Después de escenificar la última cena del año, escuchar chistes de cuñado o decir frases tópicas como: «¡Qué rica está la cena!», «¡Me estoy poniendo ciego» o «¡Chin chin!», la diversión continúa con la esperanza de que nos toque el Niño.
Toca despedirse de las guirnaldas de colores, de las figuritas del Nacimiento o de los villancicos. Es hora de volver a casa. Sin embargo, en el cierre del 2024 no todo fueron risas y alegrías. Como en cualquier comida familiar, la tensión se dejaba entrever. Las mismas disputas por el canal donde ver las campanadas, por tener las doce uvas preparadas o por evitar cualquier tipo de conflicto. Y más con la revuelta que se generó días atrás con la elección de David Broncano y Lalachus para dar las campanadas este año. Eso parecía un campo de batalla.
Quedaban veinte minutos para las doce y dar la bienvenida al 2025. Desde el balcón de RTVE, Broncano y Lalachus despidieron el año por todo lo alto, literalmente. Con David subido al mítico rótulo del Tío Pepe en la Puerta del Sol, Lalachus aprovechó para homenajear a la vaquilla del programa televisivo ‘Grand Prix’. Y de nuevo, vuelta a la polémica. ¿Cómo es que un sketch humorístico ha despertado tal indignación?
Fernando Alonso, Taylor Swift o Messi son solo algunos famosos que también tienen su estampita religiosa. Un acto entendido como un meme. En cambio, después de que saliese la estampita de la vaquilla durante las Campanadas de RTVE, Lalachus ha recibido la denuncia de asociaciones de extrema derecha, como Hazte Oír o Abogados Cristianos, por delito de odio y «atentar contra los sentimientos religiosos».
¿Es una cuestión de libertad de expresión o de seguir generando polémica? Siguiendo el Artículo 20 de nuestra Constitución Española, tenemos el derecho «a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones». Ahora bien, todo tiene un límite. Como manifestó Rousseau: «la libertad de uno termina cuando comienza la libertad del otro». Nos guste o no, dependerá de si se vulneran los derechos fundamentales.
Últimamente se habla mucho de los jóvenes por ser la generación de cristal. ¿Y ahora qué? ¿Es realmente una ofensa a la religión o un elemento cultural más de la Generación Z? Llevamos años viendo estampitas de famosos como una forma viral de venerarles. En este caso, Lalachus sacó la estampita de la vaquilla de Grand Prix para rendir homenaje al programa y, en especial, a la televisión pública. Sin ánimo de burla u ofensa, la colaboradora de La Revuelta vuelve a estar en el punto de mira.
Sorprende la facilidad con la que ciertos sectores lo ven como una blasfemia. Mientras hay quienes reclaman públicamente una vivienda digna o mayor diversidad, sigue habiendo quienes se quedan la polémica por la estampita de la vaquilla. Un supuesto «delito contra los sentimientos religiosos» que está recibiendo mayor atención y contundencia que con los miles de casos de pederastia. Pero, ¿por qué San Ayuso, sí, pero San vaquilla no? Cuánta hipocresía.
Al final cada uno mira por su propio ombligo. El 2025 lo iniciamos con un sabor agridulce. Al menos Lalachus y Broncano pudieron reivindicar, desde el humor, derechos fundamentales, como el respeto a todos los cuerpos; además de rendir homenaje a los afectados por la DANA. Habría que revisar con qué asuntos nos ofendemos y, sobre todo, qué cosas son las que defendemos.
Si algo está claro es que no hay Nochevieja sin polémica. Este año ha sido el turno de Lalachus y la oleada de insultos por su físico. Ahí todo vale, ¿no? Más de uno tendría que ponerse como objetivo ser más respetuoso porque no, no todo es humor y no todo vale. Al final es la misma historia de siempre: instrumentalizar los sentimientos religiosos como arma política y ganar visibilidad en redes.
El 2025 arranca con el foco aún sobre Lalachus. Nuevo año, nuevos propósitos. Quizás sea el momento de poner la atención en cuestiones que realmente importan como la vivienda o la falta de tolerancia por lo diferente. Se necesitaría un propósito común para lograr una sociedad con menos ruido y más humanidad.


