordura, pero aún más importante, para mantener la paz. Creo que cuanto más se vive, más se aprende a valorar el silencio y a seleccionar las voces a las que escuchar. O más se cansa una de aguantar sandeces y reacciona, a modo de supervivencia, silenciando la locura.


