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En defensa de la lectura

Una campaña incentivada por el Gobierno de Javier Milei y organizaciones conservadoras pretende que se retiren libros como Cometierra, de Dolores Reyes, de las bibliotecas de los centros escolares de Buenos Aires por incluir escenas de relaciones sexuales.

Las aventuras de la China Iron, de Gabriela Cabezón Cámara, recientemente galardonada con el Premio Fundación Medifé Filba 2024; Las primas, de Aurora Venturini; y Si no fueras tan niña, de Sol Fantin, son otras de las obras señaladas. Por suerte, cuando la literatura se ve atacada, los lectores salen en su defensa. Las compras del libro Cometierra se han disparado estas semanas, alcanzando el primer puesto en ventas en el país, por encima de La Vegetariana, de la última ganadora del Premio Nobel de Literatura, Han Kang.

Recuerdo una frase del escritor americano Walter Dean Myers, autor de libros infantiles y novelas para jóvenes, que rezaba así: «tenemos que decirles a los niños rotundamente: la lectura no es opcional». El acceso a la literatura, especialmente en la infancia y la juventud es, quizá, uno de los privilegios más esenciales para el desarrollo humano. La libertad de leer es un derecho que jamás debería ser cuestionado.

Sin embargo, en muchos casos se intenta poner límites a la disciplina de la lectura, por gran variedad de motivos ideológicos, políticos y sociales. La censura, el silenciamiento, la prohibición y el desprestigio son solo algunos de los métodos más comunes para evitar la difusión de obras literarias, utilizados históricamente por instituciones, gobiernos y regímenes de todo tipo. Desde la propia Biblia hasta grandes clásicos como Las uvas de la ira de Steinbeck o Rebelión en la granja de Orwell han sufrido las represalias de la censura. Incluso Harry Potter fue prohibido en sus inicios en países muy religiosos, como los Emiratos Árabes o algunas zonas conservadoras de EEUU.

Ahora que en las últimas semanas se ha llevado a cabo una amplia campaña de desprestigio y censura en la provincia de Buenos Aires desde el gobierno de Milei hacia ciertos libros, me viene a la mente mi experiencia viviendo en Argentina hace un año. Recuerdo, en particular, el viaje de casi diez horas en avión, y la lectura que me acompañó en el trayecto. Era Cometierra, de la escritora argentina Dolores Reyes. Uno de los libros atacados por la vicepresidenta Villarruel, señalado por esta política como ejemplo de «degradación e inmoralidad».

Devoré el libro en el avión. Fue una de las lecturas que más me marcó allá. Tanto que, los primeros días en Buenos Aires, los pasé leyendo la continuación de la historia en el siguiente libro de la escritora, Miseria. Estas obras me acercaron a la vivencia argentina de una manera que pocos libros habrían sido capaces. La crudeza, cercanía, audacia y creatividad con la que Dolores Reyes relata la vida en la periferia del Conurbano es brillante. El libro traslada las complejas realidades de pobreza, delincuencia, violencia, maltrato y machismo a un lenguaje sencillo y envolvente. De esta forma, capta la atención de los lectores y lo hace atractivo y accesible para los jóvenes.

Libro de Dolores Reyes firmado
El libro Miseria firmado por su autora, Dolores Reyes | Fuente: Amanda Rodríguez

La presencia de algunas escenas explícitas, por las que el gobierno promueve su retirada de las bibliotecas, no la convierten en una novela pornográfica. Villarruel critica algunos fragmentos del libro en X, bajo la queja de que «dejen de sexualizar a nuestros chicos». Pero la obra no se centra en estos pasajes. Cometierra es, en realidad, una novela crítica y política, de denuncia, en la que una chica que puede ver a jóvenes muertas o agonizantes comiendo tierra utiliza su don para ayudar a encontrar a víctimas y desaparecidas por la violencia de género. Con un estilo muy propio de la literatura latinoamericana, unos tintes de realismo mágico y una voz perfectamente adaptada en jerga y lenguaje a la cultura del Conurbano, Dolores Reyes llega a lo más hondo y terrorífico de lo humano, al miedo, a la violencia, a la muerte. A la verdad.

Quizá nunca habría entendido lo que es ser una mujer en Latinoamérica o la realidad de la vida en Argentina si no hubiera leído Cometierra y a Dolores Reyes. Quizá habría pasado esos meses en Buenos Aires de una forma completamente distinta. Ajena. Indiferente. Ciega.

Porque ese es el poder que nos otorga leer. Que lo que leemos nos atraviesa. En los tiempos de la dopamina instantánea, de la sobreinformación, de los vídeos de menos de 30 segundos y el ultraconsumo de contenidos, donde las ideas nos pasan por encima y no recordamos lo que vimos el día anterior, muchos libros se quedan en nosotros. Se quedan para alegrarnos, relajarnos y divertirnos. Pero también para conmovernos, para enfadarnos, para abrirnos los ojos y hacernos arder el pecho o anudarnos la garganta. Para señalarnos las heridas y enseñarnos a curarlas. Para hacernos más parte de la vida, para volvernos más vivos. Más humanos.

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