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Ciudad de gatos

Un paseo por la jungla urbana madrileña

Hoy dejo la geopolítica de lado para hablar de algo mucho más cercano. Soy de un pueblo costero de Bilbao y siempre entendí la capital como una amalgama de personas que estaban «de paso». Si bien es verdad que esa dinámica tan característica de una ciudad creía haberla vivido ya tras mis años en Bilbao, me di con un canto en los dientes cuando me presenté con mis maletas en Madrid.

De primeras te da la bienvenida con un inconfundible olor a carretera y una orquesta sincronizada de los pitidos de los coches y de las obras de cada calle. Aterrizar así, para cualquier «pueblerino», puede ser razón suficiente para darse la vuelta y no volver, pero a mí me llamó la atención y supe que o la ciudad me comía a mí, o yo a ella.

Pronto intenté encontrar a algún loco que tuviera esto como rutina y, para mi sorpresa, fue un ejercicio bastante difícil de lograr: valencianos, catalanes, andaluces, algún camarada norteño y muchos navegantes del otro lado del charco. Me pregunté: «¿Dónde están los gatos?» y, como su propio nombre denota, asumí lo escurridizos que eran.

Intenté descifrar qué tenía Madrid que atraía a todo el que pasaba, y poco a poco fui haciéndome con la ciudad. El metro lleno a cualquier hora, la Puerta del Sol con manifestaciones y marchas de los temas más variopintos, los autobuses que pasan —o no—, los martes en Moncloa que se sienten como un sábado, con grandes templos como el Chapandaz, que parece estar abierto las 24 horas; los sitios que acaban de abrir y los sitios que parecen llevar toda la vida; el logo de Mahou mires donde mires; el campus de Somosaguas con rebeldes por estudiantes; y barrios desde Salamanca hasta Orcasitas.

Entonces, ¿cuál es el encanto de esta ciudad? Si hay otras ciudades europeas como París, Roma o Londres con estructuras de hace miles de años, o ciudades más cerca del mar en las que bajas tres marchas de velocidad hagas lo que hagas. Madrid no tiene encanto: tiene esencia. En cada calle puedo notar las historias y vivencias de cada persona y darme cuenta de la magia que arrastra. «La ciudad que nunca duerme», describe un cartel en Atocha. Y solo te lo crees al estar aquí. Grandes cunas culturales bañan esta metrópoli, desde literatos del centro hasta raperos de Villaverde.

Es cierto que a ratos echo de menos la tranquilidad del mar y la vida vasca, ya que si tuviera que buscarle un sinónimo a Madrid sería una jungla, pues muchos animales de granja no podrían sobrevivir. Hay que saber aguantar y (sobre)vivir, pero de lo que me he dado cuenta ya en mi tercer año aquí es que, aunque no sea un gato, en la jungla siempre caben más animales.

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