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Israel contra el mundo

El gobierno de Netanyahu ha pasado por una semana en la que el apoyo internacional está en declive

Netanyahu está solo. La mayoría de países han acabado reconociendo a Palestina y los que parecían aliados están desgastados por el conflicto. Lo que en un inicio se presentó como defensa se ha convertido en un genocidio que la comunidad internacional ya rechaza. Lo que empezó como simples protestas universitarias hoy se traduce en abandonos en la Asamblea General de la ONU.

La posición de Israel, sin embargo, es única. Luchan porque sienten que no tienen nada que perder, porque consideran que siempre han estado en peligro y defienden su existencia como una nación dispuesta a todo. Dispuestos a matar o morir por un territorio que llaman hogar. Pero en la guerra no todo vale.

De hecho, la comunidad internacional ya lo está haciendo saber. En España hay manifestaciones propalestinas; antiguos aliados de Israel, como Francia, ya han reconocido a Palestina; e incluso, recientemente, se han registrado una serie de ataques terroristas antisemitas.

Su mayor aliado, Donald Trump, también quiere que el conflicto se resuelva cuanto antes y lo está presionando para que firme acuerdos de paz. Lo cierto es que Netanyahu no parece querer detenerse hasta eliminar cualquier amenaza hacia Israel, aunque se trate de un barco de ayuda humanitaria.

La posición europea, sin embargo, está fragmentada. Mientras muchas grandes potencias ya reconocen a Palestina. Otros países, como Hungría o Chequia, se mantienen proisraelíes, y en Alemania persiste la negativa a reconocer los dos Estados por su deuda histórica.

En el resto del mundo, Canadá y Australia empatizan con la causa palestina, y el 81 % de los países de la ONU ya reconocen el Estado palestino.

Esta guerra recuerda inevitablemente a lo que fue la de Vietnam: un conflicto que parecía iba a resolverse rápido con una aniquilación total, pero terminó siendo muy distinto. Los costes tecnológicos, la devastación de las ciudades palestinas, la tortura hacia los civiles y una comunidad internacional escéptica ante cualquier guerra hacen que el paralelismo sea inevitable. No es Vietnam, pero se siente igual: la superioridad armamentística no garantiza la victoria. A día de hoy, ocurra lo que ocurra, Israel tiene todas las de perder.

También es legítimo buscar sentido a la guerra, porque nadie se embarca en tres años de conflicto sin motivos. Por un lado, Hamás ha arrastrado a familias civiles a la boca del lobo, viendo cómo destruían todo lo que querían. Por otro lado, Israel ha percibido la supervivencia de su Estado en riesgo y ha arremetido con todo su arsenal contra Palestina,  lo que hace preguntarse si Netanyahu todavía recuerda que todo comenzó con Hamás.

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