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Devoción en penitencia

Por qué la Semana Santa de Sevilla es un acto de penitencia, esfuerzo y una promesa que se lleva en silencio

Aquí la fe no se explica. Aquí se lleva. Se carga, se aguanta y, muchas veces, se sufre en silencio. Y cuando llega la Semana Santa en Sevilla, esa verdad se nota hasta en lo más pequeño. No hace falta mirar el calendario ni escuchar una noticia. Basta con salir a la calle y sentirlo.

El olor a incienso mezclado con azahar, el murmullo de la gente esperando en una esquina, las sillas que aparecen como por arte de magia, y ese respeto raro que se forma cuando se sabe que algo grande está a punto de pasar.

Porque Sevilla en Semana Santa no es solo una ciudad. Es otra cosa. Es como si el tiempo se parara y todo el mundo supiera dónde tiene que estar. Hay quien lo vive desde dentro, con túnica y costal. Hay quien lo vive desde fuera, pegado a una valla, con los ojos bien abiertos. Y hay quien lo vive sin saber por qué, pero lo vive igual. Eso es lo que tiene esta tierra, que hasta el que dice que no cree, se calla cuando se mueve un paso.

Y es ahí donde entra la penitencia. La palabra suena seria, antigua, como de otro siglo. Pero en Sevilla sigue teniendo sentido. No porque estemos anclados al pasado, sino porque aquí hay promesas que pesan más que las palabras. Hay personas que salen descalzas porque le pidieron algo a un Cristo o a una Virgen cuando la vida se les hizo cuesta arriba. Y eso no es un cuento. Eso es real, no se hace por «postureo». Nadie se mete en una bulla, con el suelo frío y los pies destrozados, solo por aparentar.

Lo mismo pasa con los costaleros. Hay gente que no entiende cómo alguien se mete debajo de un paso durante horas, sin ver nada, apretado, sudando, con el cuello reventado, solo por sacar a su Virgen o a su Cristo. Y sin embargo lo hacen, y lo hacen con orgullo. Porque debajo de un paso se aprende una cosa: la fe también es esfuerzo, y que muchas veces la devoción no es bonita, es dura. Pero tiene sentido.

Siempre me ha llamado la atención esa contradicción. Porque la Semana Santa tiene belleza, pero también tiene dolor. Tiene música, pero también tiene silencio. Tiene brillo, pero también tiene sombras. Hay lágrimas que no se ven. Existen miradas clavadas en un palio como si estuvieran pidiendo algo sin decirlo. La gente que se santigua, y la que simplemente se queda quieta. Pero todos, de una forma u otra, se quedan tocados.

Ahora bien, Sevilla es Sevilla, y aquí la Semana Santa también tiene su parte de espectáculo. La bulla no perdona. Los móviles están siempre en alto. Hay quien corre para coger sitio como si fuera una final, quien viene solo por la foto, por decir «yo estuve en la Madrugá« aunque no haya entendido nada. Y ahí es cuando aparece la duda: ¿Seguimos viviendo esto por fe o por costumbre? ¿Por devoción o por tradición heredada?

Pero incluso con esa duda, la Semana Santa sigue imponiendo respeto. Porque cuando el paso asoma por una calle estrecha, cuando la banda se calla y se escucha solo el andar, cuando el capataz llama al martillo y se hace el silencio de verdad, ahí no hay turista ni postureo que valga. Ahí Sevilla se pone seria. Ahí se siente algo que no se puede explicar.

Quizás la devoción en penitencia sea eso. Seguir estando aunque no sepas ni por qué. Seguir volviendo a las calles cada año aunque digas que ya no crees tanto. Sentirte pequeño delante de una imagen que has visto mil veces, pero que en ese momento te parece distinta. Y darte cuenta de que esta ciudad no solo celebra, también recuerda. Recuerda lo que ha perdido, lo que ha sufrido, lo que ha pedido y lo que ha agradecido.

En Sevilla la fe no siempre se entiende. Muchas veces se duda, se critica, se cuestiona. Pero al final, cuando llega Semana Santa, todos acabamos mirando al mismo sitio. Y en esa mezcla de tradición y duda, de emoción y cansancio, de promesa y sacrificio, se esconde algo muy nuestro, una devoción que no se presume, se cumple. Y eso, aunque algunos no lo quieran admitir, sigue siendo penitencia.

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