Si el franquismo ha sabido redefinir su narrativa, también el antifascismo debería pararse a revisar su discurso
Posiblemente no basten cincuenta años para entender la magnitud de un periodo histórico de casi cuatro décadas. Los Reyes Católicos, a modo de comparativa, reinaron en Castilla durante 29 años. Y la dictadura de Julio César en Roma no rebasó los cinco años. Aun así, todavía hoy se sigue estudiando y buscando la herencia social, cultural y política de estos periodos.
Por ello, es injusto, e incluso hipócrita, exigir a nuestra sociedad la expresión de un juicio uniforme e inequívoco sobre la dictadura de Francisco Franco. La perspectiva es necesaria para comprender cualquier hecho histórico. Y más todavía si ese hecho ha tenido lugar en el territorio que hoy poblamos bajo la bandera que aún enarbolamos.
Sin embargo, esto no legitima la construcción de opiniones sin fundamento ni pensamiento crítico. Y es aquí cuando los franquistas románticos ven delimitada su libertad de expresión. La defensa de un régimen que obstaculizó la inclusión de las mujeres, las personas extranjeras y de la diversidad sexual hasta el último día de su vida no debería tener cabida en el siglo XXI.
Pero sorprendentemente no es así. Uno de cada cinco españoles considera que el periodo franquista fue bueno o muy bueno. Así lo refleja el barómetro del CIS del pasado mes de octubre. En concreto, el 21,4 % de los españoles defienden una de estas posturas.
Me veo en la necesidad de trazar una distinción entre la crítica al franquismo y la crítica a las personas que lo defienden. Porque el franquismo fue uno, pero franquistas son muchos. Y cada uno vive una realidad distinta que le aproxima a elementos diversos que pueden llevarle a entender ciertas cosas de una manera u otra.
Pero, personalmente, no acepto esa excusa. Tampoco acepto el relato del pobre Franco que se encontró una España devastada y obró como lo hizo porque no tenía otra opción. Los españoles del siglo XXI sí tienen otra opción alternativa a la defensa de un régimen indefendible y la legitimación de un dictador ilegítimo. Y eso vale para los ciudadanos y los partidos políticos de cuya ambigüedad trasuda manifiestos tintes posfascistas.
Y este relato sienta las bases de la nueva narrativa del franquismo: el victimismo. Pobres los descendientes del dictador, que han perdido el Pazo de Meirás. Pobres los generales franquistas, que se han quedado sin calles nombradas en su recuerdo. Pobre la Fundación Francisco Franco, que cada vez tiene más difícil seguir haciendo apología posfascista.
El antifascismo, entendido como oposición al fascismo (y no como una ideología con un fin en sí misma), debe observar y acatar la realidad. Primero, España no derrotó a Franco. Franco murió en la cama a los 82 años. Por ello, es inútil y capcioso que esta jornada se celebre como el recuerdo de una victoria social.
Y, segundo, el franquista hoy ha dejado de ser el verdugo para (intentar) ser la víctima. La víctima que ve cómo su pobre patria queda herida en su esencia ante la ampliación de los derechos. Y la víctima que utiliza los símbolos de unión entre los españoles para crear únicamente tensión. Porque Franco ha vuelto, no como el terrible dictador, sino como un corderito huérfano de algo que denomina erróneamente España.
Combatir el franquismo en 2025 significa combatir víctimas en pretensión. Y el victimismo se lucha con hechos y con razón, dejando de lado las emociones y asumiendo la responsabilidad como defensores de la democracia. Aprovechemos el 20 de noviembre para revisar el discurso con el que deberíamos combatir este envite de posfascismo cincuenta años después.


