El asesinato de Charlie Kirk, con balas grabadas con lemas antifascistas, abre una grieta inquietante: la violencia política disfrazada de justicia social se convierte en el nuevo «permiso» para matar
Lo sucedido en Estados Unidos no es un hecho aislado. La cultura del desprecio, la deshumanización del adversario y la apropiación de símbolos como Bella Ciao han convertido el antifascismo en una coartada mal entendida para justificar la eliminación del otro. La política se degrada en guerra de trincheras y la polarización ya no conoce fronteras: o reparamos la ventana rota de la democracia, o la barbarie se impondrá como norma global.
No sé si habrán oído hablar del fenómeno social llamado “la ventana rota”. En versión breve: la teoría sostiene que si en un barrio se rompe una ventana y nadie la arregla, ese descuido envía una señal; el entorno se deteriora y la criminalidad tiende a aumentar. Un clima hostil alimenta comportamientos violentos; y si la violencia no recibe una respuesta clara por parte de la justicia y la sociedad, se envía la señal de que todo vale. Ese es el marco en el que debemos leer lo sucedido con Charlie Kirk: la normalización de la descalificación y la degradación pública pueden terminar facilitando la acción violenta contra quienes se consideran enemigos ideológicos.
Lo que pasó fue brutal: un ataque en pleno acto público que terminó con la vida de un activista conservador mientras participaba en un debate y frente a un público. Tras una búsqueda y presión mediática, las autoridades detuvieron a un sospechoso. Es decir: el vacío de seguridad y la cultura del desprecio no son solo metáforas cuando alguien cambia el insulto por un rifle.
En las primeras 48 horas las redes (esa plaza pública donde se mezcla la opinión con la épica del meme) se llenaron de teorías, burlas y justificaciones. Parte de la respuesta en algunos sectores fue asumir que “si defendía las armas, lo tenía merecido”. Ese tipo de reacciones no son inocuas: deshumanizan y legitiman la violencia simbólica que puede transformarse en violencia real.
Pero hay un detalle simbólico que pega aún más fuerte: los casquillos recuperados junto al lugar del disparo llevaban inscripciones. Entre ellas, se ha informado de grabados que incluyen frases y símbolos, y la referencia a la canción “Bella Ciao”, himno histórico antifascista. Que una consigna contra el fascismo aparezca grabada en proyectiles usados para matar añade una capa extra de carga ideológica al crimen. No sabemos (ni la investigación ha concluido públicamente) si esas inscripciones son la prueba de un móvil netamente político o si mezclan, como suele suceder hoy, iconografía, memes y psicología individual. Pero las inscripciones existen y hablan por sí solas: la violencia usa símbolos que confieren una falsa legitimidad.
Aquí hay que detenerse: Bella Ciao es una canción de los partisanos italianos contra el fascismo; pasó a ser emblema de la resistencia y, en las últimas décadas, se ha convertido en un símbolo global de la izquierda antifascista. El problema no es la canción, sino lo que convierte esa simbología en licencia moral. Cuando el antifascismo deja de ser una práctica política y de memoria histórica y se transforma en un dogma que justifica la eliminación del adversario, deja de ser oposición y se convierte en una forma de autoritarismo. Una bala rotulada con un lema así no es un acto de resistencia: es la perversión del simbolismo en pretexto para matar.
El movimiento antifascista, entendido históricamente como resistencia frente al totalitarismo, ha sido apropiado en muchas capas de la cultura digital: camisetas, himnos, stickers, y, en algunos casos extremos, como bandera que legitima acciones violentas. Eso no significa que el antifascismo como idea sea criminal; significa que una parte de la movilización social lo ha convertido en justificación para la violencia directa. Hay una diferencia esencial entre combatir ideas y matar a quien las profesa. Quien confunde ambas cosas ha perdido el horizonte democrático.
La politización de la violencia no es solo un problema estadounidense. En los últimos años hemos visto atentados y ataques que buscan producir miedo y romper las reglas básicas del debate público: el intento de asesinato a personajes políticos durante campañas, la violencia en actos públicos, los ataques a representantes y la muerte de ciudadanos en transporte público que se viraliza en vídeo. Todo esto configura una atmósfera en la que la política se parece cada vez más a la guerra de tribus. Ejemplos recientes muestran que esa tendencia es global, y que la polarización traspasa fronteras y contagia prácticas.
Un caso paralelo que prende la alarma social es la muerte de Iryna Zarutska, una joven refugiada ucraniana apuñalada en un tren en Charlotte. Un crimen que impactó por su brutalidad y por el contexto; una víctima que había huido de la guerra y encontró la muerte en tránsito. La viralización del vídeo y el debate posterior sobre la responsabilidad colectiva y las políticas de seguridad mostraron cómo la indignación pública se convierte en combustible político, y cómo la violencia directa se mezcla con la narrativa del fracaso institucional. No siempre hay un móvil ideológico claro en estos ataques, pero el efecto es el mismo: desasosiego y reacción política inmediata.
Volviendo al punto: hay una perversión simbólica cuando quien mata deja mensajes que pretenden justificar el crimen como acto político. La inscripción de consignas en proyectiles no es un detalle estético: es la traducción material de que hay quienes ya no solo desean silenciar al contrario; lo matan y lo etiquetan como acto de fe. El antifascismo se convierte, para algunos, en una coartada. Y el peligro real es que la opinión pública naturalice esa coartada: si el asesino es presentado por algunos como “mártir” o “vigilante”, la sociedad acaba por aceptar el atajo de la violencia para dirimir diferencias.
La pulsión de violencia contra el adversario político no distingue ideologías: la historia reciente lo demuestra. En Estados Unidos hubo intentos de asesinato contra figuras políticas que no concluyeron en muerte (recordemos el intento contra Trump en 2024 que le produjo una herida en la oreja), y en otros países líderes han sido atacados o agredidos en actos públicos. Esos hechos se insertan en una secuencia de normalización: si la política se vuelve guerra, la democracia pierde sentido.

Freud hablaba del ello como impulsos primitivos: cuando la sociedad pierde frenos y controles, cuando el superyó y el yo social se debilitan, emergen las pulsiones que arrasan el diálogo racional. Hoy, la mezcla de redes sociales sin moderación efectiva, ecos de odio que se convierten en legitimidad moral y la cultura del meme que deshumaniza, generan un cóctel explosivo. De ahí vienen las balas con consignas y los vídeos que no buscan empatía sino impacto.
¿Qué podemos hacer? Reparar ventanas. No como metáfora estética, sino política: exigir responsabilidad mediática, moderación efectiva de discursos de odio, políticas públicas que protejan la seguridad en espacios públicos y, sobre todo, recuperar la práctica del desacuerdo civilizado. No hay reparación posible si seguimos celebrando la eliminación del contrincante como victoria moral.
Termino con una advertencia global: la polarización que hoy vemos en Estados Unidos no es un fenómeno aislado; es contagiosa. Europa, América Latina y muchas otras regiones muestran cómo la fragmentación identitaria transforma la política en una sucesión de amenazas. Si no reparamos la ventana rota de la democracia, si no ponemos límites claros al uso de la violencia simbólica y material, lo que vendrá no será una disputa de ideas sino una sucesión de atentados que consolidarán la ruina civil.

