Madrid no es nada distinguida, pero ni falta que le hace. No es de nadie así que es un poco mía
Madrid es una pequeña lucha de ambigüedades forasteras: las líneas del metro se nombran por números y no colores, todo está «al lado», y el cocido sabe mejor si te lo tomas dentro de la M-30. Subiendo a Callao se distinguen Preciados y El Carmen, pero al lado está la invisiblemente tangible Red de San Luis. Y nadie se explica por qué un bocata de calamares es el plato típico de la eterna burla de The Refrescos. Pero hablando se entiende la gente en todas las culturas, incluso en los parajes acusados de no tener.
Dolores, de Los Castizos, concluyó mientras me ofrecía vino blanco y jamón rodeada de mantones de Manila y Parpusas, que la principal determinación de un madrileño es «encontrar fiestas en cualquier sitio». Me habló de recuperar Los Mayos, de cuando se hacía la Romería de la Cara de Cristo, o de que cosía sus propios trajes de Goyesca para bailar en la Plaza de la Paja. También me dijo que aquí no había charnegos ni maquetos, y que el que quisiera, se empadronaba metafóricamente en medio minuto. Así funciona La Villa.
Llegamos también a la conclusión (esta vez juntas) de que el madrileño debe de ser la única persona a la que mayo, en el tránsito de nostalgia amarga por el cierre de etapas (que se palpa de forma mucho más intensa que los finales de diciembre), y la inestabilidad climática que se acompasa de forma bastante irónica con la incertidumbre emocional del clásico “verlas venir de frente”, le da ganas de celebrar. Se congrega en la sobremesa eterna de la Dosde, finge una degustación amarga de Tontas, Listas, y un bocata de gallinejas, y valora la breve distancia de cuarenta minutos en ascuas de un rayo de sol que te hace ir y venir, seguir y guiar, dar y tener, entrar y salir de fase; Amar la trama más que el desenlace.
Conversar con mis amigos me ha llevado a la conclusión, además, de que para el de la capital que disfruta de serlo (una subordinación bastante común) mayo es el freno de mano que aprecia, entre tanto frenesí, que existe gente curiosamente orgullosa de serlo todo y nada a la vez; de celebrar una emotividad abstracta que, entre tanta alternancia cultural, quizás se limite a estar juntos en este momento, y en este preciso lugar.

Yo siempre he creído que Madrid es el sitio idóneo porque lo tiene todo. A mis amigos, el banco donde di mi primer beso, la frutería donde me regalaban picotas de pequeña, el recorrido inercial y favorito de mi padre un viernes por la tarde, y muchas calles nostálgicas que me remueven los pronombres posesivos.
Los que Pérez-Galdós retrató a través de los soportales de la Plaza Mayor, y los que tantas veces he leído en Las edades de Lulú, Malena es un nombre de tango, o en las recopilaciones de Mercado Barceló de Almudena Grandes, dama de la literatura española e Hija Predilecta de la ciudad a la que, con la belleza del lenguaje y la benevolencia de la inmortalidad del arte, retrató movida por el amor al epítome de rincones, personas y culturas que, tras la primera semana de mayo, deberíamos venerar. Porque existió y porque, entre la generosidad característica de la urbe, era un poco «nuestra».
Su descripción de Madrid es, quizás, la que más comparto y más romanticismo hurga. Decía que te acaba chupando la energía de forma radical si no sabes torearla, pero que lo que destacaba era la dadivosidad de quienes la habitan como consecuencia de la selección natural; una que te planta en un momento y en un lugar concreto para desarrollarte como persona. Almudena dijo en su pregón de 2018 que cuando era pequeña echaba de menos un lugar al que volver en Navidad; una época en la que aprendió las mejores lecciones que da Madrid:
Mejor andando que en metro, y mejor en metro que en autobús. Hay que llegar a donde sea media hora antes para poder entrar, y como fuera de casa no se está en ninguna parte. La lección principal “tú tranquila, que aquí no eres nadie y nunca lo serás”, era tan obvia que no se molestaron en explicármela con palabras
Madrid, a estas alturas su sinónimo, muy populachera y muy generosa, te enseña, entre el ajetreo y la inmensa cantidad de gente que sorprendentemente puede concentrarse en un metro cuadrado de La Cava Alta un domingo en hora punta, que somos bastante pelagatos en el mejor sentido de la atribución. No importa de dónde seas, cómo te apellides, a qué te dediques, o cuánto tiempo vayas a estar pululando entre los distritos. No ser nadie te permite ser de aquí siempre que así lo desees.

Madrid carece de vocación de sociedad cerrada; es ensordecedora e inquietante porque hasta el atributo más insípido y ajeno se consagra como bandera magnánima de irónica propiedad privada. Como presumir de beber directamente del grifo, de que si giras en Conde Duque encuentras la Plaza de las Comendadoras, de que las farolas son Fernandinas salvo la republicana del Palacio Real; que se aglutinan calles como El Rollo para subir hasta La Plaza de La Villa, o de que la catedral está “para no verla”, pero que su panorámica desde Las Vistillas, junto a La Violetera, te quita el aire. Madrid no es nada distinguida, pero ni falta que le hace. Génesis de un exceso desmedido e inabarcable de conjuntos históricos, humanos, profundos, de cambio y ejemplo social. Donde se valora la emoción de, simplemente, compartir(lo).
Si lo que la define es nunca haber pronunciado una frase con los pronombres correctos, hablar demasiado deprisa, comerse la última ‘d’ de todos los participios, y llevar el nombre de la patrona, que así sea y que lo interiorice el que así lo quiera.
El arte actúa como puente entre las personas; y Madrid, además de erigir 33 al lado de un río desvergonzadamente seco, cuenta con individuos generosos que han empleado su capacidad descriptiva para que alguien se encuentre entre las luces y sombras, y se conciencie de que existió un “aquí y ahora” distinto, pero bajo las mismas farolas. Con los mismos miedos, ansias y expectativas, y con una retaíla colosal de obras que propician el amor desmedido que motiva la “pertenencia” entre claveles, chulería de más, cuadros de Goya, dramas de Jacinto Benavente, y canciones de quienes van, vienen, se quedan y no vuelven. Con palabras y rincones de amor efímeros e inmortales en hemerotecas se crea la costumbre. Quizás la determinación de Madrid es que las cosas pasan aquí de una forma muy concreta, y que no te deja aunque te vayas.
Que siempre vuelve a haber un fuego, un niño, un vuelo, un barco, un viejo, un sueño y un tren que desembocan aquí.
Dicen los poetas que a las ciudades se las quiere como a las personas; y Madrid está lleno de gente. Y eso solo puede suponer que existe el triple de amor, el triple de cosas que hacer, y el triple de motivos por los que sentirse agradecido. Lo único que busco es no irme nunca. Quizás la verdadera celebración es la oportunidad de conocer lo ajeno mientras me enorgullezco de lo propio. Madrid no es de nadie así que es un poco mía.


