Un episodio que ha destapado el cansancio de una ciudad a la que están dejando caer
Santander vuelve a encender las conversaciones después del revuelo en El Bocal, como si de repente todos hubiéramos recordado en qué estado está realmente la ciudad. Y mientras el malestar crece, las urnas siguen dibujando el mismo resultado de siempre, como si nada hubiera pasado.
Lo de El Bocal ha sido la gota que ha colmado el vaso para mucha gente en Santander. No se trata únicamente de lo que ocurrió allí, sino lo que simboliza para una ciudad que parece ir apagándose poco a poco mientras —quienes deberían cuidarla— van tirando de piloto automático y a pesar de ello, elección tras elección, vuelven a ganar como si nada hubiera ocurrido. Y claro, uno se pregunta cómo encaja todo en la cabeza de los votantes del partido.
Un paseo por la ciudad es suficiente para ver barrios que llevan años pidiendo una mínima inversión, un centro que pierde vida, obras que aparecen y desaparecen sin que nadie entienda muy bien por qué, decisiones que parecen tomadas sin escuchar a nadie. Y luego llega lo de El Bocal como un recordatorio de que algo no está funcionando, de que la ciudad merece más cariño del que recibe.
Y, aún así, cuando llegan las elecciones, el Partido Popular vuelve a salir como si todo estuviera en orden, estando ahí la gran pregunta que muchos se hacen (pero pocos se atreven a formular en voz alta): cómo puede ser que, con el estado en el que está Santander, siga ganando el partido que gobierna desde hace décadas.
Hay quien dice que es pura inercia, que aquí se vota como se ha votado toda la vida y que cambiar cuesta más que reconocer que las cosas no van bien, otros hablan de que la oposición no termina de conectar, que no ofrece una alternativa clara y que al final la gente prefiere lo malo conocido que lo bueno por conocer, también están los que creen que el descontento se queda en los bares y en las redes —pero no llega a las urnas— y que muchos de los que más se quejan, luego ni si quiera votan.
Sea cual sea la explicación, lo cierto es que Santander vive en una especie de contradicción permanente. Una ciudad que protesta, que se indigna, que se moviliza cuando pasa algo como lo de El Bocal, pero que luego vuelve a entregar el mando a quienes llevan años gestionándola como si no hubiera prisa por mejorar nada.
Quizá este episodio sirva para que más gente empiece a hacerse preguntas incómodas, no solo sobre lo que se hace en la ciudad, sino sobre por qué seguimos permitiendo que se haga así, ya que Santander tiene potencial de sobra para ser una ciudad puntera, cuidada, moderna y que conecte con su gente, pero para eso hace falta algo más que resignación y costumbre.
Quién sabe, igual El Bocal no es solo un error más, sino el momento en el que muchos vecinos reconozcan que ya ha sido suficiente, que la ciudad merece algo distinto y que el futuro no tiene por qué ser una repetición eterna del pasado.


