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‘El Diablo Viste de Prada 2’ y su mensaje para los periodistas

La película anticipa un futuro triste para nuestra profesión

El pasado 30 de abril se estrenó la esperada secuela El Diablo Viste de Prada 2. Multitudes de espectadores se aglomeraban en los cines ante el retorno a la gran pantalla de Miranda Priestly y Andy Sachs. Más aún, de la elegancia y el lujo de la revista Runway. Entre ellos, me senté con anticipación y, entre ellos, viví la llegada de mi propia madurez; el despertar de un largo sueño.

El Diablo Viste de Prada cultivó un séquito de aficionados dos décadas atrás. Se llevó, a su estreno, el estatus de película icónica, que pasaría a la cultura popular como un referente del cine y la moda. También, para el joven periodista.

Desde tiempos inmemorables, los humanos demuestran una atracción innata al mito y al cuento. Los periodistas no somos ninguna excepción. En 1976, Robert Redford inmortalizó al legendario reportero Rob Woodward en Todos los Hombres del Presidente de The Washington Post. El New York Times tiene Al Descubierto, y el Boston Globe, Spotlight.

En los tempranos 2000, afloraron incontables películas que retrataban el glamour de la prensa. El Diablo Viste de Prada participó, sin duda, de esta tendencia. La revista Runway, inspirada en Vogue, consiguió escenificar no solo la alta costura, sino el hambre y la ambición del periodista. Con ello, generaciones de aspirantes periodistas pudimos conocer a nuestros referentes desde la butaca del cine. Llegada esta secuela, la mitología del oficio parece reescribirse.

Runway, simbolizando los desafíos de la prensa impresa en 2026, cae de la gracia de su época dorada. Recortes, presiones financieras y ejemplares convertidos en un panfleto publicitario. Esta es la nueva realidad de Miranda Priestly, editora de la revista. En la primera película, aseguraba en una célebre escena: «Todos quieren ser nosotras». Hoy, la carismática e indomable jefa debe doblegarse a los deseos de un dueño tecnobro que, sinceramente, no parece interesado en la colección Primavera/Verano 2026.

La trama, dejando entrever múltiples referencias a la realidad, culmina en un interesante conflicto. Andy debe mediar en la negociación de la compra de la revista. De ello depende el futuro y el legado de Runway. Pero, en este sentido ¿El Diablo Viste de Prada 2 va de la supervivencia de Runway? ¿O de la supervivencia del propio periodismo? Este simbolismo, que mantuvo mi atención y mi admiración, llega sin embargo a una triste resolución. Lo que para muchos fue un final feliz, a mí me supuso una extraña crisis existencial.

El Diablo Viste de Prada 2 aborda, con humor, los problemas que enfrenta el periodismo y los medios de comunicación en 2026. Desde la precariedad a la desigualdad de género aún latente en estos espacios laborales. Sin embargo, al desenlace, recurre a los clichés del «sueño americano» y el hambre capitalista.

Sasha Barnes, billonaria femenina, compra la corporación dueña de Runway. Miranda consigue su deseado ascenso. Andy es una heroína vestida de Paco Rabanne. La moraleja, en este sentido, es difícil de hallar. Y también la posible esperanza para aquellos quienes ejercemos —que no actuamos— como periodistas.

Con ello, salía del cine enfadada. Lejos quedan las representaciones del periodismo inspiraron a tantas generaciones. Mientras las protagonistas triunfan, ninguna somos ni Miranda ni Andy. No tenemos un armario de lujo, ni un apartamento en Manhattan. La secuela, que indudablemente busca elevar un mensaje de empoderamiento femenino, no alcanza a ofrecer una visión de futuro ni adecuados referentes.

Ahora queda solo desear un conjunto de lujo, un multimillonario caritativo, y que todo siga igual. El Diablo Viste de Prada 2, en este sentido, condena al oficio al que tanto amó a una lenta muerte. Y confirma la resignación y desesperación que sentimos tantos.

Días después, sigo reflexionando qué llevarme de esta secuela. Supongo que nadie nos va a salvar. Pero nos queda nuestra mano. Nos queda el ejercicio del buen periodismo. Son estas las herramientas para decidir nuestro legado, escribir nuestra propia mitología y combatir estos presagios de futuro.

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