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Tu interna e invisible lucha

Qué dura se vuelve la existencia cuando caes en un agujero que creías pequeño, pero cuya lucha por subir se hace cada día más difícil

Qué dura la existencia cuando, sin querer, caes accidentalmente a un agujero. Un agujero que, al principio, no te resulta tan hondo pero, conforme van pasando los días, te percatas de que la subida será más complicada de lo que pensabas.

Ya han pasado muchos días. Se siente como si te cayeras a un pozo de gran profundidad, del que no puedes salir. Sabes que ni aunque te tiren una escalera vas a poder escapar de allí.

Sólo lo vas a lograr si alguien baja a por ti, si alguien te salva de tus miedos, preocupaciones, inseguridades y pensamientos. Porque sola no puedes. Ya no. No te quedan fuerzas para escalar ese pozo tú sola y salir al exterior. De hecho, ni tú mismas sabes siquiera si realmente quieres salir al exterior. Estás cómoda en tu agujero, te has acabado adaptando. Día tras día, año tras año. Tu mente se ha apoderado de ti. Ya no eres dueña de ella. Ahora ella es dueña de ti.

Y eso duele. Te hace sufrir, te daña. No puedes controlarlo. Ahora tus miedos y preocupaciones no forman parte de tu vida, sino que directamente son tu vida.
Y eso no está bien. Tú lo sabes. Alguien tiene que ir a por ti. Tienes que saber pedir ayuda al exterior; tienes que saber cómo pedirla, a quién pedirla.

Pero los demás no se dan cuenta, no pueden ver ni comprender la lucha que estás experimentando. Y, además, tú te pasas el día fingiendo, como si no pasara nada. Pero pasa mucho. No puedes seguir así. Tienes que levantarte un día y afirmarte: «ya no, no quiero pasar ni un día más en este agujero». Y te levantas, gritas, buscas ayuda, y escapas. La solución es fácil, el proceso difícil.

Una vez salgas, porque seguro que saldrás, tienes que tener precaución constantemente. No te puedes volver a caer en ningún pozo, en ningún agujero. No puedes recaer. Tienes que aprender a mantenerte. Quizás te ayudaron a salir del pozo, pero ahora tienes que permanecer tú sola, con tus propias decisiones e iniciativas. No puedes dejar que tu mente vuelva a controlar tu cuerpo ni tu alma. Tienes que encontrar una balanza entre ambas partes. De otra forma volverás a pisar otro agujero, y esta vez será más difícil escapar.

Al igual que no puedes volver a pisar hoyos en el suelo, tampoco puedes permitir que nadie te pisotee. Ni tampoco puedes dejar que tus propios pensamientos se apoderen de los de los demás. No puedes pensar que los demás piensan de ti lo que tú misma piensas de ti. Tienes que salir, luchar, crecer. Vivir tu propia vida. Aceptarte cómo eres, que te acepten cómo eres.

Si todos nos uniéramos para que nadie cayese en ningún pozo, todo sería más fácil. Pero no. La gente lo pone difícil. Nosotros lo ponemos difícil. No entendemos que la vida es solo un juego.

Sólo hay que nacer, crecer y vivir nuestra vida simplemente disfrutando de aquello que nos hace feliz. Sin hacer daño a nadie, sin hacernos daño a nosotros. No es tan difícil. No sería tan difícil si nuestra mente no se adueñara de nosotros tan fácil y si no fuera tan débil como para intensificar nuestro dolor por cualquier tontería.

Pero no podemos, y hay que saber vivir con ello. Hay que saber vivir con nuestros pensamientos e inseguridades, porque van a formar parte de nuestra vida siempre.

Lo que nunca debemos hacer es dejar que se apoderen de nosotros, como cuando una ciudad grande invade a un pueblo pequeño. Va perder el segundo. Es obvio. Son menos, son más débiles, más frágiles. Igual es el duelo entre nuestra mente y nosotros. Somos más débiles que nuestra mente, pero eso tiene que tener solución, aunque no sea fácil.

Hay que sacar fortalezas, murallas, defensas, guerreros y guerreras. Aunque no haya, se buscan, se construyen; se sacan de donde sea, cómo sea. Hasta que se haya conseguido. Ganas a tu mente, habláis, os entendéis, y llegáis a un acuerdo.

Ella no se va a volver a poner jamás por encima de ti, vais a estar equilibradas, como deberíais haber estado siempre. Y tú, tú no vas a volver a hacer daño ni a ti ni a nadie por culpa de ella. Os vais a controlar, la una a la otra, mutuamente, como un equipo. No se puede no pensar en nada, pero tampoco pensar en exceso.

Y todo ello nos lleva a una simple palabra: equilibrio. Equilibrio es lo que necesitamos todos en nuestra vida, entre todas las partes de nuestro ser. Es lo único que nos va a aportar tranquilidad, estabilidad, paz, con nosotros mismos, con los demás y con todo lo que nos rodea.

El equilibrio es lo único que va a conseguir que esa lucha interna e invisible por la que pasamos en la vida, sea menos dura, menos exigente. Es lo único que nos va a permitir lograr el único objetivo que deberíamos tener: vivir.

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