El pasado 24 de enero se cumplieron nueve décadas desde que Miguel Hernández publicase su obra
El rayo que no cesa —para muchos expertos la mayor obra hernandiana— está compuesto de 27 sonetos y tres poemas, incluyendo la famosa Elegía a Ramón Sijé. Cargado de simbología, es un poemario profundamente humano donde vemos a un autor hendido por el penetrante rayo del amor.
Breve biografía
Miguel Hernández Gilabert nació el 30 de octubre de 1910 en Orihuela (Alicante). Pese a su pasión por la literatura y, en especial, por la poesía, debió dedicarse al pastoreo y abandonar la escuela, pues su familia carecía de recursos suficientes para permitirse que Miguel se formara en el arte de la literatura. No obstante, no desistió y consiguió sufragarse su estancia en Madrid a base de trabajos literarios.
Durante su etapa en la capital (1930-1935), mantuvo relación con intelectuales de la talla de María Zambrano, Pablo Neruda y Maruja Mallo. De esta última hablaremos más adelante. En este contexto, el 24 de enero de 1936, ve la luz El rayo que no cesa.
El rayo, el barro y el toro
El rayo figura como el protagonista principal. Representa el carácter implacable del sentir amoroso del autor, que se encuentra desvalido a la hora de hacerle frente, aunque como refleja en uno de sus versos: «pero al fin podré vencerte«. Es un rayo incesante, que avanza impasible, celestial e inagotable. Además, hiere profundamente el corazón de Miguel. No en vano, la palabra corazón es la más utilizada (33 veces).
Pero al fin podré vencerte,
ave y rayo secular,
corazón, que de la muerte
nadie ha de hacerme dudar.
Por otra parte, el toro es otro de los símbolos más destacados. Bandera de la virilidad desenfrenada y de bravura, pero también de sumisión y sometimiento al torero, en este caso la amada. Miguel Hernández experimenta esa burla por parte de su amor, que lo esquiva y lo humilla, mientras él lo persigue obcecadamente. Asimismo, el toro encarna el lado más irracional del ser humano, que atiende a instintos y no obedece a la razón, como en los impulsos sexuales o la furia incontrolable.
Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.
No podemos pasar por alto el barro como esa insatisfacción y vacío existencial por la falta del «alfarero» —la amada— que moldee ese amasijo de tierra en el que se ha convertido su vida. No se trata de un símbolo meramente erótico, sino que engloba todo el padecimiento del poeta por no contar con ella. Ese barro pegajoso que busca desesperadamente resguardarse en el calor humano, pues de no conseguirlo, no será más que «un triste instrumento del camino». Al final, el autor escribió la obra en medio de un tumultuoso periodo amoroso del cual ahora pasaremos a hablar.
Me llamo barro aunque Miguel me llame.
Barro es mi profesión y mi destino
que mancha con su lengua cuanto lame.
Soy un triste instrumento del camino.
Soy una lengua dulcemente infame
a los pies que idolatro desplegada.
La chispa que prendió el rayo
No sería lógico analizar la obra sin reparar en el contexto en el que esta fue escrita. Al llegar a la capital, el escritor vivió un torrente de nuevas experiencias que derribaron los valores provincianos del oriolano. Los vientos vanguardistas que arreciaron con fuerza durante la década de 1920, amainaron con la llegada de la II República. El arte volvió a centrarse en la condición humana: el amor, la muerte, la justicia. Miguel, quien ya era bastante conocido en los círculos intelectuales por su obra neogongorina Perito en Lunas (1933), fue salpicado también por esta rehumanización de la literatura. Aun así, lo que verdaderamente sacudió los cimientos de su vida y, por ende, de su creación artística, fue los romances que mantuvo durante su estancia en Madrid.
Las mujeres que avivaron la llama del corazón de Miguel fueron tres principalmente: María Cegarra, Josefina Manresa y Maruja Mallo. De hecho, uno de los misterios es la enigmática dedicatoria que Miguel Hernández agregó al comienzo del libro:
A ti sola, en cumplimiento de
una promesa que habrás olvidado
como si fuera tuya.
Josefina y Maruja, Maruja y Josefina
Miguel experimentó dos amores muy distintos —con María Cegarra tan solo mantuvo correspondencia epistolar—. Por un lado, con Maruja, Miguel vivió un amor salvaje, liberal, desenfrenado, acorde con los ideales progresistas que abanderaba la pintora gallega. Por otro lado, con Josefina, el escritor sintió un amor más afín a la concepción de pareja que él perseguía. Al fin y al cabo, sin menoscabar su romance con Maruja, el escritor terminó casándose con Josefina, pese a que no pudieron disfrutar mucho tiempo debido a la irrupción de la Guerra Civil. El caso es que cada uno a su manera, este resquebrajado sentir estimuló el joven corazón del poeta oriolano, permitiéndonos disfrutar de una de las mejores obras de la lírica española.
La traca final
Sentiría un tremebundo remordimiento si terminase este artículo y no mencionara —en mi opinión— a una de las elegías más bellas jamás escritas. No solo por su perfección formal y el poder de las metáforas, sino por la calidez humana que desprende. El dolor permea a través de las páginas, impregnándolas con melancolía. Hablo —por supuesto— de la Elegía a Ramón Sijé, amigo íntimo de Miguel, que falleció la Nochebuena de 1935. El poeta quiso incluirlo como penúltimo poema, homenajeando así la muerte de su compañero del alma, compañero.
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
En definitiva, El rayo que no cesa es uno de los poemarios con mayúsculas de la historia de la literatura española. Aparte de por su innegable calidad técnica, sobre todo por la sinceridad y humanidad que caracterizan los sonetos. Porque Miguel Hernández fue hombre antes que poeta. En todo momento estuvo dispuesto a entregar su vida por los ideales que él defendía, tanto con la pluma como en el campo de batalla. Hasta tal punto, que pereció en una prisión franquista en condiciones paupérrimas.
Por eso, en honor a su obra, deberíamos abrazar a ese rayo incesante que atraviesa el corazón, pervive a lo largo del tiempo y nos recuerda que, ante todo, somos personas. Nos recuerda que, por encima de todo, el amor se erige como la característica intrínseca de la especie humana. Nacemos por él y tan solo la muerte logrará separarnos de él. Como el mismo Miguel escribió:
Me voy, me voy, me voy, pero me quedo,
pero me voy, desierto y sin arena:
adiós, amor, adiós hasta la muerte.


