Si el cine es una droga, un festival es una sobredosis: esta ha sido mi experiencia en el Festival de San Sebastián
Siempre he pensado que los cinéfilos somos unos enfermos. No más que los bibliófilos, los melómanos y otros individuos que parecen habitar un mundo distinto a la realidad, pero enfermos al fin y al cabo. Lo peor de la cinefilia es que no tiene cura: una vez te chutas una dosis de Hitchcock, esnifas un poco de Wilder o ingieres algo de Huston, la adicción es ya irreversible y no tardas en convertirte en un yonqui del celuloide. ¿Y qué hay más gozoso para un yonqui que una buena sobredosis?
Un festival de cine viene a ser algo así como eso. Durante algo más de una semana, tu existencia se limita a ver películas por encima de lo sanamente recomendable y todo cuanto acontece más allá de la pantalla (las guerras, las refriegas políticas y eso que llaman «actualidad») se evapora como por arte de magia. Incluso los descansos entre proyecciones, las comidas y cenas con los compañeros y los escasos momentos de soledad están imbuidos de un aura de irrealidad que hace que todas las personas a tu alrededor hablen constantemente de cine. «¡Qué hartazgo!», dirán algunos. «¡Qué gozada!», pienso yo.
Mis diez días como miembro del Jurado de la Juventud en el Festival de San Sebastián han sido un viaje memorable en cualquiera de las acepciones que el término admite. He visto cine allende mis posibilidades y en todos los estados anímicos que uno pueda imaginar. He conocido a multitud de cinéfilos tan enfermizamente enamorados del séptimo arte como yo. Me he abierto camino entre ansiosos gentíos para asomarme a las alfombras rojas y suplicarle una foto a la celebridad de turno. Incluso he intercambiado unas pocas palabras con artistas que admiro para constatar que, efectivamente, su materialización como personas terrenales fuera de la pantalla siempre tendrá un extraño efecto mágico.
Y todo ello en un decorado de ensueño, rodeado por el lustroso modernismo del casco viejo de Donostia, los bulliciosos bares de pintxos y la imponente extensión de la playa de La Concha. Trotando a todas horas entre el Kursaal, el Teatro Principal y otras salas dispersas por la ciudad, pero siempre con la ilusión del niño que desenvuelve sus regalos en la mañana de Reyes, sabiendo que lo que el papel esconde será el inicio de una nueva aventura. La mía en San Sebastián comenzó con La guitarra flamenca de Yerai Cortés, el fantástico documental dirigido por C. Tangana, y concluyó a lo grande entre el dorado de los palcos y el rojo de las butacas del Teatro Victoria Eugenia, contemplando la elegancia de Parthenope, la nueva indagación de Paolo Sorrentino sobre el amor y la belleza. ¿Qué esperaban? De eso va el cine.

