No me voy a andar con rodeos, Baddies es mi placer culpable. Nunca pensé que un reality tan caótico cuyo gancho es ver a sus participantes enfrentarse entre ellas en acalorados altercados en los que pueden y suelen llegar a las manos fuese mi vía de escape de una rutina que a veces peca de monótona y aburrida. Y aquí estoy otra vez, como cada domingo a las dos de la mañana, esperando ansioso a que salga el episodio en una dudosa página pirata donde la única certeza que tengo es que varios virus se están adentrando en mi viejo ordenador.
Todavía recuerdo el día en el que mientras ejercitaba mi dedo pulgar haciendo scroll infinito en Twitter me topé con un vídeo que hizo que se parasen en seco todos los músculos de mi cuerpo y provocó que mi respiración se cortase. En él se distinguían dos alteradas Natalie Nunn y Scotty with the body teniendo una acalorada discusión por un motivo de gran importancia, un plato de pollo frito. El desenlace de este conflicto, que poco a poco se iba agravando, se tradujo en una explosiva pelea que acabó con pelucas volando y unos insultos que nunca antes había escuchado. Mi cabeza explotó en mil pedazos y la curiosidad se apoderó de mí, necesitaba saber de dónde salían esos vídeos. Busqué más y, antes de darme cuenta, ya estaba sumergido en el placer y el caos de las personalidades explosivas del universo Baddies.
Lo que me fascina de este spin off de Bad Girls Club, aparte del drama, son las dinámicas que se crean entre las participantes. Cada temporada se lleva al límite el concepto de convivencia, un grupo de explosivas mujeres se patean diferentes ciudades de Estados Unidos para salir de fiesta y extender un estilo de vida que ya se ha convertido en la marca “Baddies”. El objetivo, ser el centro de atención mientras, como en cualquier convivencia, navegan entre alianzas y rivalidades. Todo esto bajo la atenta mirada de Natalie Nunn, productora ejecutiva, participante y viva imagen de lo que significa ser una baddie. Tal es su influencia y fama que hasta Nicki Minaj ha hecho referencia a ella y su reconocida barbilla en una de sus canciones.
Hay algo casi liberador en ver cómo las concursantes rompen todas las reglas de la diplomacia social. En mi vida diaria, todo es moderación y autocontrol. Pero en Baddies, las emociones se expresan sin filtros. Si alguien está molesto, lo dice; si alguien quiere pelear, lo hace. Es como si todas las cosas que reprimimos en la vida real se manifestaran allí, en esa pantalla. No todo es caos, claro. Baddies también tiene momentos que, aunque parezca raro, son inspiradores. Algunas de estas mujeres han pasado por mucho y, pese a todo, logran brillar. Hay algo admirable en su capacidad para enfrentarse al mundo sin miedo a las críticas.
Al final del día, Baddies es un placer que funciona como un escape. Es esa hora a la semana donde puedo desconectarme de todo y disfrutar del caos ajeno. Es mi placer culpable, y no me importa admitirlo. Porque, como bien dice el programa, a veces ser un poco baddie no está nada mal. Es el recordatorio perfecto de que, de vez en cuando, está bien dejar de lado las preocupaciones, el autocontrol y las expectativas para disfrutar de algo tan sencillo y tan puro como ver a otros desatarse y vivir sin filtro. Y tal vez eso sea lo que más me atrae: la libertad sin límites, aunque sea solo por una hora a la semana.


