El éxito de series que centran el erotismo o la intimidad ilumina su ausencia en el día a día de los espectadores
Bridgerton, Love is Blind, y muchas de las series televisivas más vistas tienen algo en común: un retrato del erotismo, hecho para aquellos privados de esta experiencia. Sobre el éxito de estos programas, la portavoz de Netflix, Nidia Caceros Kilde, indicaba que el romance es «universalmente atractivo». Pero, hoy en día, ¿quién tiene acceso a tal amor, erotismo e intimidad?
Hoy se estrenan los últimos capítulos de la cuarta temporada de Bridgerton, una serie que se ha alzado entre las favoritas de la audiencia en los últimos años. Las miradas furtivas a través de la sala, la respiración entrecortada por el roce de dos manos, la electricidad de la proximidad y la sensación de anticipación. Como espectadora de la primera entrega, envidié a estos personajes ficticios. Y entendí, de pronto, que quizás el erotismo sea realmente una oportunidad robada.
El erotismo representado
El erotismo, según la RAE, se define como «la cualidad de ciertos hechos y situaciones que estimulan la sensualidad». Se diferencia, en este sentido, de lo explícito o meramente sexual, y se posiciona como un placer distinto, nacido de simples miradas, gestos, e intimidades indescriptibles.
Bridgerton es una serie televisiva original de Netflix que hizo su debut en 2021, alzándose inmediatamente como el programa más visualizado tras su primer mes de estreno en la plataforma de streaming. 82 millones de hogares participaron de la historia de amor de Daphne Bridgerton y el Duque de Hastings y, año tras año, se dieron cita para descubrir el próximo romance de la era de la regencia londinense. Galardonado con premios y el interés de las masas, ha unido a un público diverso en conversación y, en entusiasmo compartido, como pocas series han conseguido en la última década.
Cada temporada centra una trama romántica de la aristocrática familia Bridgerton, desde sus inicios hasta la inevitable boda. El hilo conductor, como todo espectador desea para sí mismo, es un tira y afloja de miradas furtivas y tensión sostenida a través de magníficos salones de baile.

Por otro lado, Netflix ha encontrado gran éxito y remuneración en sus realities románticos. Entre ellos, destaca el programa Love is Blind (El amor es ciego), estrenado durante la pandemia de la COVID-19. Ya en su novena temporada en EE.UU., y habiendo exportado su formato a más de diez países, esta franquicia ha amasado millones de aficionados.
A lo largo de 10 días, aspirantes al amor entablan conversaciones a ciegas con potenciales parejas, desde la comodidad de unas íntimas «cápsulas». Se construyen, entonces, vínculos y relaciones bajo la premisa de encontrarse cara a cara solo después de aceptar una propuesta de matrimonio. El erotismo, en este contexto, prospera en la ausencia de todo otro estímulo. El espectador se engancha esperando compartir esta intensidad y vulnerabilidad y ser partícipe de las excitantes recompensas o los dramáticos fracasos. Como los Bridgerton, Love is Blind retrata una realidad imposible para muchos: ¿quién tiene tiempo hoy, para el amor?
Placeres ajenos
«Tu móvil es por lo que te sientes menos sexy», diagnosticaba Catherine Shannon para su Substack en 2024. Este dispositivo —omnipresente— es el principal espacio de encuentro para los jóvenes: en él se socializa, se aprende, se pide un Glovo, o se hace swipe en Tinder. Pero «algo va muy mal cuando uno hace sexting de la misma forma que pide un bocata», apunta la blogger.
En la actual era digital, los estímulos visuales o auditivos, fuertes e inmediatos, han ganado terreno sobre el gusto, el olfato o el tacto. Estos sentidos, tradicionalmente asociados al erotismo, pierden su pertinencia en un contexto alejado de lo corpóreo y, por tanto, alejado también de lo sensual. En paralelo, han aflorado estudios sobre la baja actividad sexual de la Generación Z. Pero las imágenes en televisión de manos entrelazadas y comidas suntuosas siguen proliferando.

La lógica digital, los algoritmos personalizados, la IA o la saturación han construido un nuevo contexto romántico. Hoy existe una respuesta o solución inmediata a toda petición: la pornografía o la apatía satisfacen el impulso sexual, y nuestras series favoritas satisfacen la añoranza del erotismo. Estas experiencias se convierten, así, en algo ajeno y externo, quizás reservado a los Bridgerton, las estrellas de televisión o las redes sociales de celebridades.
Privatización del erotismo
Benedict Bridgerton y Sophie se enamoran lentamente durante su estancia en una mansión alejada del barullo de la ciudad. Sophie da largos paseos a la orilla del río, mientras Benedict pinta en su estudio, y su mutua atracción florece a través de incesantes pensamientos y miradas a escondidas. El erotismo de cada escena vive en los silencios y la frustración. No parece tan distinto de los concursantes de Love is Blind, quienes, desde su aparente intimidad, acogen una sola preocupación: enamorarse.
Mientras, el CIS señala que el problema de la vivienda ya es la principal preocupación de los españoles. El contraste entre la televisión, o las redes, y la realidad de los jóvenes parece casi cómico. El erotismo pide atención, tiempo y honestidad; el erotismo pide una habitación propia, que la mayoría hoy no nos podemos permitir.
¡Que viva el amor!
Debo admitir que hoy seré una entre las muchas que se sentarán en el sofá a ver Bridgerton, y sin duda lo disfrutaré. Pero ante la aparente privatización del erotismo, en el éxito de estas series veo una tácita petición o protesta.
Ante el incesante desarrollo de la IA, la conexión humana, el riesgo de primeras citas, o la sinceridad de una declaración son actos revolucionarios. Rechazando el pudor, y abrazando la vulnerabilidad, en el año nuevo descargué varias apps de citas; ya he ido en dos o tres. No negaré que las redes y aplicaciones han llegado para quedarse, pero animaré a la subversión: reconquistemos el erotismo. Porque yo también quiero arriesgarme a que alguien me mire con deseo, como Sophie mira a Benedict Bridgerton. Porque no dejaré que el el erotismo se convierta, también, en algo exclusivo.


